artículo no publicado

Cuentos con tarea

Julián Herbert

Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino

Ciudad de México, Literatura Random House, 2017, 192 pp.

 

Metaficción, que le llaman. Por ejemplo, el título es ya una referencia a la película Tráiganme la cabeza de Alfredo García (1974), de Sam Peckinpah, el mismo de los violentos (para su época) Perros de paja y al realizador Quentin Tarantino, quien de alguna manera, en los años noventa –junto con otros directores, como David Lynch–, se hizo célebre por provocar al espectador mediante el uso cómico y tragicómico de la violencia, en los límites del ensalzamiento. Así, la mayoría de los cuentos de Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino de Julián Herbert (Acapulco, 1971) son juegos de metaficción alrededor de Tarantino y la violencia, reformulaciones de otros libros, otras películas, cita tras cita, que a veces aterrizan en una ficción, con mayor o menor ventura.

En “Balada de la madre Teresa de Calcuta”, por ejemplo, un funcionario de Pemex tiene un negocio de negros literarios que escriben biografías por pedido. A uno de ellos le pide que escriba su historia, la de cómo en el sexenio de Miguel de la Madrid perdió su trabajo y tuvo que huir y le ocurrió lo de la madre Teresa que –respetuosa de la ficción como es quien escribe esta reseña– no voy a contar aquí. Por ahí el cuento se interrumpe y el narrador se disculpa con el posible lector para soltarle una brechtiana reprimenda: “Dispénsame si estoy arruinándote la historia. Lo hago para vengarme de Max y también, quizá, por darme el lujo de vomitar un poco encima de esos lectores ingenuos que adoran la literatura redonda, sin digresiones ni contradicciones ni atajos; esa gente bebé que lee como si un relato fuera una mamila.” Zas. Hemos de admitir que nuestro plumaje –o nuestro biberón, será– es de esos, justamente, pero ni Sterne regañaba al lector, simplemente empezaba su digresión y dejaba que este se las apañara. Ahora bien, ¿vale la pena interrumpir un relato que iba bien con una especie de ocurrencia, todo por fastidiar al lector bebé? Pienso que es darle demasiada importancia o bien considerar que el lector siempre debe aprender algo, una especie de didáctica al modo Bertolt Brecht. Es curioso que un libro violento y tremendo sea al mismo tiempo apapachador, pero el de Herbert lo es (prueba de que hasta el que se la da de más desalmado tiene, en el fondo, corazón de pollo). Por ejemplo, lanza sus guiños a Cristina Rivera Garza, apareciéndole un Juan Rulfo fantasmal (“Ahí donde estábamos”), y a Valeria Luiselli en “Caries”, un cuento alucinado, publicado originalmente en Letras Libres, sobre un artista conceptual, Ramón Rigual, cuyas caries dibujan una partitura. En la versión de la revista, el cuento se acompaña de fotografías de los dientes del protagonista. En el libro, amén de las fotografías, viene la partitura de la pieza, firmada por Rigual o J. Zimmerman, pero en realidad compuesta por el músico Jorge Rangel. Y si uno tiene la suerte de tener pianista en casa –yo tengo una, venturosamente– puede disfrutar de una pieza más incisiva que molar, muy interesante.

La idea del arte conceptual, en plan de burla (con todo y aparición de Avelina Lésper) o de intento de ejecución sincera, aparece en otros cuentos, como “Informe blanco” y “Ninis”. En este último, otro artista conceptual que comenzó como fotógrafo de nota roja se dedica a hacer pornografía gonzo con prostitutas infectadas de VIH. Vive con una de ellas –Vianey, treinta años menor– que lo obliga a comer ensaladas para cuidarse, y su hijo es un nini. Él también, con todo y su beca del Fonca, se descubre también un nini. Y llega más lejos: “He llegado a la conclusión de que Dios es un nini. No es que no exista sino que está apagado. Alguien, en la Oscura Noche de los Tiempos, tropezó a ciegas con el cable y lo desconectó. Lo que aprendemos del Mal nos ilumina por momentos, como cerillos que se consumen rápidamente entre los dedos. Pero la realidad sigue siendo una habitación oscura, y todos somos dueños de animales clandestinos dentro de esa habitación.”

Con su pesada ironía, “Ninis” me parece uno de los mejores cuentos del libro, junto con “M. L. Estefanía” –cuyo personaje recorre el norte del país con una banda de estafadores disfrazado de payaso de rodeo y presentándose como Marcial Lafuente Estefanía, el escritor español de historias de vaqueros editadas por Bruguera, que se volvió muy popular desde los años cincuenta– y, sobre todo, “La boda romana” que podría considerarse el relato más “tradicional” en el conjunto, acerca de los hijos de un capo que se reúnen en el funeral. Seré muy ñoña (si es que también en las reseñas se vale la autoficción), pero lo considero el relato más logrado, más seriamente trabajado, aquel en el que uno se encuentra de nuevo con el deslumbrante autor de Canción de tumba. En cambio, “Cabeza de perro”, una historia futurista de zombis caníbales que pululan por la Ciudad de México, me pareció bastante previsible.

El libro cierra con el cuento que da título al conjunto y en el que un capo del narco pide la cabeza del prestigiado director porque resulta que es igualito a él y mientras tanto retiene en su madriguera a un especialista en Tarantino que podría ser el mismo Herbert. Este cuento es, en la realidad o en el efecto final, una especie de tesis sobre Tarantino y su abordaje de la violencia, tema que interesa especialmente al autor. En él juega con escenificaciones del tipo de las películas de Tarantino –la cueva subterránea-mansión del capo es especialmente notable– y digresiones o microensayos sobre el tema de la diferencia entre la parodia y lo sublime, reseñas sobre el tema abordado por Freud, Shakespeare y Harold Bloom (incluso menciona el libro de José María Pérez Gay El imperio perdido) y también tareas puntuales de la clase de narratología y las teorías de Genette: por ejemplo, acepta que hay algo que no puede contar porque excede su POV, es decir el punto de vista del narrador. Para los entusiastas de Tarantino, puede ser un relato muy satisfactorio. En lo personal, prefiero la historia de la nariz de Sterne o la cueva de Montesinos de Cervantes, que eran más piadosos con el lector.

No me gusta regañar a nadie –menos aún a quien empieza por regañar al lector y acusarlo de infantilismo– y tampoco siento apego por las recetas, por decir qué literatura ya pasó y es innecesaria y cómo hay que escribir ahora, con qué se espanta, se despierta o se adormece al pobre lector (el semblable y frère de los reseñistas). Sin embargo, no puedo resistir la tentación de pensar que, de vez en cuando, para respirar, vale la pena intentar decir algo, contar una historia, antes de que la metaficción y la teoría terminen por ahogarnos. Por lo menos ese es mi POV. ~


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