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Anaya: Un nerd a la presidencia

Desde los años noventa, Édgar Mohar Kuri ha sido tanto jefe como subalterno de Ricardo Anaya Cortés. Han trabajado juntos desde un tiempo en que el hoy candidato a la presidencia de la república ni siquiera militaba en partido alguno. Mohar Kuri, un tipo amable, de voz tranquila y actual encargado de las finanzas de la campaña del panista, levanta los ojos del plato de huevos a la cazuela que le acaban de servir en Fonda Garufa en la Condesa. No sabe qué responder cuando le pregunto, a tan añejo y cercano colaborador, a qué equipo de futbol le va Anaya.

–Tus más íntimos colaboradores no saben ni qué regalarte, ni qué te gusta a nivel personal, ni si eres católico practicante, vaya, ni a qué equipo le vas –le digo a Anaya semanas después de entrevistarme con Mohar Kuri y Damián Zepeda.

–Le voy a Chivas –responde Anaya sin quitar la sonrisa pero, sobre todo, sin prestar mayor atención al meollo de la pregunta. Ni sus incondicionales saben cómo le gusta celebrar sus cumpleaños. Nada de platicar antes de las juntas sobre la suerte de tal o cual equipo deportivo, nada de distraerse con asuntos que no sean los agendados para cada reunión. “Incluso llega a exaltarse si alguno de sus colaboradores dice algo de lo que está previsto hablarse más adelante”, cuenta alguien que lo ha visto en esas reuniones.

“Esta gente no es humana. Son unos nerds, puro Sheldon Cooper”, detalla otro de los miembros de su campaña. El periodista Salvador Frausto viajó a Querétaro y, en un perfil publicado en Vice (“Ricardo Anaya: el ‘niño bien’ que corre tras los pasos de ‘ya sabes quién’”), rescató una anécdota que pinta de cuerpo entero la personalidad de Anaya:

Juan José Ojeda comenzó a participar al lado de su exprofesor en actividades del PAN queretano. En una ocasión le tocó presenciar un festejo de oficina del que guarda un recuerdo peculiar. Había un pastel, velas encendidas, cantaban las mañanitas. “A mí no me gusta celebrar mis cumpleaños, solo mis logros”, le dijo Ricardo Anaya. Y le explicó que prefería festejar sus títulos académicos, sus años de casado o sus resultados de gobierno. Ojeda parece orgulloso de la determinación y el pragmatismo de su exmaestro. “Ricardo será presidente”, dice convencido. El candidato de la alianza Por México al Frente tendría entonces unos veintiocho o veintinueve años.

Se ha dicho de él que es disciplinado, metódico, capaz de un notable autocontrol, inteligente, memorioso. Algunos testimonios lo muestran como alguien capaz de tener gestos de compasión y empatía con sus compañeros, como alguien apegado a tal punto a su familia que organiza su agenda para cumplir, sin excusa, los tiempos que ha decidido pasar con su mujer e hijos. Obsesionado con el control, rumbo al aeropuerto, se le ha visto revisar por igual cada línea, cada palabra de un boletín y si el chofer entendió la ruta del Waze. Algunos otros testimonios subrayan su carácter neurótico, desleal, corajudo y grosero con sus colaboradores. La acusación más grave que se le ha hecho ha sido de corrupción.

Anaya niega el maltrato a su equipo y haber incurrido en ninguno de los actos de corrupción que le han achacado –algunos de hace quince años, cuando era funcionario en Querétaro– pero reconoce que es “altamente exigente” y que, aunque procura “ser respetuoso”, sí es “muy riguroso” con sus colaboradores, por lo que suele rodearse de gente “muy ejecutiva”.

Lo que nadie pone en duda es la capacidad para lograr lo que se propone este joven de 39 años, nacido en Naucalpan y criado en Querétaro, alumno de excelencia en todos los grados, con una tesis de doctorado en la unam sobre los valores del PAN y funcionario precoz que con menos de diez años en la política nacional descarriló a pesos pesados del panismo como Javier Corral, que le disputó la presidencia de Acción Nacional, Rafael Moreno Valle, Gustavo Madero y Margarita Zavala, a quienes arrebató la candidatura presidencial.

Sin embargo, esa quirúrgica efectividad de Anaya para escalar y ese pulso frío de su alta capacidad argumentativa no se han traducido en una campaña arrolladora, que, en parte, ha sido lastrada por escándalos de presunta corrupción. Las acusaciones que se le han hecho involucran transacciones inmobiliarias, como la de una nave industrial de 54 millones de pesos vendida en un esquema que presumiblemente incluyó lavado de dinero por parte de amigos suyos, o su participación en trabajos de fundaciones que, al amparo del PAN queretano, terminaron en jugosas ganancias para sus conocidos.

