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Entrevista a Lionel Shriver “Soy una defensora del derecho de ofender”

Conversé con Lionel Shriver (Carolina del Norte, 1957) durante el Hay Festival en Querétaro, en septiembre de este año. La espero en el hotel mientras termina una entrevista para la televisión. Lleva el cabello rubio atado en una coleta, el rostro limpio y una voz profunda. Lionel Shriver aparenta ser diez años menor. Es autora de catorce libros, de los cuales Anagrama ha publicado en español Tenemos que hablar de Kevin (2007) –el bestseller por el que obtuvo el prestigioso Orange Prize for Fiction en 2005–, El mundo después del cumpleaños (2009), Todo esto para qué (2012) –finalista del National Book Award en 2010–, Big brother (2014) y, este año, Los Mandible. Una familia: 2029-2047, una saga familiar en la que narra un apocalipsis económico.

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En una de sus primeras novelas, Game control (1994), el protagonista, Calvin Piper, preocupado por la sobrepoblación humana, está decidido a aplicar una solución similar a la que se usa para controlar la población de elefantes –matar a cierta cantidad para que no se reproduzcan y acaben con la vegetación de su entorno que terminaría por condenar a toda la manada–. Al final no lleva a cabo su plan. ¿Por qué escribir alrededor de esta idea?
Fue una decisión que tuvo que ver con el tipo de libro que quería escribir, un libro que abordara la sobrepoblación, la demografía y las relaciones entre los millones de seres humanos que se aglomeran en el planeta. La raza humana no es una familia feliz: hay competencia excesiva y nos reunimos en pequeños grupos que invariablemente excluyen a otros. Prometemos ser solidarios con los miembros del grupo, pero a menudo odiamos al resto. Como escritora me interesaba el vertiginoso crecimiento de la población, que es potencialmente destructivo. Literariamente es fascinante, porque es un peligro que canaliza nuestra misantropía natural. Es paradójico que Calvin Piper, a quien no le gusta la gente, trate de salvar a la humanidad matando a personas. En algunas cosas Calvin se parece mucho a mí, así que aquí paso a la primera persona: no soporto a la mayoría de la gente y las multitudes me parecen intolerables. No soy la única persona con ese tipo de sentimientos y es por eso que la premisa se puede traducir a una novela con carácter universal. Si fuera la única loca que se sintiera así no vendería ni un solo libro.

La razón por la que Calvin no lleva a cabo su plan es que de haberlo ejecutado, habría tenido una masacre en mis manos y se habría ocultado el contenido intelectual de la novela. Se habría convertido más bien en un thriller o, peor, en un libro de catástrofes. No hay forma de meter el asesinato de millones de personas en un libro y abrir la posibilidad al lector de que podría ser una solución positiva para la humanidad. Además, como dice Calvin, la cantidad de cadáveres es un gran problema práctico. Lo que más me interesaba era la tensión entre la idea aparentemente noble de salvar a la humanidad y el método de aniquilar a millones de personas.

Así que en el libro dejé el plan a nivel de fantasía. La mayoría de los misántropos no tenemos el estómago tan fuerte como para poner nuestro disgusto por la especie humana en acción. Por fortuna.

The female of the species (1987) y Game control se ubican en Kenia. ¿Es un escenario proclive a la literatura?
Kenia fue el primer lugar que me pareció profundamente distinto a todo lo que conocía. Mi padre fue a dar un seminario en Limuru, en las afueras de Nairobi. Aunque solo eran seis semanas, decidió llevar a toda la familia. Yo tenía dieciséis años y quedé impresionada. Un año antes habíamos ido a Escandinavia y fue desalentador descubrir que todo era demasiado parecido a mi Estados Unidos. Quería experimentar algo diferente. Kenia fue la respuesta a mi deseo y sospecho que por eso mis libros han regresado a ahí. En esas seis semanas visitamos iglesias por el país. Mi padre enseñaba en distintas escuelas, pero también era un ministro presbiteriano, una persona muy religiosa. Como consecuencia, yo crecí en un hogar muy rígido; abierto –porque no usábamos papalinas en la cabeza como los Amish–, pero con una vida religiosa intensa.

