artículo no publicado

El cine mexicano de Buñuel

Nunca es prudente incurrir en vaguedades, pero al hablar de Buñuel el peligro crece y amenaza. Buñuel hace películas y todos tendemos hacia la idiocia cuando argumentamos sobre cine. Hablamos y el maestro –que es sordo como Goya– se mira en el espejo, inexpresivo como huevo cocido y ejerce con razón las artes minuciosas del desdén. Pero, a fin de cuentas, hay que dejarse caer en la tentación y decir algunas cosas. Voy a decir algo, con timidez, son notas desgarbadas.

Nadie ignora que el cine mexicano de Buñuel ha sido ninguneado. Se ha juzgado a películas como El Gran Calavera o El bruto de cine ratonero, comercial. ¿Pero cómo entender el tránsito que va del muchacho surrealista al poderoso lector de Tristana a partir de un mero sometimiento a los productores locales? Me parece que el trato con aquellos engordadores mexicanos de gallinas empujó a Buñuel hacia la sutileza, la alegoría y la maña en decir las cosas. Le enseñó, pienso, las condiciones para decir la verdad y lo puso en el dulce camino de las alusiones.

Un ejemplo: dos jóvenes amantes de El Gran Calavera se llaman Pablo y Virginia. Y es clara su relación con la prototípica novela romántica. Más obvia será la metáfora entera: el mundo de los desposeídos, miserables y abrumados es la perdida Edad de Oro. Esto es, los disfrutes del dinero implicarían los horrores de la civilización corruptora. Imposible imaginar que Buñuel no sonriera en el corre cámara. Su película cumplió los requerimientos del currículum comercial, pese a estar preñada de regocijos esteticistas e insinuaciones satíricas. Buñuel aprendía otro lenguaje que no olvidará. “El león”, dice Valéry, es “cordero asimilado”.

Preso como la piedra que en el aire se sueña libre, el barco romántico –holandés errante y nave de lunáticos– se aleja sobre las paralelas. El tranvía de La ilusión viaja en tranvía viaja, desde luego, perro con antenas, conductista y lento gusano que se desplaza. Pero esta criatura está sometida al dios relojero que trazó las vías. Los ilusos prometeos trataron de apoderarse del tranvía, pero una gravedad, el peso fundamental de metales y engranajes, los ata y determina. Zeus se ríe de las acusaciones y no habrá para ellos ni roca ni águilas ni hígado ni poemas de Esquilo y Goethe. Buñuel regocijado sigue la trivialidad de su aventura y los pormenores de su ambición. El título, La ilusión viaja en tranvía, dice tanto y es tan eficiente que casi no hay para qué ver la película.

La vertiginosa cara de Arturo de Córdova enloquecido tiene en Él la expresión más cabal. Qué bien hace el actor de demenciado. Hay un comentario implícito: “cuando veas en sus mejores momentos a Arturo de Córdova no te olvides de que está loco”. Enamórense del enfermo, del atacado por voces histéricas, de un delirante. ¿Qué propone Buñuel? Un rebote de miradas, un tocar con el codo el antebrazo del compañero, una complicidad y nada más. Sin embargo, no importará tanto la taxonomía del lunático como su carácter hilarante y adornado, su despropósito y su coraje. Los caminos de la insania sirven para malograr escenas sagradas, quebrar ensueños y equilibrios, y permitirnos asistir por dentro a la mirada de Buñuel, experto dinamitero.

Del insomnio Luis Cernuda escribió “no puedo menos que deplorar que Grecia nunca tocara el corazón ni la mente españoles, los más remotos e ignorantes, en Europa, de la gloria que fue Grecia. Bien se echa de ver en nuestra vida, nuestra historia, nuestra literatura”. Sí, Buñuel “desconoce en su arte la hermosura”. Acaso por ser desmesurado, radical, muy malicioso y excesivamente preciso. De acuerdo. Pero, ¿quién se negaría a los monstruos delicadísimos o brutales que nacen de los prismas de su mirada?

Yo era un adolescente cuando vi Los olvidados. Esa noche vi nadar los peces del insomnio. Aquel basurero, el Jaibo y el cadáver del niño rodando todavía me pesan. Prefiero recordar al inmenso Miguel Inclán, adivino ciego, y a su tambor despanzurrado, sin duda, porque este Tiresias es hermoso, en tanto que el destino del héroe es trágico (el niño campesino, el Ojitos, es una claudicación en el cuadro, un fantasma romántico e hiperbólico, un ente divino entre los enanos de Velázquez). ¿Quién iba a decirme a mí que lo que vimos como el infierno iba a considerarse una Arcadia Feliz en comparación con los olvidados que hoy vemos por todas partes? ~


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