Anaya, a quien apodan “el Cerillo”, no prende en campaña. Tiene el mérito de haber resistido un embate gubernamental no visto desde el desafuero de López Obrador en 2005. El ataque fue tan burdo –incluida la distribución por parte de la Procuraduría General de la República de un video de una visita que Anaya hizo a esa dependencia– que el 5 de marzo un plural grupo de intelectuales reclamó al gobierno juego limpio frente a este opositor. El ine, por su parte, demandó a esa dependencia retirar los tres comunicados oficiales que publicó sobre el panista. Sin embargo, mientras el tabasqueño usó la defenestración como catapulta en el proceso electoral del 2006, el queretano apenas si ha podido, tras un mes de campaña, asegurar para sí un segundo lugar que a principios de mayo, cuando entrego estas líneas, carece de momentum.

La campaña es percibida como fría, carente de emoción, quizá demasiado racional. No solo porque este joven adolece de carisma, no solo porque su discurso es más el de un profesor universitario aferrado al PowerPoint (tiene, desde hace años, una presentación sobre elecciones que obliga a ver a todos los miembros de su equipo) que el de un vibrante arengador de masas, sino porque no ha encontrado ni el eslogan ni el acento para que la ciudadanía asimile lo que trata de comunicar. Porque aun gente como Jorge Suárez Vélez, quien lo apoya de forma abierta desde hace meses, quien ve en él la única opción entre las que están en la boleta electoral para construir un Estado de derecho y consolidar las reformas, reconoce que “la campaña de Ricardo Anaya está lejos de convencer o despertar pasión. Si bien es un tipo listo y políticamente astuto, sigue sin articular un proyecto atractivo a la altura del momento que el país vive” (“PRI + Frente sería suicida”, Reforma, 3 de mayo de 2018).

Encima, sobre el futuro de la campaña de Anaya pende una interrogante fundamental: alguien que, como se verá más adelante, se ha hecho fama de incumplir acuerdos, tendrá, en palabras de Luis Rubio y en las pocas semanas que restan a la elección, “¿la capacidad para transformarse en un candidato confiable y creíble para la presidencia?” (“¿Qué sigue?”, Reforma, 29 de abril de 2018).

Acompañado de un pequeñísimo equipo de colaboradores –sobre todo queretanos, a los que ha sumado al sonorense Damián Zepeda y a los capitalinos Santiago Creel y Fernando Rodríguez Doval, su hombre de prensa–, reforzado desde marzo por tiburones de la política mexicana –Dante Delgado, los Chuchos Zambrano y Ortega, Rubén Aguilar y Jorge G. Castañeda– y asesorado por el estratega Roberto Trad, el joven Anaya, que hasta el momento ha conseguido en las grandes ligas de la política mexicana todo lo que se ha propuesto, tiene hoy el reto más importante. Le falta llegar a la silla presidencial. Aunque ha presentado un programa interesante, es visto en buena medida como beneficiario de una campaña movida por el voto útil cuyo mayor motor es evitar el triunfo de López Obrador.

“Esto es una vez”, ha sentenciado a su equipo, “y tenemos que hacer las cosas bien”.

Cambios de opinión

El miércoles 2 de mayo Ricardo Anaya asistió a la edición 59 de la Semana Nacional de la Cámara de la Industria de Radio y Televisión (cirt). Al formular las propuestas de la coalición Por México al Frente, el candidato dijo a los empresarios de los medios electrónicos: “dentro de nuestro planteamiento de mejor democracia, hemos venido insistiendo en que tenemos que cambiar el modelo de comunicación política. Esa cantidad de spots que ahorita están sonando todo el día en sus estaciones y en sus canales ya no le sirven a nadie, ya saturamos a la gente, se los digo en serio, lo tenemos medido, esa cantidad de anuncios ya no funciona, a ustedes claro que les afecta mucho; uno, por la confiscación de tiempos, pero, segundo, porque además pierden rating”. Anaya agregó que ha estado proponiendo que “en lugar de tantos spots de treinta segundos mejor se compacten los tiempos, hagamos más debates”.

