artículo no publicado

El pacto con el misterio

Esther Seligson

Cuentos reunidos

Prólogo de Sandra Lorenzano. Selección y epílogo de Geney Beltrán Félix

Barcelona, Malpaso Ediciones, 2017, 378 pp.

Mientras escribo esto tengo al Sol en Casa y el mundo es regido por la balanza de Libra bajo el signo solar y por Piscis bajo el lunar. Marte, que ha estado disparatado a últimas, se muestra sosegado y hay, según la carta astral que me abrí para estos días, una creciente presencia de Venus. En esta carta leo que habrá un manantial de beneficios para la Ciudad de México, la región misma en la que tecleo.

Si queremos que lo anterior tenga sentido, tenemos que hacer un pacto, suspender la mirada irónica y el gesto crítico, suspender un poco los criterios de lo cotidiano y lo normal, y asumir que el desplazamiento de los astros en sus órbitas influye de una manera puntual en los hechos concretos de la Tierra.

La magnitud de lo desconocido suele ser a la vez fascinante, abrumadora y repelente. Dejarse llevar por lo que carece de sentido práctico y tiene pocos asideros resulta problemático, aunque sea seductor. Lo mismo sucede con lo que no tiene un propósito puramente estético, sino que busca ser un desafío mental, un reto que interpela al espectador. Algunos trabajos artísticos implantan dudas en quienes los atestiguan: ¿es a ellos a quienes interpela el trabajo?, ¿les habla de manera directa?, ¿es una burla?, ¿una oscuridad que debe ser descifrada?, ¿es tan solo pretensión? Estos juegos son frecuentes en las artes plásticas, pero poco comunes en la literatura.

Esther Seligson (Ciudad de México, 1941-2010) era una escritora poco común. Se armó de herramientas no convencionales, como su devoción por los astros, la Cábala y el tarot. Adicta a los sueños, al sabor que dejan cuando se van y a la posibilidad de entenderlos y habitarlos, los empleó como estrategia narrativa. Además, abrevó de sus raíces judías, rascaba ahí para encontrar un material que le sirviera. Su literatura habla de una mujer obsesiva, apasionada y centrada en la dulce y bronca melancolía de la pérdida. Su rareza no siempre es hospitalaria o agradable. Y si su literatura es más o menos inclasificable, es en buena medida porque ella así lo buscó.

Este año, Malpaso Ediciones publica Cuentos reunidos, una compilación de textos seleccionados por Geney Beltrán Félix (que escribe también un epílogo en el que explica no solo su selección, sino los avatares de la obra seligsoniana) y prologados por Sandra Lorenzano. Decir “cuentos” no significa mucho en el mundo Seligson, porque sus textos son, a la vez, más y menos que eso. El libro está dividido en secciones que corresponden a los libros narrativos publicados por la autora: Tras la ventana un árbol (1969), Luz de dos (1978), De sueños, presagios y otras voces (1978), Sed de mar (1987), Indicios y quimeras (1988), Isomorfismos (1991), Hebras (1996), Toda la luz (2006), Cicatrices (2009) y Escritos a mano (2011). Incluye además un cuento inédito.

Los Cuentos reunidos permiten verla amplificada. Aquí está una autora que se identifica como judía, que ha viajado por el mundo y se ha llenado de conocimientos, pero que vive la experiencia tangible como algo onírico; una autora que desgrana sus conocimientos de los clásicos, por ejemplo, para revisitarlos con su mirada, femenina y contemporánea. Esto sucede de forma notable en la sección “Sed de mar”. Hay un texto dedicado a Penélope, otro a Euriclea, uno más a Ulises y uno final que pertenece de nuevo a Penélope. Seligson da rienda suelta tanto a su imaginación como a agravios propios que parecen largamente rumiados y que tienen que ver con el vínculo entre hombres y mujeres. La sección es deliciosa en parte por el claro lirismo de la autora (Christopher Domínguez Michael la llamó “poeta que ha elegido el poema en prosa como su forma de expresión”) y en parte por las suposiciones que hace respecto de las re- laciones y emociones que pudieron tener los personajes. Muchas, casi todas, pasan por el recelo y las argucias de las parejas que tienen mucho tiempo a punto de desquererse. La historia está dada antes, por alguien más. Seligson retoma los fragmentos que le sirven para desmenuzar sus angustias o repensar el abandono.

Algo parecido sucede con “Luz de dos”, el cuento que le da título a uno de sus libros. Leemos los fragmentos que narran las dos partes de una pareja que se disuelve. Las razones de la ruptura no son claras: lo que es palpable es la mirada en torno a las emociones; es decir, lo que se percibe conforme la relación se deslava: “Tengo miedo. El dolor de tu cercanía es una herida que escuece y punza, que sofoca: una zozobra. Sé cuán absurdo puede ser y, no obstante, me dejaría anegar por esta ternura sensual, por este deseo mórbido de aniquilarnos en lenta y cruel desesperanza amorosa. El diente del trillo descansa sobre la mesa, junto a la copa que he acercado a tus labios.” Las emociones están rodeadas de pensamientos e imágenes que fluyen en un mar de palabras no siempre navegable, aunque pueda ser disfrutable. Implanta en el lector sensaciones, texturas muy específicas.

Desde los primeros textos, publicados en Tras la ventana un árbol, vemos a una autora preocupada por asociar emociones con ideas y por darles un peso determinado, que se sienta de manera casi física. La narración en sí, la historia, no la preocupa. Los cuentos que giran en torno a acontecimientos y cuentan historias desde una perspectiva más tradicional me parecen los menos afortunados (como “Distinto mundo habitual” o “Sueño del pájaro”). Seligson destaca cuando es más hermética, cuando hay que desentrañar un secreto que puede provenir de las profundidades del Talmud, de las estrellas, de lo onírico o del desencanto que tienen solo los esperanzados que ven frustradas sus ilusiones.

Hay en su literatura algunos rasgos que recuerdan a Clarice Lispector; es así cuando en lo narrado se desata alguna violencia por detalles poco claros, como en “Prisioneros”, o nimios, como en “Simplicidad”. También algunos que me hacen pensar en Juan García Ponce, con su análisis de lo erótico, aunque casi en sentido contrario. Esther Seligson habla de forma constante de los cuerpos desnudos y su disposición, de sus sudores y pálpitos, pero, a diferencia del yucateco, sin concretar escenas que el lector pueda representarse con claridad. Ambos, sin embargo, filosofan sobre el encuentro carnal.

Tal vez Seligson se adiestró en las palabras y su vínculo con la textura de las emociones porque estuvo ligada al teatro durante mucho tiempo. Fue maestra de actores por décadas en el Centro Universitario de Teatro de la unam, su hijo más cercano fue actor y estuvo casada con un director de cine. Además, fue una traductora erudita y puntual (de Cioran, de Jabès, entre otros), así que interpretaba el lenguaje desde muy distintos lugares.

Los Cuentos reunidos son una buena forma de conocer esa destreza, para bien y para mal. Le exigen al lector una suspensión de sus creencias literarias convencionales, le piden un pacto de hermetismo. Los primeros cuentos, más parecidos a sueños revisitados y recamados, son ejercicios estilísticos; conforme la lectura avanza, los textos tienen más significados, más aristas, y permiten nuevas suposiciones gracias a las que el lector podrá decantarse y juzgar la muy peculiar visión literaria de nuestra autora, de una forma más precisa –y tal vez más justa. ~


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