artículo no publicado

Bienvenida a Christopher Domínguez Michael

De joven quiso “leer al mundo para cambiarlo” y la variedad de sus intereses da fe de esa ambición. Enrique Krauze traza el perfil del nuevo miembro de El Colegio Nacional para subrayar el espíritu polémico, apasionado y agudo que permea sus ensayos.

En la tradición de las Meditaciones de Marco Aurelio, Christopher Domínguez Michael (quiero empeñarme en mencionar su segundo apellido) ha dado inicio a su conferencia magistral en El Colegio Nacional rindiendo homenaje de gratitud a sus maestros. No me sorprende ese acto de filiación. El primer escrito suyo que recuerdo fue un árbol genealógico de la izquierda mexicana, esa familia rijosa y desavenida, plena de sueños generosos y pequeñas mezquindades, a la que Christopher, como su abuelo intelectual Octavio Paz, pertenecerá siempre, no solo por su biografía (que de joven lo llevó a militar en el Partido Comunista Mexicano y a vivir unos meses en la URSS) sino por sus lecturas primeras, su ambición de leer al mundo para cambiarlo y su pasión crítica.

Pero la crítica, asumida como lo ha hecho Domínguez Michael, no es –como en tantos casos– un dogmatismo airado e indolente o una negatividad enamorada de su propia, autoproclamada, belleza moral. La crítica de Domínguez Michael es todo lo contrario: un ejercicio de coherencia intelectual, estética y moral, una labor incierta, valiente y solitaria. Estrictamente, un laberinto de la soledad.

No es otro el tema de su conferencia. La crítica literaria es una vocación desplegada contra viento y marea, descalificada por poetas y narradores, sometida a sospechas de mezquindad, envidia y doblez, enfrentada desde hace décadas contra la pedantería académica (doctrina que pasa por ciencia) y suplantada ahora (como la literatura toda) por las redes sociales, esa promesa de comunicación civilizada que se ha convertido en una hidra de banalidad, fugacidad, intolerancia y mentira. En ese espacio mínimo, claustro autoimpuesto, gozoso de la conversación con los muertos a través de sus libros, habita (de noche más que de día, como una lechuza literaria) Christopher Domínguez Michael.

¿Qué ha hecho con esa vocación? A la edad de 55 años, la cosecha es magnífica. Para apreciarla, los invito a dar un breve paseo por diez estaciones en su obra. Cada una merecería en sí misma una conferencia, pero estoy seguro de que sus temas serán objeto de decenas de conferencias que el propio Christopher impartirá en esta su nueva casa, El Colegio Nacional. Será un deleite escucharlo, y alegra pensar que, habiendo logrado tanto, empieza apenas su ciclo de plenitud.

Comencemos por su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (en dos tomos), que apareció por primera vez en 1989 y 1991. Profusamente prologada, sigue siendo la muestra más amplia y representativa de nuestra narrativa –cuento, novela y crónica– publicada en el siglo XX. En la sala siguiente encontramos La utopía de la hospitalidad (1993), colección de ensayos y reseñas sobre la literatura occidental, romántica y moderna, en la que destacan los textos dedicados a Chateaubriand, Joseph Roth, Franz Kafka, Melville y Poe. Sobre este libro, Octavio Paz opinó que con Christopher Domínguez Michael se reanudaba el diálogo de nuestra literatura con las grandes literaturas de Occidente. Cuatro años más tarde, apareció Tiros en el concierto, colección de apasionados retratos de figuras mexicanas (José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta y José Revueltas) a la que siguió La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX (2009), repaso de la literatura mundial al terminar el pasado siglo, de Henry James al primer Premio Nobel chino Gao Xingjian.

En 2004, Domínguez Michael se inició en un género que a partir de entonces cultivaría con intensidad y maestría. Me refiero a la biografía histórica. Según David Brading, la Vida de fray Servando es un “retrato plenamente logrado, majestuoso, de este hombre extraordinario”. La obra le valió el Premio Xavier Villaurrutia 2004. En 2007, siguiendo el ejemplo de otros espíritus enciclopédicos, dio a luz a su personal Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005), seguido en 2012 por Los decimonónicos, ensayos en torno a escritores europeos del siglo XIX, el más afín al impulso romántico que –a pesar de su apariencia flemática– late en el fondo de Domínguez Michael.

Este impulso lo vinculó con Octavio Paz, a quien en su conferencia se ha referido (con freudiana precisión) como un abuelo. Esa familiaridad intelectual se refleja admirablemente en Octavio Paz en su siglo (2014), biografía sobre la cual el ensayista francés Marc Fumaroli escribió: “Un gran poeta necesitaba de un gran biógrafo.” Publicada en francés, está en curso de traducción al inglés y al italiano. Alternando los títulos escuetos con los provocadores, en 2016 publicó La innovación retrógrada. Literatura mexicana, 1805-1863, primera parte de una historia de la literatura nacional desde la Independencia hasta el imperio de Maximiliano. La segunda cubrirá el modernismo y los albores de la Revolución mexicana. (Debo precisar que, en esta vena de recobrar la tradición y renovarla, Christopher está en deuda con José Luis Martínez, a quien Gabriel Zaid llamó “el curador de las letras mexicanas”.) Finalmente, me detengo en Retrato, personaje y fantasma, libro breve sobre tres grandes autores que transitaron entre el fascismo y el comunismo: Gabriele D’Annunzio, Curzio Malaparte y Pier Paolo Pasolini. En todos ellos aparece, transfigurando sus vidas, envenenando e iluminando sus obras, lo que Max Weber llamó el “demonio de la política”.