¿Sigue siendo religiosa?
No. Si por la fuerza me quieren embutir alguna idea siempre he respondido con un vómito proyectado a la cara de quien lo intente. No respondo bien al adoctrinamiento. Esa también es la razón por la que no soy una demócrata liberal ortodoxa. Tanto en religión como en política soy una disidente. Me considero una libertaria, no una socialdemócrata. Cuando digo libertaria no me refiero al modo en el que lo era Ayn Rand –de hecho nunca la he leído, pero tengo la sensación de que sus libros no me dirán nada cercano a lo que creo–. El libertarianismo se ha malinterpretado de muchas formas, pero lo que significa para mí es que los seres humanos deberíamos hacer lo que deseemos, siempre y cuando no le hagamos daño a nadie más. Me parece un credo sumamente racional; sin embargo, no es una creencia que las democracias occidentales compartan. De hecho, los gobiernos se han vuelto controladores y quieren obligar a todo el mundo a ser virtuoso.

En Todo esto para qué relata el dilema de Shep Knacker –próximo a retirarse– cuando Glynis, su esposa, le revela que tiene cáncer. El libro, que apareció un par de semanas antes de que el Affordable Care Act se aprobara por el Congreso, se ha leído como una crítica al sistema de salud de Estados Unidos. Si la situación fue compleja para Shep y Glynis, la sociedad del futuro que presenta en Los Mandible no es mejor.
Las primas de sistema de salud no han dejado de subir y un gran número de personas no puede pagarlas. El problema del que se habla en Todo esto para qué no se ha arreglado ni siquiera con el Obamacare, posterior al Affordable Care Act. Cuando las circunstancias económicas obligan a una familia a salirse de las redes oficiales del sistema –que es lo que les pasa a los Mandible en varios sentidos– terminan perdiendo todo su dinero y automáticamente quedan sin cobertura de ningún tipo. La trama de Todo esto para qué podría suceder hoy, y también en el futuro. El costo del sistema de salud en Estados Unidos es muy alto y la gente simplemente no puede acceder a él. En la novela planteo una pregunta central: cuál es el costo de una vida, no en el sentido abstracto, sino como una pregunta que necesita una respuesta en dólares y centavos.

En Estados Unidos gastamos en salud diez mil dólares por persona cada año. Una familia estadounidense promedio, con cuatro miembros, supone un gasto de cuarenta mil dólares anuales, cuando el salario promedio, si mal no recuerdo, es de unos sesenta mil dólares. ¿Cómo se puede tener un país funcional con un sistema de salud así? Por si fuera poco, el panorama de la salud pública ha empeorado, por culpa tanto de las compañías de seguros como del gobierno. Es un tema preocupante, pero no lo incluí en Los Mandible porque no quería escribir el mismo libro dos veces. A veces excluyo algunos temas que ya he abordado en otras novelas porque no quiero repetirme, y tampoco quiero aburrir a los lectores: “ay, allá va otra vez Lionel con su diatriba sobre el sistema de salud estadounidense”. Por eso es que nadie en Los Mandible se enferma de manera importante en el transcurso del libro.

A lo largo de su obra se repiten algunos temas. Uno de ellos es la reproducción: la decisión de no tener hijos, los daños emocionales que causan en el matrimonio o cómo contribuyen a la sobrepoblación.
Hay ciertos temas que fluyen entre mis libros. Una inquietud recurrente es la misantropía insidiosa, por ejemplo. De hecho, pretendo que tenga una faceta festiva: celebro la articulación de ciertos puntos de vista inaceptables que a menudo nadie se atreve a decir en voz alta. Escribirlos es divertido porque se supone que nadie debe expresarse así. Siempre he sido algo rebelde.