La oferta, que por un lado podría considerarse razonable, por el otro también beneficiaría a una industria que resiente la reforma electoral que impuso, en 2007 y por medio de la Constitución, un mar de anuncios en cada elección y, sobre todo, la prohibición de vender espacios publicitarios electorales. Irónicamente, el mismo que afirmó que el modelo de los promocionales no sirve es quien durante meses acaparó para sí los mensajes que correspondían a Acción Nacional. De nada sirvió que diversos militantes y los entonces precandidatos panistas a Los Pinos le reclamaran un piso parejo, él construyó su carrera hacia la candidatura sobre cientos de miles de esos anuncios. En abril de 2016, El Universal publicó un reporte que destacó que el panista tuvo el triple de promocionales que López Obrador.

En segundo lugar, la propuesta del candidato queretano a la industria de la radio y la televisión es también un recordatorio del Anaya que se ha hecho fama de no cumplir sus compromisos. Ahora promete, en campaña y a la cirt, cambiar el modelo de comunicación. Cuando en 2014 se le propuso eso mismo, según varias fuentes, aceptó y luego se echó para atrás. “La negociación avanzó a tal nivel que llegaron a circular varios borradores de esa reforma”, cuenta un legislador que estuvo al tanto de las pláticas en que por entonces se embarcaron las televisoras, Los Pinos y el PAN, lideradas en la Cámara de Diputados y en el partido por Anaya dependiendo de la fecha, pues iba y venía entre la dirigencia de Acción Nacional, que copresidía con Gustavo Madero, y el liderazgo en San Lázaro.

Un día, sin mayor explicación, dejó tirada la negociación. Los dejó colgados. Una fuente consultada aduce que Anaya cambió de opinión, alegando que ya no le daban los números para comprometerse a sacar esa legislación que formaría parte de la reforma política. Sin embargo, esa misma fuente cree que fue justo en ese momento cuando Anaya comprendió que, si cumplía el acuerdo, se daría un balazo en el pie: ya no podría usar para promoverse los millones de promocionales que le corresponderían gratis y por ley a su partido. “Supe que al menos Televisa le hizo sentir su enojo por no haber cumplido”, detalla la fuente, que habló a condición de anonimato. Esta versión fue corroborada con otra persona conocedora del caso.

Cuestionado sobre esa versión, en abril de este año Anaya me comentó que es “absolutamente falso que haya comprometido una reforma y que no haya cumplido”. Ahora, de nuevo, promete un cambio en el modelo de comunicación política, lo que la industria de la radio y la televisión no aceptará sin modificaciones al candado que le impide vender espacios comerciales.

Las televisoras no son las únicas que se quedaron vestidas y alborotadas tras una promesa incumplida de Anaya. En las elecciones de 2017, año en que se disputaron las gubernaturas de Nayarit, Coahuila y el Estado de México –todas, entonces, en manos del PRI–, Anaya se jugaba la viabilidad de su candidatura presidencial. Necesitaba buenos resultados para legitimar su objetivo de autopremiarse con la candidatura máxima. Luego de que en las elecciones de 2016 el PAN resultara el gran triunfador con siete de nueve gubernaturas ganadas (Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Puebla, donde refrendó, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz), que sumadas a las que ya tenía llegaron a la cifra récord de once entidades bajo su mando, Anaya explicaba una y otra vez que no se podía pensar en 2018 sin un buen resultado en 2017. Pero, al mismo tiempo, según diversos reportes, Anaya negoció con Peña Nieto que su partido no contendería en coalición con el PRD por el Estado de México. De este modo, el PRI incrementaba su probabilidad de resistir el asedio, tanto de una coalición de perredistas y panistas como de Morena, fuerza emergente que amenazaba la hegemonía del tricolor en la tierra del mandatario. Sin embargo, Acción Nacional sí terminó por aliarse –así fuera de manera discursiva– con el PRD en contra del PRI, al que dinamitaron como un partido corrupto. En el marco de esas elecciones, Anaya y la entonces líder nacional del perredismo, Alejandra Barrales, anunciaron su idea de formar un frente electoral. “Su cálculo, y lo que no le perdonan en Los Pinos”, comenta una persona del PAN, “es que apostó a que el PRI perdiera para sepultar las aspiraciones del tricolor en 2018, lo que le dejaba a él campo libre como alternativa única frente a López Obrador”. Una fuente priista lo corrobora con esta frase: “Es alguien que no sabe darle valor a la palabra.”

