artículo no publicado

José Emilio Pacheco, el anti-Benjamin

José Emilio Pacheco

Inventario. Antología

Ciudad de México, Era/El Colegio Nacional/UAS/UNAM, 2017, 2076 pp.

Las poco más de dos mil de páginas de Inventario. Antología están divididas en tres volúmenes, organizados a su vez en tres periodos: el tomo I se extiende de 1973 a 1983; el II, de 1984 a 1992; y el III, de 1993 al 2014. Se trata de una selección de entre más de mil entregas, publicadas originalmente en Diorama de la Cultura, suplemento cultural de Excélsior y, después y salvo alguna breve interrupción, en la revista Proceso, en ambos casos a invitación expresa de Julio Scherer. Al iniciar su columna, Pacheco tenía 34 años y una sólida trayectoria compuesta por cuatro títulos de poesía: Los elementos de la noche (1963), El reposo del fuego (1966), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) e Irás y no volverás (1973); tres volúmenes de relatos: La sangre de Medusa (1959), El viento distante (1963) y El principio del placer (1972), más una novela: Morirás lejos (1968). Había mantenido también varias columnas en otros diarios, todas anónimas: Simpatías y diferencias (Revista de la Universidad, 1960-1963), Calendario (La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!, 1963-1970) y El minutero (en el suplemento cultural de El Heraldo de México, 1969).

Desde sus primeras colaboraciones en Inventario, José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014) escribe sobre poesía y poetas como Pablo Neruda, muerto una semana antes de su entrega “El otro Neruda”, el 30 de septiembre de 1973; un homenaje al torrencial compañero de Salvador Allende pero sobre todo al autor de las Odas elementales, “descubridor de los objetos y de lo cotidiano”. Por su parte y como sabemos, el último Inventario (25 de enero de 2014) fue en memoria de Juan Gelman, hasta esa fecha y según Pacheco, “el mejor poeta vivo de la lengua”.

Señalo este asunto porque me parece necesario subrayar algo que José Miguel Oviedo fue el primero en advertir y que Carlos Monsiváis retomaría más tarde al redactar “Aprendimos que no se escribe en el vacío” (2009), una de las más entrañables semblanzas sobre Pacheco: la poesía presidió siempre la vastísima labor de este narrador, traductor, editor y periodista cultural. Para Monsiváis la vocación intelectual de Pacheco ilustra una suerte de devoción secular por la palabra: “todo lo preside el culto a la palabra, en el Final también era el Verbo”.

Monsiváis recuerda cómo, en tiempos adversos para la poesía, Pacheco escribía convencido de que la única manera de mantener viva la lengua era poniéndola en circulación; para ello, despliega una de las prosodias más concisas y elocuentes de la literatura mexicana contemporánea, una literatura pensada para un público concreto, la base de lectores a la que se dirige. Aun en la era de internet y los más radicales desatinos sobre la disolución de la relación autor-lector o, dicho de modo menos profesoral, entre el escritor y su público, jamás se le ocurrió desentenderse de ese público y de esa cultura también pública. Inventario se inscribe así en una larga tradición cuyos antecedentes se encuentran en esa zona de confluencia entre el hombre de letras y la prensa, en este caso, los medios impresos en los que escritores como Alfonso Reyes, Salvador Novo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Gabriel Zaid, etc., publicaron ensayos, poemas, relatos, crónicas, reseñas y traducciones que se integrarían después a sus respectivas obras.

En este contexto es obvio que para Pacheco la columna periodística constituye un modelo de escritura y de lectura que, a la vez, es toda una concepción de la cultura y la literatura, expuestas ambas al cauce de los días y abiertas a la irrenunciable heterogeneidad de sus lectores; una heterogeneidad tan vasta como la diversidad de obras y temas de los que se ocupa: de Borges, Reyes, Ortega y Gasset, Arreola o Rulfo a Turguénev, Tomás Moro o los viajes de Marco Polo, etc. Dotado de una poderosísima memoria, Pacheco comparte sus lecturas, emite juicios, duda, interroga e instruye. La lectura y sus comentarios (la literatura y su crítica) se dan en él como una experiencia excepcional solo en la medida en que esa experiencia es confirmada por la amplitud y pluralidad de sus lectores.

Hace un tiempo leí en el sitio web de esta revista el texto de un columnista contra de las columnas (Jorge Téllez, “El escritor y su público”, Letras Libres, 22 de abril de 2015). Apoyándose en el santo y seña de Walter Benjamin (proveedor freelance de la neoacademia), recurría a la siempre rendidora tesis de la obra de arte en la época de su reproducción técnica. Nos recordaba entonces que, en plena edad tecnológica, la figura del escritor ya no es fundamental sino funcional. Con las redes sociales, los blogs, la autopublicación digital, etc., cualquiera puede ser autor o crítico –o ambos, da igual–. La posición del escritor y del lector son intercambiables y los nichos de Twitter han sustituido al debate tradicional. No existe esfera pública alguna, es más, no existe público sino públicos y contrapúblicos, etc. En tales circunstancias se preguntaba el columnista, ¿para quién se escriben y para qué sirven las columnas? Su conclusión fue idéntica a la de Pacheco, quien, antes de traducir en 1971 y por primera vez para un público mexicano al Benjamin de París, capital del siglo xix, expresó hace décadas: “Quizá no es tiempo ahora. /Nuestra época / nos dejó hablando solos” (“Crítica de la poesía”). Crítica de la poesía pero también crítica de esa crítica. Como una suerte de anti-Benjamin, es decir, con sentido común e ironía, Pacheco dio inicio, en agosto de 1973, a una de las columnas más leídas de la literatura mexicana contemporánea. Su último inventario lo entregó dos días antes de su muerte. ~


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