En los últimos años se ha visto una tendencia demográfica interesante en los países de Occidente: el número de hijos está disminuyendo de forma radical. Algunos segmentos de la población –casi siempre los blancos y privilegiados, dos características que no siempre van de la mano– se han dado cuenta de que ya no necesitan hijos que contribuyan a la economía familiar. No solo eso, en la actualidad los niños suponen un sacrificio enorme –económico, pero también de tiempo, de calidad de vida y horas de sueño–. Hay cada vez más gente que como yo han decidido no tenerlos. Aunque para algunos es una decisión egoísta y calculada, yo puedo decir con certeza que mi vida es más divertida sin ellos. Hoy, las mujeres podemos decidir no embarazarnos.

En Tenemos que hablar de Kevin, Eva Khatchadourian habla del “imperativo hormonal”.
Eva habla del supuesto “reloj biológico” de la mujer, que a mí me parece una tontería. Cuando usé la expresión “imperativo hormonal” estaba tratando de evitar la sobreusada metáfora del reloj. Por cierto, nunca fue el caso para mí: la alarma del dichoso reloj jamás sonó y me quedé sentada esperando.

Las reflexiones de Eva sobre la maternidad en Tenemos que hablar de Kevin son esenciales a la trama y se pierden en la adaptación al cine.
Cuando un libro se traduce a una película se pierden la mayoría de las reflexiones internas de los personajes, a menos de que se usara con exceso el voice-over, un recurso espantoso. Las imágenes se quedan siempre cortas cuando compiten con las palabras. No hay nada como los libros. Lo único que queda por decir sobre la relación entre cine y literatura es que siempre el libro es mejor.

Los Mandible es una distopía económica en la que recurre a términos y modelos financieros avanzados. ¿Fue complicado establecer el contexto de la novela, pensando en que el lector tradicional no es un experto?
Fue un reto introducir conceptos económicos sin que pareciera un libro de texto. Tuve que hacer una gran investigación, similar a cuando escribí Game control, para el cual leí libros sobre demografía y epidemiología. Luego me senté a sintetizar todo y eliminar gran parte de esa información teórica. Para Los Mandible hice lo mismo: dejé fuera gran parte de las explicaciones económicas que incluí en los primeros borradores. Conservé lo que me pareció necesario. En el proceso de investigación aprendí mucho. Desconocía algunos eventos históricos difíciles de creer. Por ejemplo, no sabía que en 1933 Franklin D. Roosevelt confiscó todo el oro en posesión de los ciudadanos. También desconocía que la ley que le permitió hacerlo sigue vigente hoy. Cuando se compra oro siempre queda un registro, así que si algún presidente decidiera aplicar esta ley de nuevo no sería difícil rastrear a las personas que tienen oro.

¿Hay riesgos en escribir una distopía, un género tan recurrente en los últimos años?
El riesgo está en escribir lo que ya se ha escrito una y otra vez. No quería escribir un libro apocalíptico sobre fenómenos naturales y no me interesaba llevar a las estanterías una novela más sobre el calentamiento global. Cuando en 2008 colapsó el sistema financiero en Estados Unidos sabía que quería contar una historia cuyo escenario fuera la crisis económica. De la crisis de 2008 no nos hemos recuperado todavía, las tasas de interés han estado próximas a cero en estos años. Esto jamás había pasado en la historia de la civilización occidental y fue la razón por la que comencé a interesarme en el tema. Me interesa en particular la deuda, que se ha hecho más profunda de 2015 a la fecha. Me refiero a la deuda no financiera, que no toma en cuenta los préstamos bancarios. El mundo tiene una deuda de 150 trillones de dólares –150,000,000,000,000 con los ceros desglosados en millones de dólares–. Ese número, que es difícil incluso de imaginar, sigue aumentando. La cuestión que me interesa es si alguien va a pagar esa deuda algún día. Yo creo que no. Eso querría decir que esa cantidad con tantos ceros ni siquiera es dinero real. La totalidad de esa deuda es un activo en la hoja de balance de alguien más. Es como si tú me prestas cien dólares, que prometí regresarte. Tú vas tranquila por la vida creyendo que los cien dólares van a volver a ti, de que sigue siendo tu dinero y está a tu disposición. Tal vez a mí se me ocurrió decir que te daría cinco dólares más cuando te pague, por haberme prestado el dinero. Así que ahora crees que tienes ciento cinco dólares en el bolsillo, e incluso empiezas a hacer planes para gastarlos. Pero yo soy una pilla y jamás voy a pagarte los cien dólares, mucho menos esos ciento cinco dólares.

