artículo no publicado

Obra de arte y fuente histórica

Códice Aubin

Edición facsimilar

Paleografía y traducción del texto náhuatl de Rafael Tena

Ciudad de México, INAH, 2017, 2 vols.

 

Hace algunos meses se publicó una edición facsimilar, bilingüe y anotada del Códice Aubin, realizada por Rafael Tena, de la Dirección de Etnohistoria del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Esta edición permite, de mejor manera que las versiones anteriores en papel o en línea, estudiar este códice, que no solo es una fuente histórica muy rica, sino también una obra de arte, por el contenido de la narración en náhuatl y por la peculiar y armoniosa composición de su texto y sus pinturas, en las que predomina el rojo carmín, tomado de la grana cochinilla, y el azul maya.

No cabe duda de que Rafael Tena es uno de los grandes conocedores y traductores de la lengua náhuatl, junto a Miguel León-Portilla y Alfredo López Austin, para mencionar a los mayores entre los vivos. Sus ediciones bilingües son pulcras y económicas, con las páginas en náhuatl y español frente a frente y escasas notas a pie de página, pues la información relevante la encuentra el lector en las introducciones, sucintas pero completas y actualizadas, los glosarios y los índices de lugares y de personas. Con el mismo afán de claridad y accesibilidad, Tena ha realizado transcripciones que respetan escrupulosamente las letras de los textos originales, pero separa y junta las palabras y agrega puntuación y mayúsculas. Y las traducciones en todos los casos son precisas, legibles y bellas, no en un español académico excesivamente nahuatlizado, sino que corresponde al que se escribía en los siglos XVI y XVII –el español del Quijote, para ser claros–, con los matices que le dan el carácter más judicial o épico a los textos. Gracias a Tena, la colección Cien de México, con vocación de divulgación, incorporó por primera vez ediciones bilingües, náhuatl y español, de tal modo que el lector, al leerlas y estudiarlas, va aprendiendo náhuatl y puede apreciar el sentido y la belleza del texto original. De esta manera, junto con Ángel María Garibay K. y Miguel León-Portilla, Tena ha contribuido a integrar la literatura náhuatl a la literatura mexicana, tanto en su versión traducida como en su lengua original.

En el caso de su edición y traducción del Códice Aubin, Tena siguió los mismos criterios, aunque el propósito se amplió, al tratarse de un códice. La edición del INAH está dividida en dos tomos flexibles: el facsimilar del códice en uno y la transcripción y traducción en el otro, una disposición que enriquece al máximo la lectura. Debe destacarse que esta edición facsimilar es la más fiel de las realizadas hasta ahora, incluyendo el tamaño. Tena cuidó de cerca las tonalidades de la reproducción digital, aunque, como se dio cuenta, es imposible reproducir con plena fidelidad los matices del original.

Una de las aportaciones de Tena se refiere a la cronología del Códice Aubin, que es una historia, dispuesta en la forma indígena de anales, que va desde la salida de los aztecas, futuros mexicas, de Aztlan, hasta 1608, y que va dando las fechas con el sistema mexica, con cuatro cargadores de años –Ácatl, ‘Caña’; Técpatl, ‘Pedernal’; Calli, ‘Casa’, y Tochtli, ‘Conejo’– que se suceden con un número que va del 1 al 13, dando lugar a ciclos de 52 años, que iniciaban con la ceremonia de la “atadura de los años”, Xiuhnelpilli, cada año 2 Ácatl. (Este sistema lo explica brevemente el autor principal del Códice antes de dar inicio a sus registros anuales.) El primer año en el Códice Aubin en el que viene la correspondencia del año mexica con el año cristiano es un 10 Calli, que corresponde a 1541, lo cual llevó a los investigadores a ubicar al año de 1168 como el de la salida de los aztecas de Aztlan según el Códice. Tena, sin embargo, gracias a su conocimiento del calendario mexica y del sistema calendárico usado en los anales de Chimalpahin, logró elucidar que el Códice Aubin se salta dos ciclos de 52 años, en 1091-1142 y en 1324-1375, por lo que la salida de Aztlan y el inicio del Códice debe ubicarse en 1064, y no 1168. Así, la traducción de Tena del Códice incluye por primera vez una correspondencia correcta de los años mexicas y cristianos.

Tena también hace una aportación sobre los años de elaboración del Códice, cuyo autor principal asienta que comenzó a escribirlo y pintarlo el 27 de septiembre de 1576, poco después de que iniciara en agosto la gran epidemia, cocoliztli, de 1576-1581, y que el propio autor enfermó, y el lunes 17 de septiembre de 1576 “los doctores”, yn docturtin, lo curaron de las ingles. Pero Tena precisa que el autor debió comenzar a tomar apuntes desde 1559, porque en este año comenzó a utilizar el adverbio náhuatl axcan, que significa “ahora”. Es posible, pero el hecho es que el autor principal del Códice sintió la necesidad de empezar en forma sus anales en 1576, con la epidemia, al verse él mismo en peligro de muerte y la propia gentilidad mexica en peligro de extinción, lo cual lo pudo llevar a dejar memoria de su historia, desde la salida de Aztlan hasta sus tiempos.

El autor principal continuó su registro hasta 1591. Un segundo autor retomó los anales, de 1595 a 1596, y un tercer autor continuó de 1597 a 1608 y elaboró una lista de los gobernantes de Mexico Tenochtitlan, desde Ténoch hasta el gobernador (y probable coautor del Nican mopohua guadalupano) Antonio Valeriano (con el glifo fonético atl, ‘agua’, y tototl, ‘pájaro’, dando: “Atoto”). Los tres autores pertenecieron a la parcialidad tenochca de la ciudad de Mexico, porque esta es el centro de su historia –es notable que no hay menciones a Mexico Tlatelolco en la parte prehispánica del Códice.

