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“Facha de sicario” y otros mitos sobre desapariciones forzadas

Agrupar documentales por tema atrae riesgos y tentaciones. Por ejemplo, inflar el mérito estético o narrativo de las películas; forzar el diálogo entre ellas o imputar su valor al tema (en vez de a su exposición). Pero hay casos en que la agrupación temática se impone sola: sucede con los documentales que, en conjunto, revelan la aparición de un personaje o perspectiva nuevos. Es el caso de La libertad del diablo, de Everardo González; Ayotzinapa, el paso de la tortuga, de Enrique García Meza, y Hasta los dientes, de Alberto Arnaut Estrada. Su tema en común es un tipo de violencia cada vez más frecuente en México: las desapariciones forzadas de civiles cometidas por autoridades. El ángulo que revelan es la forma en que estos delitos se benefician de relatos sociales: cuentos que nos contamos para dar orden al caos y crear la ilusión de que nosotros, los narradores, estamos a salvo. Por ejemplo, los relatos que aseguran que la víctima de una desaparición “andaba metida en algo”. También, aquellos que dan por hecho que el autor material de un crimen –un sicario, un soldado raso– actúa por iniciativa propia.

La libertad del diablo reúne entrevistas con personas involucradas en actos de violencia. No solo víctimas, sino agresores, lo que permite a González confrontar al espectador con prejuicios acerca de perpetradores de crímenes. Todos los entrevistados llevan una máscara; nada los identifica. Su relato revelará si se trata del familiar de un desaparecido, de un sicario, de una víctima de tortura o de un soldado que ha cobrado por matar. Hasta que eso sucede, el espectador especula si el enmascarado en turno es “bueno” o “malo”. Pronto comprueba la ligereza de esos adjetivos, sobre todo del segundo. No sirven para juzgar a los sicarios adolescentes ni al militar que describe sus experiencias en el ejército. A partir de un punto, las historias se parecen: deben matar a inocentes, quieren salir corriendo y no pueden escapar. Sus actos son repulsivos, pero ellos también los condenan. Esto no los exime, pero deja ver su impotencia ante órdenes de superiores que jamás son sancionados. Nunca antes en un documental había aparecido un soldado describiendo ejecuciones extrajudiciales, admitiendo vínculos entre ejército y cárteles ni denunciando la imposibilidad de dejar las fuerzas armadas. Siempre se le negó la baja. Optó por desertar y vive amenazado de muerte.

La libertad del diablo también cuestiona el estereotipo del sicario. Tras su máscara, un adolescente cuenta que el día de su primer “trabajo” (balear a alguien en la colonia Roma) llevaba puesto el uniforme de la secundaria. El contraste entre oficio y vestimenta produce desconcierto. Nos hace ver que hemos asignado cierta apariencia a un sicario. Son asociaciones que operan de forma inconsciente, y que pueden desembocar en incriminaciones falsas.

Esto puede percibirse en Ayotzinapa, de Enrique García Meza, ganador de los premios del público y la prensa en el pasado Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Comprehensivo y panorámico, reúne materiales sobre el caso de 43 estudiantes desaparecidos en Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014: cronología de los hechos, marchas de protesta en México y otros países, la legendaria rueda de prensa de Jesús Murillo Karam, la objeción de parte del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (giei) a la “verdad histórica” expuesta ahí. Esto funciona como abecé del caso, pero diluye la aportación exclusiva de García Meza: el trazo del perfil de un maestro normalista rural y, en concreto, de quienes estudian en la escuela Isidro Burgos. Compañeros de los de- saparecidos le hablan al documentalista de la conciencia social propia de su vocación y del deseo de transmitirla a futuras generaciones –a pesar de que el gobierno les “recomienda” enfocarse “solo a lo didáctico”–. Esto facilita entender por qué la opinión pública –no solo las autoridades– culpabilizó a las víctimas de Ayotzinapa. Un clip en el documental muestra a los periodistas Pablo Hiriart, Jorge Fernández Menéndez y Ezra Shabot analizando el asunto en un programa de tv Azteca. Cuando Fernández Menéndez plantea que se trató de una confrontación entre cárteles, Hiriart lo increpa a considerar el rol de “la otra parte”: la de los estudiantes. Shabot coincide: “[La Isidro Burgos] no es una escuela común y corriente. La vinculación de Ayotzinapa con [...] guerrilla y narcotráfico está ahí desde hace mucho.” La sugerencia es problemática: parte de una generalización para, de forma tácita, culpar a individuos concretos. Es una falacia tan esparcida que se usó para fabricar la mencionada “verdad histórica” (según la cual, sicarios habrían fracturado los huesos de los estudiantes incinerados y puesto sus cenizas en bolsas de plástico). Según el testimonio grabado de uno de los supuestos sicarios, incluido en el documental, los estudiantes confesaron que “irían por la esposa de Abarca”, en referencia a María de los Ángeles Pineda, ex primera dama de Iguala. En Ayotzinapa, el paso de la tortuga la abogada Ángela Buitrago, miembro del giei, repite las conclusiones de los peritajes independientes: que no hubo incineración de cuerpos, que la evidencia fue plantada y que los supuestos sicarios fueron chivos expiatorios. Bajo tortura, se les ordenó repetir un guion: que los alumnos tenían motivaciones políticas. Nótese de paso qué fácil resulta “construir” a un sicario como los presentados por la PGR: basta elegir a un moreno de extracción socioeconómica baja. Cualquier predisposición racista a creer en su culpabilidad viene como anillo al dedo a los autores intelectuales de delitos de desaparición.