Se trata de una cadena de deudas que son activos para alguien más que, como tú, cree que es dueño de su dinero. El problema de la deuda no solo se trata de un grupo de personas que deben dinero a alguien más y están ansiosas porque no saben si podrán pagar; se trata de otras personas dueñas de ese dinero y que todavía piensan que tienen ese dinero. Si uno fuera a sacar todo su dinero del banco, el sistema colapsaría. En realidad nosotros le hemos prestado al banco nuestro dinero y el banco lo presta a otras personas. Por ley, los bancos solo deben tener disponible físicamente el 10% de esos depósitos. Si de pronto decidiéramos sacar nuestro dinero, no lo encontraríamos. Esto es alarmante. Podríamos pensar que solo se trata de números, pero necesitamos el dinero para sobrevivir. Muy pocos de nosotros podríamos ser autosuficientes y vivir en la naturaleza, de modo que no son solo números: es una situación de vida o muerte.

Ese es el escenario que plantea en Los Mandible.
La ficción sirve para exorcizar nuestros miedos. La historia que relato en Los Mandible es solo eso, una historia entretenida. Leer es una forma de liberarnos de nuestras ansiedades y transformarlas en algo divertido. Yo convertí mis miedos en diversión. Si lo que planteo en la novela llegara a suceder no sería gracioso. La gente estaría muy molesta y habría violencia. Una versión aún más delirante que la que atraviesa Venezuela.

El título de una de sus novelas, Big brother, podría remitir a Orwell, pero aborda la disyuntiva de Pandora entre apoyar a su hermano mayor, que tiene un problema de sobrepeso, y vivir con su esposo. Ha dicho que se inspiró en la historia de su hermano.
Es interesante que el término remita a Orwell, pero se trata de un concepto que no viene originalmente de la CIA, sino del ámbito familiar, la figura del hermano más grande. En el título de mi novela juegan las dos acepciones de “big”: grande como sinónimo de gordo, pero también tiene el sentido de mayor edad. Cuando elegí ese título sabía que existía el riesgo de que el lector se confundiera con una historia de espionaje, pero decidí recuperar la expresión y hacerla mía.

Mi hermano mayor me motivó a escribir la novela, aunque ya tenía un interés en el tema del sobrepeso. ¿Quién no lo tiene? Tenemos una obsesión social con el peso. El organismo humano no está hecho para saciarse tres veces al día, está habituado a comer en exceso porque no hay certeza sobre cuándo será la próxima comida. La naturaleza no es un comedor abierto las veinticuatro horas. O tal vez sí, pero no siempre te atienden. Los animales suelen comer en abundancia para almacenar energía y usarla en los periodos de escasez. Como cualquier mamífero estamos diseñados de esa manera. Sin embargo, en la actualidad vivimos en ciudades con un puesto de comida en cada esquina. Gran parte de nuestro proceso de socialización implica comer juntos. Si estás en una dieta a menudo quedas fuera. Tengo un nuevo hábito, sobre todo cuando estoy conociendo a una persona: le pido que salgamos a caminar. Es una forma estupenda para conocer a la gente. Sin embargo, para la mayoría, compartir una comida es la manera más común de socializar. En la novela, cuando Pandora y su hermano están haciendo la dieta líquida se quedan totalmente aislados del resto del mundo.

La obesidad también es un asunto emocional. Al menos lo fue para mí y para mi familia. Ver cómo mi hermano iba engordando fue muy doloroso. Tuvo un par de accidentes y poco a poco fue perdiendo movilidad. Al final, su único placer era la comida. Lidiar con un problema de obesidad es muy difícil para cualquier familia. Siempre está la tentación de intervenir, pero la intervención no funciona porque la persona con obesidad es un adulto, que toma sus propias decisiones.

