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Los éxitos por los que no pagamos

Entre las muchas cosas para recordar de 2017 está que Luis Fonsi y Daddy Yankee hayan lanzado a inicios del año “Despacito”, una fusión de cumbia, pop y reguetón que se convirtió en el mayor éxito en español en dos décadas. Sin embargo, las notas periodísticas sobre su popularidad raras veces se detienen en el hecho de que sus 3.5 millones de copias vendidas son una cantidad que palidece frente a las ventas de cualquier hit noventero. El segundo gran éxito mundial en español –“Macarena” de Los del Río, de 1993– superó los 11 millones de discos vendidos. Por poner otro ejemplo: los 31 millones de copias del álbum debut de las Spice Girls hacen ver ridículos los 1.77 millones de damn. de Kendrick Lamar o los 1.74 millones de Divide de Ed Sheeran, ambos entre lo más vendido de este año. Que los éxitos musicales hayan dejado de medirse en unidades vendidas y el parámetro sean ahora las reproducciones, en muchísimos casos gratuitas –YouTube y Spotify–, solo muestra de manera evidente cómo cambió la industria musical en apenas veinte años.

El ascenso de la industria discográfica comienza alrededor de la década de los treinta, pero tiene su cima en los ochenta y noventa del siglo pasado. En esa época, los artistas y cantantes preferían enfocar sus baterías en la venta de álbumes que en salir de gira, o mejor dicho: habían convertido los conciertos en una rama de la promoción de discos, de modo que los álbumes terminaron por ser el principal producto de la música.

El mejor año de la venta de discos fue el 2000, y el cambio de siglo también marcó el inicio de la debacle, cuyos mayores responsables no fueron músicos y hoy sus nombres nos resultan tan desconocidos como entonces. Al modo de una guerra de guerrillas, sus discretas participaciones individuales fueron minando la sólida estructura de la industria discográfica. En Cómo dejamos de pagar por la música (Contra, 2016), Stephen Witt construye una historia detectivesca acerca de quiénes y cómo contribuyeron a esa crisis.

Por extraño que parezca, el libro comienza con la muerte del MP3, el formato al que han matado más de una vez (la más reciente en mayo de este año). En 1995, un grupo de expertos en Erlangen, Alemania, afirmó que el MP2 era un formato superior para la reproducción de música. A esta idea se opuso Karlheinz Brandenburg, el promotor más importante del MP3, que luchará sin tregua por sostener su patente. Contra todo pronóstico, el MP3 ganaría la guerra digital de audio y volvería millonario a Brandenburg.

La historia continúa con un sencillo hombre de Carolina del Norte, Bennie Lydell Glover, a quien todo mundo llamaba Dell. Este obrero trabajaba en la fábrica de discos compactos de PolyGram, que incluía sellos como Polydor, Mercury, MGM Records, Verve y otros. En la fábrica en donde Dell laboraba se manufacturaba un número de verdad importante de discos. Para obtener algo de dinero extra, nuestro obrero se las ingenió para sacar cedés de las instalaciones con el fin de copiarlos y venderlos de forma física. Además fue el culpable de que los piratas cibernéticos obtuvieran álbumes antes de que aparecieran en el mercado. Witt lo llama “el paciente cero”.

Para redondear su thriller acerca de cómo colapsó la industria discográfica, Witt incluye un tercer personaje: Doug Morris, un ejecutivo que, después de algunos vaivenes laborales, llevó a la industria del disco a alturas insospechadas y observó también su inevitable caída en picada. Gracias a Morris estamos obligados a ver publicidad en los videos musicales de YouTube.

Un día, a principios de la década de los 2000, Morris se sentó a ver videos junto a su nieto en una computadora y descubrió que millones de estos circulaban de forma gratuita en la red. Se preguntó entonces cómo es que nadie estaba haciendo dinero con ese tráfico imparable. Esa duda condujo, con el tiempo, a la creación de Vevo, la plataforma de videos que desde 2009 produce ganancias arriba de los 150 millones de dólares gracias a la publicidad. Esta es, nos dice el autor, la forma en que la industria de la música ha podido subsistir, incluso si el streaming no ha logrado los beneficios económicos que los discos dejaban hace veinte años.

Dado que el mercado musical cambió, la manera de escuchar música también lo ha hecho. Otra vez. El single, que nació en su formato de siete pulgadas al mismo tiempo que el pop y que había cedido su reinado al elepé, ha vuelto a ser relevante. Ahora escuchamos más canciones sueltas que álbumes. Sin embargo, no se puede decir que los discos hayan perdido por completo la guerra: las ventas de cedés continúan y el comercio de vinilos y cintas ha experimentado un repunte, motivado en algunos casos por la nostalgia.

Los discos, al menos, han dejado de ser una excusa para las presentaciones en vivo y las giras. En mi opinión, ese cambio de estatus garantiza su supervivencia. ~


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