Esta tensión entre el arte y el poder, entre la letra y el cetro, es el tema que subyace en varios ensayos admirables de Domínguez Michael, textos de una diabólica lucidez que ha publicado sobre todo en las revistas Vuelta y Letras Libres y en los que está, a mi juicio, su veta mejor: la del profeta de la verdad. En esos ensayos hay un eco de Visarión Belinski, aquel personaje del siglo xix ruso que evocó Isaiah Berlin en sus Pensadores rusos, el crítico y ensayista que dictó la norma de excelencia estética, política y moral de su tiempo, tendió puentes con la tradición occidental y marcó la obra de gigantes como Gógol, Dostoyevski, Goncharov, Bakunin, Herzen y Turguénev. Admirando siempre sus ensayos sobre el canon occidental y mexicano, el Christopher que aprecio más es el Belinski que lleva dentro: irrefutable, apasionado, combativo, casi panfletario. Lo necesitaremos mucho en los tiempos que vienen.

Domínguez Michael se ha ocupado de centenares de autores de nuestra lengua y de otras lenguas, y no faltará quien con el mismo rigor y entrega se ocupe de su obra y su vida. Él mismo nos ha dado en su conferencia una pista a seguir, la huella de su padre, el psiquiatra José Luis Domínguez Camacho. Lo imagino experimentando con teorías y brebajes para encontrar –junto con su primera esposa, la hippie y dibujante neoyorquina Marsha Michael Goldenberg– la piedra filosofal de la felicidad, la renovación del mundo. Sus hijos Christopher y Daniel fueron también objeto de una experimentación educativa tan libre que Christopher –acaso para compensar– buscó el orden inmutable del marxismo. La psique puede ser un hoyo negro, pudo concluir el doctor. Su hijo se aventuraría en ese hoyo negro: tendería en el diván a cientos de autores para extraerles su clave secreta, comprender su obra, aquilatarla y –marxista al fin– para situarla en el orden universal y redimirla.

La otra pista la intuí hace unos días, mientras caminábamos por las calles de Nueva York, escuchándolo referirse a su bisabuelo materno, un famoso actor del Yiddish Art Theatre neoyorquino, emigrado de Polonia o Rusia, de quien Christopher sabe poco más que su nombre: Samuel Goldenberg. Al día siguiente, Andrea y yo lo acompañamos al Instituto YIVO, en la calle 16. Christopher desconocía su existencia. Fundado en Vilna en 1925, YIVO atesora quizá el mayor acervo de cultura judía occidental. Allí, asesorados por expertos, encontró las primeras referencias sobre su bisabuelo.

Esa tenue adscripción a su “tribu milenaria” (como alguna vez la llamó) se borró casi de su memoria, por una sucesión de apostasías y abandonos, pero creo que allí, en YIVO, Christopher encontró una pieza de su rompecabezas. Si persiste en armarlo, tal vez descubrirá que, en la cuenta larga de la historia, él –crítico literario mexicano, el lector de Edmund Wilson, Borges y Sainte-Beuve– es un pariente lejano de aquellos intelectuales judíos de Nueva York –los New York intellectuals– cuyos ancestros, apenas dos generaciones atrás, habían sido gente de pequeños oficios dedicada a leer un solo libro que, habiendo sido escrito por Dios, contenía todos los libros. Al abrirse las compuertas de los guetos, en el gozne del siglo XIX y el XX, esos judíos encontraron dos condiciones últimas: la libertad y el exterminio. Quienes se salvaron emigrando, como Samuel Goldenberg a Nueva York, llevaron sobre sus hombros (como en un cuadro de Chagall) a su pequeño pueblo y su cultura, pero sus hijos y nietos quisieron más: quisieron integrarse al mundo, leer no un libro que los contenía a todos, sino todos los libros como si fueran uno. Quisieron revivir el lugar del crítico literario en la Rusia zarista, ser la conciencia de su tiempo, ser los Belinski de Nueva York.

Ese fue el perfil de Irving Howe, Lionel Trilling, Cynthia Ozick, Alfred Kazin, Delmore Schwartz, Robert Silvers y Barbara Epstein, críticos que son, sorprendentemente, antepasados de Christopher Domínguez, nuestro nuevo miembro de El Colegio Nacional, cuyo segundo apellido, Michael, puede ahora llenarse de un nuevo sentido. ~


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