El final de la novela es distinto de la historia de su hermano.
Cuando comenzaba a escribir la novela tenía planeado que el personaje basado en mi hermano iba a dejar la dieta una vez llegado al peso ideal, solo para recuperarlo con creces poco después. Más tarde pensé que no podría soportarlo. No quiero insinuar que es imposible perder peso cuando se ha llegado a ese punto de obesidad, pero muchas veces sucede así. Es prácticamente imposible. Sin embargo, me di cuenta de que no me correspondía a mí como novelista decirlo. Sería muy fatalista y creo que habría perjudicado el libro, porque habría sido una trama lineal y predecible.

Al llegar más o menos a la mitad de la novela ya había cambiado de opinión sobre el final. Fue justo en la escena en la que los hermanos empiezan con la dieta líquida: a partir de allí ya sabía hacia dónde quería ir. Sigo pensando que fue una buena decisión. Sin duda Big brother es desgarradora, pero así tenía que ser. El libro necesitaba ser doloroso, porque la muerte de mi hermano fue muy dolorosa para mí.

Este año publicó en inglés la nouvelle The standing chandelier y el próximo año aparecerá un libro de relatos, Property. ¿Cuánto tiempo le toma escribir un libro?
Estoy llegando al punto en el que terminar un libro me toma, al menos, tres años. Solía ser mucho más organizada, pero me he vuelto muy caótica. Algo que ha mermado mi productividad es no solamente el hecho de que ahora tengo menos ideas que antes –en mi opinión, la peor cara del envejecimiento– sino que promocionar mis libros ocupa gran parte de mi tiempo. Siempre hay una traducción a punto de salir, una conferencia o un festival literario. Soy lenta para escribir y tengo poco tiempo para hacerlo. No tengo problema con esto, sé que jamás voy a ser recordada como una escritora prolífica. Prefiero escribir pocos libros, pero buenos.

En “Ficción e identidad política” –el discurso que abrió el Festival de Escritores de Brisbane– abordó los temas espinosos de la apropiación cultural y la corrección política. Decía que el miedo a ofender está limitando la posibilidad de escribir ficción.
Por fortuna no ha limitado mi habilidad de escribir, pero definitivamente tiene un efecto negativo en la creatividad. El miedo no contribuye a la imaginación. Creo que en especial los escritores blancos viven en un estado de ansiedad extrema. Como escritor blanco hay una gama de tópicos que tratarás de evitar a toda costa. Es el caso, por ejemplo, de la raza. No seré simplista al respecto porque sé que no es la situación perfecta, pero me pregunto por qué ahora, cuando hay más igualdad y hemos avanzado tanto en la lucha de los derechos civiles, nos hemos vuelto tan susceptibles, por qué el asunto se ha convertido en un tabú, una zona intocable. Incluso hay presión sobre los escritores blancos para que no tengan personajes de otras razas en sus obras: las consecuencias son de temerse. Si ese personaje de una raza distinta a la blanca hace o dice algo que pudiera parecer negativo, las críticas serán implacables. Hay una autocensura muy fuerte.

Esta situación es más desesperante en la televisión, en donde este formulismo se puede apreciar en su aberrante totalidad. Todas las series deben tener un personaje transgénero y una pareja gay con niños de diversas razas. Un programa de televisión en el que todos los personajes fueran blancos sería inaceptable. Y la realidad es que las personas se siguen juntando con gente similar a ellas. Lo siento mucho, pero es lo que sucede en la vida real. El que los productores de una serie incluyan a un amigo asiático, a la chica negra, un joven árabe y una mujer hispana es progresista, pero nunca será realista. El público no es estúpido: todos saben que eligieron con cuidado un elenco deliberadamente diverso. Lo artificioso es evidente y afecta la calidad de las historias.

La rigidez de la corrección política se ha puesto peor con el tiempo. La expresión, confeccionada hace años, ahora abarca a un movimiento de mano dura, intimidante y potencialmente totalitario. Creo que el mundo sería más interesante si pudiéramos hablar de lo que sea. Nos estamos encaminando como sociedad uniforme, en la que todos dicen y opinan lo mismo, porque es lo que deben decir y opinar. Y tal vez, cuando estén a solas, se quejarán y dirán lo que realmente piensan. Sé que es algo de lo que se ha hablado mucho, pero es pertinente decir que parte del éxito de Trump es una reacción en contra de la corrección política, a la falta de libertad de expresión.