Así lo demuestra Hasta los dientes, de Alberto Arnaut, el mejor documental mexicano de la edición 2018 del festival Ambulante. Retoma el caso de los estudiantes Jorge Mercado y Javier Arredondo, baleados por soldados en el campus del Tecnológico de Monterrey, el 19 de marzo de 2010. El ejército confundió a los alumnos con narcos tras sufrir una emboscada en una de las principales avenidas de la ciudad. A través de imágenes espeluznantes, Arnaut muestra el agravio último a los estudiantes: la manipulación de sus cuerpos por parte de los soldados, quienes les colocaron armas en las manos. La declaración oficial, repetida en los medios, fue que los asesinados eran “sicarios que andaban armados hasta los dientes”. La frase que da nombre al documental apunta a la red de mentiras que tejieron el ejército y los directivos del tec. Cuando los padres de los estudiantes fueron a buscar a sus hijos, los funcionarios de la universidad les dijeron que no se preocuparan. Los muertos –aseguraron– “tenían facha de sicarios”.

El rigor de Arnaut evita que Hasta los dientes incurra en la misma falta que denuncia: culpar a los soldados de acciones que decidieron otros para su beneficio. El responsable del encubrimiento fue el general Cuauhtémoc Antúnez, quien buscaba un ascenso y no podía permitir un escándalo. (En 2015, el gobernador Jaime Rodríguez el Bronco lo nombró secretario de Seguridad Pública de Nuevo León.) Para subrayar el punto, Arnaut incluye la voz de un militar: “El mando se aprovecha de que, si te tumbaron a un compañero, ya tienes rencor [...] Te dicen que los mates a todos, que los muertos no declaran.” Y agrega algo que recuerda a su contraparte en La libertad del diablo: “Pero cuando algo sale mal, que se chingue la tropa. Ellos se lavan las manos.” A pesar de la evidencia que después salió a la luz, la Secretaría de la Defensa nunca admitió su error. (El pasado 19 de marzo Hasta los dientes se estrenó en Nuevo León. Seis días después, la Marina acribilló por error a una familia en una carretera de Tamaulipas. Negó el hecho hasta que un peritaje de la PGR confirmó su responsabilidad.)

Ayotzinapa, el paso de la tortuga y Hasta los dientes son complementarios. Los desaparecidos de la Isidro Burgos y los estudiantes asesinados del tec no comparten perfil social o ideológico, pero esto no los salvó de una muerte semejante. También, ambas películas prueban la tesis de La libertad del diablo: siempre habrá alguien sacrificable a quien culpar.

La culpabilización de víctimas no es una estrategia nueva –a los estudiantes del 68 se les llamaba “revoltosos” y “provocadores”–. Tampoco es nueva la fabricación de culpables. Estas películas, sin embargo, muestran una perversión: aquello que solía ser una estrategia estatal ahora es un recurso psicológico de la mayoría. Basta leer los comentarios a una nota que describa un levantamiento. Su saña y simplismo ponen los pelos de punta. Mezcla de miedo, racismo y otras formas de estigmatización, son juicios que pavimentan el camino de la impunidad. ~


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