Por la belleza y valor histórico del códice mixto que realizó, el autor principal del Códice debió ser un renombrado y culto tlacuilo, pintor y escritor, lo cual confirma el que en 1576 lo curaran “doctores” españoles. Aunque, como tlacuilo, estaba exento del pago de tributo (como lo mostró Miguel León-Portilla), el autor principal no era noble, lo cual sabemos por las alusiones del Códice a su vida relativamente sencilla.

Dentro de la tradición historiográfica mexica tenochca –iniciada por el hueytlatoani Itzcóatl y el cihuacóatl Tlacaélel, y continuada por otros–, el Códice Aubin pertenece a la “tradición de la Tira de la Peregrinación”, como le llamó María Castañeda de la Paz, a tal punto, dice Tena, que los textos en náhuatl del Códice Aubin pueden servir de comentarios a las pinturas y glifos de la Tira. Esta tradición difiere de la de la Crónica X, también tenochca, presupuesta en 1945 por Robert H. Barlow, y que Rafael Tena estudió e identificó (en un artículo notable), no con una crónica perdida, sino con una “tradición”, un conjunto de registros pictográficos, alfabéticos y orales. Lo que no se ha elucidado es cómo y por qué se generaron estas dos tradiciones historiográficas tenochcas, convergentes en varios aspectos y divergentes en otros. Es el caso de la ausencia de Michoacán, y del relato de la separación entre mexicas y michoacanos, en la tradición de la Tira de la Peregrinación, como si una razón de la generación de la tradición de la Crónica X hubiera sido dar cuenta de la anomalía michoacana, que no se dejaba conquistar.

Aunque muchos registros anuales del Códice Aubin son escuetos, contiene varias narraciones extensas, como cuando el dios de los aztecas, “in diablo in Huitzillopochtli”, les dijo en Cuahuitlitzintlan (“Al pie del árbol”), que “en adelante ya no os llamaréis aztecas, sino mexicas”. Recordemos, por cierto, que esta es, según la interpretación copernicana de Christian Duverger, una reescritura de la historia, puesto que en realidad los aztecas solo se volvieron mexicas cuando se establecieron en la isla de Mexico –llamada Amadetzana por los otomís, que quería decir lo mismo que en náhuatl: “En el ombligo de la luna”–, la isla en el centro del lago de Tetzcoco. Solo entonces se llamaron mexicas, pero reescribieron su historia para hacer creer que ya habían sido mexicas desde antes.

Tena reconstruye la transmisión del Códice Aubin desde su elaboración hasta llegar al Museo Británico, en donde hoy se halla. La primera mención conocida del Códice la hizo Lorenzo Boturini Benaduci en 1746 en el Catálogo de su gran colección (que llamó “Museo Histórico Indiano”). Sobre cómo llegó a este museo, Tena hizo una conjetura muy plausible. Muchos de los documentos de Boturini provinieron de los manuscritos que poseyó el historiador tetzcocano don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, quien al morir en 1648 se los heredó a su hijo don Juan de Alva. Este, a su vez, hacia 1680 se los donó al sabio Carlos de Sigüenza y Góngora, quien al morir en 1700 heredó su colección a los jesuitas, que los repartieron entre sus colegios de San Pedro y San Pablo y de San Gregorio, de los cuales tomó muchos Boturini. Su museo, como es sabido, fue confiscado en 1743 por las autoridades virreinales, y se conservó por un tiempo en la Secretaría de Cámara del virreinato y después en la Universidad, donde lo consultaron Antonio de León y Gama y José Antonio Pichardo, que copiaron ambos su parte prehispánica. Entre 1830 y 1840, el matemático francés Joseph-Marius-Alexis Aubin, lo adquirió, al intentar conseguir los documentos de la colección de Boturini que este enlistó en su catálogo. Así es como Aubin sustrajo el Códice, entre varios otros, y entre 1849 y 1851 hizo una edición facsimilar, litografiada por Jules Desportes y coloreada a mano. Y al final de su vida, en 1889, Aubin vendió su colección a Eugène Goupil, quien encargó a Eugène Boban realizar un catálogo razonado, que publicó en tres volúmenes en 1891, en el que asentó que el Códice había sido sustraído de la colección de Aubin. Tena elucidó que el litógrafo Desportes se quedó con el Códice, tal vez porque Aubin no pudo finiquitar el pago de la edición de 1849-1851, y lo acabó vendiendo al British Museum el 22 de mayo de 1880, como lo asienta un registro al comienzo del Códice. Esto explica que el Códice Aubin no se encuentre en la Biblioteca Nacional de Francia, como el resto de la colección de Aubin. El Códice fue redescubierto por Seymour de Ricci en 1909 y fue varias veces reeditado, aunque nunca con el nivel de calidad de la edición de Tena.

Llama la atención que los ejemplares de la reciente edición del INAH lleven una etiqueta que dice “Prohibida su venta”, debido acaso a que el pago que se le hizo al British Museum amparó solo la edición, mas no su venta al público. No podemos desfacer los entuertos del pasado, pero sí podemos reparar los daños estableciendo de una vez la reproducción gratuita de los bienes culturales, que son patrimonio común de la humanidad. ~


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