Su discurso fue polémico. Algunas críticas argumentaban que bajo el pretexto de la libertad literaria se ha explotado la voz de las minorías. ¿Debe haber algún tipo de límite en la creación literaria?
En teoría no debería existir ningún tipo de límites, pero hay leyes contra la difamación, que en el Reino Unido son especialmente estrictas. Soy una defensora del derecho de ofender. No creo que nadie deba tener el derecho de decir que el resto no tenemos derecho a escribir sobre ciertas cosas. Que algo hiera tus sentimientos no debe implicar dejar de escribir.

Hay muchas personas que discrepan de lo que acabo de decir y eso me parece terrorífico. Si llevamos esta actitud al límite llegaremos al punto en el que yo no pueda escribir una sola oración sin ofender a alguien de alguna manera. Una vez que se comience a aplicar ese patrón será el fin de la ficción: nadie podrá escribir nada. Por eso siempre intento empujar los límites un poco, poner en papel algunas cosas que sin duda ofenderán a alguien. Si ofendo, yo tengo que vivir con ello también, pero es preferible a que no se me permita escribir. Por su parte, las personas ofendidas tienen el derecho de decir qué tan profundamente las he ofendido. Adelante, dialoguemos. Tienen el derecho de despotricar contra el libro nefasto de esa maldita escritora con opiniones terribles, personajes detestables y puntos de vista racistas. Prefiero vivir en un mundo en el que podamos golpearnos unos a otros de manera verbal, que siempre es una mejor alternativa que golpearse de manera literal o que censurar. Como lector, además, puedes decidir no leer a Lionel Shriver. Es lo hermoso de la libertad.

En el discurso dice que “los escritores de ficción tenemos que proteger el derecho de usar muchos sombreros diferentes, incluidos los sombreros mexicanos”.
Hay muchas cosas que se han vuelto ofensivas solo porque gente blanca las dice o las hace. Al mismo tiempo, pareciera que hay elementos culturales que le pertenecen solo a una minoría y no deben ser abordados por nadie más. Si fuéramos así de tercos y egoístas con la cultura, entonces solo los que tienen ancestros alemanes pueden escuchar a Beethoven o leer a Herman Hesse. O si no eres anglosajón tampoco deberías hablar en inglés o disfrutar un pastel de manzana. Es totalmente absurdo, por supuesto. La literatura es un vehículo indispensable para la empatía.

No sé si mi conferencia logró su cometido. Dije lo que pensaba –que la ficción no se debe restringir por las preocupaciones de la apropiación cultural–, pero me temo que también le di un segundo aire al término. La única razón por la que abordé el tema era para discutirlo, golpearlo y enterrarlo en el jardín trasero. El término “apropiación cultural” fue el resultado de buenas intenciones, pero en su acepción actual es inútil y muy poco generoso.

Florence, uno de los personajes de Los Mandible, presume que es progresista porque su pareja, Esteban, es mexicano-americano. ¿Es la otra cara de la apropiación cultural?
Ella está fascinada con la idea de vivir con un mexicano. Para ella hay un elemento de prestigio, como si eso la hiciera una mejor persona. Y lo hace, a sus ojos. Esteban, además, es un tipo estupendo.

¿Qué habría pasado si el personaje mexicano fuera un criminal?
La novela quizás no habría sido tan apropiada. Mi novela maneja la migración como una temática secundaria y en ese terreno, más que con ningún otro, tuve que andarme con cuidado. No todos los mexicanos viviendo en Estados Unidos son tan buenas personas como Esteban. Hay de todo, como en cualquier otro grupo de individuos de un mismo país. Como lectora no me gustaría leer sobre un mundo irreal en el que todas las personas con una misma nacionalidad son unos santos.

Sin embargo, lo que recibió ataques fue el tema racial. Luella, un personaje secundario de Los Mandible, tiene demencia, y resulta que es una mujer negra. Cuando la familia Mandible termina viviendo en la calle, necesitan controlarla para que no se aleje y se pierda, así que la amarran con una correa. En algunas reseñas me llamaron racista.

