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Antonin Artaud en México

En 1936 Antonin Artaud logra embarcarse a México tras meses de planearlo con amigos y editores y de gestionarlo con el agregado cultural en Francia, Jaime Torres Bodet. El 7 de febrero llega a Veracruz luego de una escala de cinco días en La Habana, donde recibe de manos de un brujo una pequeña espada de Toledo que se convertirá en uno de sus más preciados talismanes, y comienza a fantasear sobre el idílico continente tan diferente a Europa. La estancia de Artaud en México, las repercusiones en su vida (espiritual), en su obra y en la escena artística nacional se muestran en la exposición del Museo Tamayo Artaud 1936, curada por Manuel Cirauqui.

La fascinación de Artaud por las civilizaciones precortesianas de México ya se había hecho patente antes de su visita en La conquista de México, espectáculo que inaugura el género denominado por él mismo “teatro de la crueldad” en su manifiesto de 1932. Él, sin embargo, llega a nuestro país durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, en un momento de efervescencia nacionalista posrevolucionaria. El muralismo cumplía quince años y apuntaba a instalarse como tradición, los artistas locales encontraban en los motivos revolucionarios mexicanos y soviéticos pilares de un discurso combativo, la Guerra Civil española pronto modificaría la cultura en México al recibir a más de veinte mil disidentes que tuvieron un enorme impacto en la industria editorial, la academia y las artes visuales.

La visita de Artaud no les cayó tan en gracia a muchos artistas. No estaba interesado en los discursos revolucionarios, pues estaba seguro que eran una caricatura y concebía un surrealismo diferente al de André Breton (quien entonces sí tenía amistad con los Kahlo-Rivera): “el surrealismo ha sido para mí una reivindicación de la vida contra todas sus caricaturas y la revolución inventada por Marx es una caricatura de la vida”, escribió en México y Viaje al país de los tarahumaras. En la serie de conferencias que dictó en el Colegio de San Ildefonso durante los nueve meses que permaneció en el país, Artaud quiso despertar en los jóvenes otra visión del marxismo, hacerles saber que ceñirse a ideales europeos no era necesariamente benéfico para este país.

Este viajero/visitante, cuyo modo de operar nada tiene que ver con la tradición de sus semejantes europeos como Humboldt, madame Calderón de la Barca o Serguéi Eisenstein, y que está más interesado en narrar su experiencia mística que en describir al otro –tal vez en un afán de convertirse en él, da principio a una nueva manera de narrar la otredad. Desinteresado de exotizaciones, de clasificaciones por tipos, es decir, sin un afán colonialista, Artaud cuenta sus experiencias espirituales con el pueblo tarahumara con el que se sentía hermanado (al respecto, él mismo detectó la descomunal contradicción de un país cuyo discurso nacional está construido en lo indígena mientras que su desprecio hacia esas culturas y personas es cotidianamente patente, como en el caso de los tarahumaras).

Por su parte, la curaduría de Cirauqui recoge obras que se aproximan directamente al pensamiento de Artaud y otras que navegan rodeándolo a la distancia, piezas que él nunca vio pero que se acercan a los temas que le interesaban y obras de sus amigos mexicanos, como Luis Ortiz Monasterio y María Izquierdo –a quien admiraba y en quien encontraba un espíritu indígena en peligro de ser alterado por las ideas surrealistas–; películas y dibujos de la sierra Tarahumara que

Rudolf Zabel hizo con una mirada más bien etnológica en la década de 1920; una Columna de plumas, courtesy Azul Jacinto Marino –cilindro totémico hecho de palma y cartón–; esculturas/bastones de huizache tallado, nombradas Escalas psiconáuticas de un espacio de igualdad en flor –ambas del dueto Rometti Costales–; El taller de los viernes –cinco macetas con peyotes, esculturas de Abraham Cruzvillegas–, y un José Clemente Orozco titulado Culto a Huichilobos, que nos introducen a una cueva de rituales artaudianos y se nos presentan como parte de la imago de Artaud.

De él hay tres piezas potentes. Le retour d’Artaud le momo (El regreso de Artaud el loco), un libro con sus dibujos, y dos más de estos en grafito sobre papel: un Autorretrato de 1947 y un dibujo de la espada de Toledo que lo acompañó como amuleto desde su paso por La Habana, camino a México.

A su vez, el venezolano radicado en Nueva York Javier Téllez aporta cuatro piezas harto eruditas en cuanto al conocimiento del artista. Téllez ha basado buena parte de su trabajo en el estudio de la locura y la psiquiatría. To have done with the judgement of God es una película filmada en la sierra Tarahumara que retrata escenas cotidianas de hogares serranos mientras sus habitantes escuchan la radio local, que transmite el texto homónimo de Artaud en el que maldice a Estados Unidos, desdice ideas católicas y narra imágenes escatológicas. La obra fue traducida del francés al rarámuri por el abogado de la comunidad, quien recita el texto. Para Téllez, es una suerte de testamento del escritor francés. Artaud le momo (Artaud el loco), en cambio, es un retrato escultórico que Téllez hizo de Artaud, compuesto por un maniquí francés (ca. 1920), vestido con una camisa de fuerza fabricada en Estados Unidos en 1960 y una máscara ritual tarahumara contemporánea. No hemos dicho aún que Artaud pasó buena parte de su vida en hospitales psiquiátricos, donde escribió varias de sus obras. Toute l’écriture est de la cochonnerie (Toda la escritura es porquería) muestra en dos largas vitrinas la colección de libros sobre el peyote que Téllez considera que Artaud leyó (eran los únicos publicados en su momento). El título de la pieza es una frase del propio Artaud que describe muy bien el desprecio que sentía por la escritura, pues encontraba en el teatro una posibilidad más interesante y efectiva de comunicación. Finalmente, A. A. Postcards (Postales A. A.) reúne de manera detectivesca postales de los hospitales psiquiátricos en los que estuvo internado –en ellas, los pacientes escribían a sus familiares para enviarles saludos.

La exposición Artaud 1936 se presenta en un interesante formato de dos fases: La sierra de las cosas (del 10 de febrero al 1 de abril) y La tinta invisible (del 7 de abril al 20 de mayo). La curaduría reordenará, retirará e incluirá piezas distintas, lo que provocará mutaciones y reconfiguraciones que Cirauqui califica de artaudianas. Los títulos mismos son fórmulas poéticas que el curador usa para definir la muestra como una geografía abrupta de objetos y como una escritura escondida, latente.

A 82 años de su visita a México y tras el desenlace de la Unión Soviética, seduce la postura de Artaud frente a los discursos revolucionarios. Su crítica se escribió cuando se hacía y se creía en la Historia, y no desde la comodidad de la perspectiva histórica. En este regreso elíptico al fascismo en el que se encuentran varias naciones, merece la pena revisar el agudo pensamiento de este artista; sin embargo, la hermética museografía de Artaud 1936 no resuelve sino que abre cuestionamientos sobre la mítica estancia del artista francés en México, lo que se agradece si el espectador consigue, en su experiencia, aproximarse a Antonin Artaud. ~