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Las elecciones estaban en el centro de la vida pública del siglo XIX. Entrevista a Fausta Gantús y Alicia Salmerón

Fausta Gantús y Alicia Salmerón son especialistas en historia política del siglo xix mexicano. Desde 2010 coordinan, para el Instituto Mora, un proyecto de investigación de las prácticas electorales de aquel siglo. Entre los volúmenes colectivos a su cargo se encuentran Prensa y elecciones. Formas de hacer política en el México del siglo xix (Instituto Mora/IFE, 2014), Elecciones en el México del siglo xix. Las prácticas (Instituto Mora/tedf, 2016) y Cuando las armas hablan, los impresos luchan, la exclusión agrede... Violencia electoral en México, 1812-1912 (Instituto Mora/Conacyt, 2016).

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La democracia en México es muy joven. ¿Qué sentido tiene estudiar las elecciones del siglo xix, un momento en el que ni siquiera podíamos hablar de comicios democráticos?

FAUSTA GANTÚS (FG): La historiografía tradicional ha visto las elecciones en el siglo xix como una simulación. La pregunta central era: si las elecciones habían sido siempre fraudulentas y manipuladas, ¿por qué se organizaban con tanta puntualidad y no se dejaron de hacer durante todo un siglo? Una de las instituciones más consistentes en el siglo xix fue la electoral. Los ayuntamientos organizaban elecciones anuales para nombrar autoridades municipales, cada dos años para diputados a nivel estatal y federal y senadores, salvo en las épocas en que el sistema fue unicameral, y cada cuatro años para gobernadores y presidente del país. Había comicios también para elegir a los miembros de los tribunales de justicia de los estados y de la Suprema Corte. Todos organizados por los ayuntamientos con gran regularidad. ¿Se organizaban como meros rituales legitimadores o realmente se hacía política en torno a las elecciones?

ALICIA SALMERÓN (AS): La gran pregunta de Elecciones en el México del siglo xix fue: ¿qué significaban las elecciones y para qué servían? La hipótesis era que servían para dirimir conflictos y negociar posiciones de poder. Se piensa que las primeras elecciones en lo que es hoy México fueron las de 1812, con la Constitución de Cádiz. Esto no es del todo cierto. Fueron, sin duda, los primeros comicios que se asumían como mecanismos para representar la soberanía nacional, pero las elecciones en sí mismas son un método muy antiguo para nombrar al dirigente de una comunidad. Hubo elecciones regulares en el mundo novohispano. En ese entonces la sociedad se organizaba de manera corporativa y los gremios de trabajadores, mineros y comerciantes o los grupos indígenas elegían a sus representantes. No todas las personas podían participar, por tanto, no eran procesos democráticos. Pero tampoco tenían esa pretensión. La idea de que la mayor parte de la población pudiera elegir y ser elegible es propia del siglo xx, no del xix y menos del periodo novohispano. Los comicios no son por definición un mecanismo de la democracia; ese carácter se le adjudicó posteriormente.

 

Sus libros subrayan la importancia de las “prácticas electorales”, “el conjunto de acciones y conductas sociales y políticas en torno al ejercicio del sufragio”.

AS: Para entender el significado que una comunidad da a los comicios es indispensable conocer la norma, pero también, y quizás sobre todo, la forma en que la entiende, aplica y retuerce. Queríamos examinar la manera de nombrar a un candidato y promoverlo, la relación que un aspirante a un cargo de elección popular tenía con sus votantes, la negociación que el candidato establecía con una comunidad a cambio del apoyo de sus votos. Una historia de las prácticas electorales amplía el espectro de la actividad política y social en torno a las elecciones, y las coloca en el centro de la vida pública del siglo xix.

FG: Cuando se habla de que partidos y candidatos “negociaban el voto”, no debe entenderse como una “compra” de votos. Se trataba de una negociación política en la que se definía el acceso a los bienes y recursos públicos para responder a las necesidades de grupos de poder y de presión, de pueblos y comunidades. El sistema de votación del siglo xix era muy diferente, porque se trataba de elecciones indirectas, y partidos y candidatos llegaban a acuerdos especialmente en las juntas electorales intermedias. Durante la primera mitad del siglo hubo elecciones indirectas en primero, segundo y tercer grado, además de las elecciones directas a nivel local. A partir de 1857, a nivel nacional los comicios ya solo fueron indirectos en primer grado, lo que quiere decir que solo había un nivel de intermediación entre el voto ciudadano y el cargo que se elegía.

AS: Este sistema de elección indirecta otorgaba un peso relevante a quienes representaban a una comunidad o a un grupo de interés, más que al ciudadano de a pie. Por ejemplo, en 1871, aquellos que votaban por Juárez o por Lerdo no necesariamente eran juaristas o lerdistas, sino que se inclinaban por uno u otro si los representantes locales y regionales de uno u otro podían atender necesidades locales muy concretas. Si el voto por Lerdo aseguraba la construcción de un camino, se votaba por Lerdo. Así, se negociaban beneficios para comunidades o para grupos. Si el voto por determinado candidato le garantizaba a una comunidad la candidatura a una regiduría, la comunidad votaba por ese candidato. Este sistema indirecto funcionaba bien para vincular los intereses de las pequeñas comunidades con sus regiones y con la nación. Por eso podemos afirmar con seguridad que las elecciones participaban de la articulación política de la nación en el México del siglo xix.