¿Lee las reseñas de sus libros?
He pasado por etapas distintas. Recientemente he estado leyendo las reseñas. En cierto momento se vuelve insoportable y aburrido leerlas todas. Voy a decir algo que sonará muy arrogante, pero con Tenemos que hablar de Kevin, que fue reseñada de manera positiva, me cansé de leer elogios. Sería perturbador que un escritor no se cansara de leer reseñas positivas de su obra: un apetito insaciable de alabanzas no puede ser bueno. Recuerdo que esa vez me cansé de leer reseñas positivas. Inevitablemente, las malas críticas son las que termino por tomar en serio. Este es mi problema de leer las reseñas.

Al ser una escritora a contracorriente, quizás algunas reseñas negativas sean señal de su manera de confrontar el statu quo.
Si en el momento de leer la crítica tengo control sobre mí misma puedo decirme: “Lionel, si ese reportero del Washington Post odió tu novela es señal de que estás haciendo algo bien, y de que tus políticas libertarias le parecen ofensivas. Si no hubiera pisado sus liberales y democráticos dedos de los pies querría decir que no escribí bien el libro.” Pero no siempre es así. Por más que racionalice las malas críticas siempre hieren mis sentimientos de una u otra manera. No hace falta mucho para perturbar la confianza que le tienes a un libro que escribiste. Leer una crítica no es como una lluvia que te arruina los planes del día. Si lees una cantidad suficiente de malas críticas te puedes distanciar del ser amado, tu libro. El mundo después del cumpleaños, por ejemplo, recibió excelentes críticas en Estados Unidos. En cambio, en el Reino Unido hubo un grupo de críticos que la hicieron trizas. Eso cambió mi relación con el libro durante años. En el caso de El mundo después del cumpleaños, a diferencia de Los Mandible, el problema no fue con la ideología, sino con algo más básico: me enfrenté a la apropiación cultural. Como soy estadounidense hice mal en incorporar a un personaje británico. También escribí sobre el snooker, un deporte inglés del que una norteamericana no debería hablar. Me dieron un manazo por usar elementos que culturalmente no me pertenecían.

La literatura siempre es una cuestión de gusto y algunas personas responden a una voz y otras no, así que nunca he esperado que a todos les gusten mis libros. No tengo problema con ello: no soy la escritora para cierto tipo de lectores. El problema es que a veces ese tipo particular de lectores son los que reseñan mis libros. Yo también soy crítica literaria y sé que hay razones artificiales para considerar mi opinión por encima de otras. Mis libros se han leído bien y tal vez eso me vuelve una mejor crítica, pero no necesariamente. Me parece que hay una cierta injusticia en hablar de un libro que no me pareció tan bueno, porque tal vez es un libro maravilloso para otras personas. Así que yo más que nadie debería saber que hay un factor azaroso, caprichoso incluso, en la crítica literaria. No por racionalizar las críticas dejan de doler.

Sus personajes femeninos son fuertes, resueltos a hacer lo que quieren o lo que necesitan. En una entrevista dijo que sus personajes son “difíciles de amar”. Parece que las mujeres que se atreven a salirse de los estereotipos –Eleanor Merrit de Game control, Eva Khatchadourian de Tenemos que hablar de Kevin, Pandora de Big brother o Glynis de Todo esto para qué– no son amables.
Para mí todas son adorables, pero creo que Glynis sería la más difícil de amar simplemente porque está llena de ira y trata muy mal a Shep, que es un amor de hombre. Ahora bien, en mis propios términos, la menos atractiva es Eleanor Merrit, porque al principio del libro es muy blanda, demasiado bondadosa y porque permite que otros abusen de ella. Toda esa bondad hace que se me revuelva el estómago; por suerte, a medida que avanza la trama desarrolla cierto temple, lo que la vuelve más agradable para mí.

¿Hay mucho de usted en estos personajes?
Supongo que sí. La astucia es real, definitivamente. Puedo verme con facilidad actuando como Glynis si me diera cáncer. Sé que no sería una buena enferma. ~