 

El voto era secreto desde entonces.

AS: El voto era secreto por mandato constitucional –y esto se cumplía en diversos niveles–, pero era imposible que fuera de este modo en el nivel del ciudadano de a pie. Alguien que no sabía escribir debía pedirle ayuda al boticario de la esquina, por ejemplo, y este, a su vez, dejaba constancia de que estaba firmando a nombre del ciudadano. Por su parte, el presidente de la mesa electoral tenía la obligación de preguntarle en voz alta al votante, analfabeta o no, si su voto era a favor de tal o cual aspirante. Si a eso sumamos que era común que los votantes asistieran en grupo y permanecieran en la casilla todo el día, el voto terminaba siendo público. En la práctica era más un voto colectivo que individual, al margen de lo que dijera la ley.

 

Sus libros ponen énfasis en las fuerzas políticas estatales y regionales y el modo en que incidían en las elecciones nacionales.

FG: La unión nacional estuvo sostenida por las fuerzas regionales, que a lo largo del xix tuvieron un papel central en la vida política del país. También fue así durante el Porfiriato, al que se ha querido ver muchas veces como un momento de unidad casi monolítica. De hecho, una idea que se ha manejado desde hace algún tiempo es que no hay un Porfiriato sino muchos, y en todos ellos las fuerzas regionales fueron muchas y pesaban de manera definitoria en las elecciones. Una parte del estudio que aparece en estos libros se enfoca en la relación entre las fuerzas políticas del centro y las de las regiones.

 

¿Por qué dedicaron un volumen a la violencia electoral?

FG: La violencia estaba presente, y quisimos desentrañar su lugar en la política electoral de la época. La idea de violencia que manejamos en este libro es amplia: considera, además de la de los hechos de sangre –que los había–, la del discurso gráfico, la simbólica, la de género, la de exclusión... Nos interesaban también los propósitos por los cuales acudían a ella tanto la autoridad como los sectores sociales, incluidos los populares. Encontramos violencia tanto para protestar por una elección como para defenderla.

AS: El caso de una elección municipal en Tlaxcala, en 1902, echa luz sobre esto. Se tenía la práctica de repartir las regidurías entre las fuerzas políticas de los diferentes pueblos del municipio. En cierto momento el presidente municipal decidió excluir a la población de la cabecera municipal del reparto de regidurías y los inconformes se dirigieron al gobernador para pedir su intervención. El gobernador contestó, con la ley en la mano, que no podía intervenir, aunque todos sabían que era común que lo hiciera. Como resultado hubo un levantamiento popular, un motín, pero no contra el presidente municipal, sino para obligar a convocar nuevas elecciones, en las que sí se considerara a la cabecera para las regidurías. Es decir, en casos como este, los grupos ejercían la violencia para restituir una práctica que les habían permitido vivir sin violencia las últimas dos o tres décadas. Parece una paradoja, pero no lo es. De lo que nos hablan casos como este es de la legitimidad que las elecciones habían alcanzado para fines de siglo.

 

Hoy día existe un extendido desencanto social por las elecciones. ¿De qué modo la historia electoral nos ayuda a entender esa decepción?

AS: Creo que el desencanto actual proviene de que mucha gente no está segura de si la institución electoral está sirviendo para lo que queríamos que sirviera. Sin embargo, nunca hay que olvidar todo el trabajo que como sociedad nos costó ampliar el espectro de quiénes podían votar y ser votados. Hubo un momento en el siglo xix en el que solo gozaban de derechos ciudadanos aquellos que tenían un ingreso anual determinado. Hubo otros impedimentos para votar, como el de no ser vecino de una comunidad, y existió incluso la iniciativa de restringir el voto solo a quienes supieran leer y escribir, aunque al final no pasó. Hoy en día únicamente los menores de edad no pueden votar y esta ampliación de los derechos ciudadanos debe verse como una conquista. También hemos obtenido la posibilidad de participar de manera directa en los comicios; en el pasado había tanta intermediación que los últimos electores –aquellos encargados de elegir al presidente– podían llegar a ser exclusivamente los hacendados y grandes comerciantes. En la actualidad, además del voto directo, tenemos cámaras que representan, nos guste o no, partes importantes del gran espectro social de nuestro país. Nos quejamos, a mi juicio con razón, del financiamiento excesivo a los partidos, pero en el siglo xix, cuando ni siquiera existían partidos políticos estructurados, construir candidaturas y organizar campañas costaba mucho trabajo.

FG: El historiador siempre está tendiendo puentes entre el pasado y el presente. La historia permite comprender la compleja construcción de instituciones electorales y cómo esas instituciones nos sirven para articularnos como sociedad política. La forma en que se organizaban las elecciones en el siglo xix hacía muy difícil que los comicios tradujeran la diversidad del país, que además operaba con lógicas distintas en los estados y a nivel nacional. Solo revisando el siglo xix podemos entender la construcción de una institución como la que actualmente organiza las elecciones. ~


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