Independientemente de esa versión, también es cierto que en el diálogo con Barrales y otros perredistas (Agustín Basave, sobre todo) y con el líder de Movimiento Ciudadano, Dante Delgado, es donde Anaya muestra otra faceta que da crédito tanto de su pragmatismo como de una madurez negociadora. De esos contactos nacería el frente opositor mediante el cual Anaya no solo desplazó de la candidatura presidencial a panistas sino a gente como Miguel Ángel Mancera y construyó una opción electoral que pretende que el 1 de julio triunfe una plataforma donde se proponga un cambio que no derogue, sino corrija y consolide las reformas estructurales.

El escurridizo

“No vas a conocer a nadie más adulador”, dice un panista. Anaya subió escalones a fuerza de halagos, y –claro está– de mostrar su capacidad. Así se le coló en el ánimo no solo a Madero, a quien combatió desde la trinchera de Roberto Gil Zuarth, sino también a Manlio Fabio Beltrones, líder de los diputados del PRI en la legislatura que dirigió Anaya.

En ese momento el despegue definitivo ocurre. Cautiva a políticos y comentaristas al presidir la Cámara de Diputados con un manejo pulcro de sesiones complicadas y varios discursos memorables. Uno de ellos pronunciado en ocasión del sesenta aniversario del derecho al voto de la mujer. Otro frente al presidente de China, Xi Jinping. Y el de su coronación: cuando demandó una investigación por el espionaje de Estados Unidos a políticos mexicanos frente al embajador Anthony Wayne, en octubre de 2013. A partir de entonces empiezan a apodarlo “Chico Maravilla”.

El 16 de agosto de 2015 Anaya derrotó con el 81% de los votos a Javier Corral en la lucha por la presidencia del PAN. “Bien aprovechadas, las oportunidades traen nuevos retos” era su mantra por esos años. Coronó su rápido ascenso en un debate la noche de la elección del 2016, cuando vapuleó a Beltrones frente a Joaquín López-Dóriga y el entonces presidente perredista Agustín Basave. El viejo lobo de mar salió desdentado del set.

Un año después, la historia fue distinta. El PRI lo dejó sin mucho que celebrar. Las elecciones en el Estado de México y en Coahuila, plagadas de denuncias por irregularidades, dieron por ganador al PRI. Al apegarse al discurso del fraude y de la corrupción, Anaya se echó encima la respuesta del régimen, que le endosaría una cadena de periodicazos mediante los que se le exhibió por sus viajes constantes y en clase premier a Atlanta, donde, descubrieron los mexicanos, vivía la familia de quien quiere ser presidente del país. Al poco tiempo surgieron nuevas denuncias por irregularidades en el manejo de la fundación Por Más Humanismo, en la red de empresas de su familia política (él es socio de su suegro, un empresario dueño de hoteles y restaurantes desde hace décadas) y por una nave industrial que le vendió a un amigo, para cuya operación trasladó el dinero por diversos países y paraísos fiscales. Si bien la Procuraduría General de la República ha dejado su inusitado protagonismo en las investigaciones sobre las operaciones que involucran a Anaya, las filtraciones no han dejado de aparecer. Cuarenta días después de que el Instituto Nacional Electoral ordenara a la pgr retirar de su sitio los comunicados en donde llegó a decir que el panista se negó a declarar, en España el 23 de abril apareció una nota en el portal El Español en donde se estableció, sin mayor prueba, que “autoridades judiciales europeas investigan la presunta comisión del delito de blanqueo de capitales previsto en el artículo 301 del Código Penal, en lo que podrían estar involucrados el candidato presidencial del PAN, Ricardo Anaya, el empresario mexicano Manuel Barreiro y el empresario mexicano-español Juan Pablo Olea Villanueva”. Acción Nacional desestimó el reporte en un tuit: “Nuestro candidato a la presidencia de la república ya ha aclarado todo lo referente sobre las falsas acusaciones que se le han imputado, y que han sido difundidas por diversos medios de comunicación.”

Sin embargo, Anaya no ha convencido del todo en este y en previos escándalos. Quizá porque, ante cada acusación, el candidato elabora una explicación con argumentos en los que hace gala de lo que el periodista Roberto Zamarripa denominó su estilo escurridizo.

Cuando Ernesto Núñez, reportero de Reforma, le pidió que se pronunciara sobre la falta de castigo dentro del PAN a Luis Alberto Villarreal por su escándalo de los moches, Anaya, compañero y aliado del controvertido guanajuatense en la bancada panista en San Lázaro, quien entonces buscaba la presidencia de Acción Nacional, contestó: “A mí no me correspondió como dirigente juzgarlo a él.” Cuando Jorge Ramos, en entrevista para Univisión, le preguntó por qué nunca criticó el modelo anticrimen de Calderón, respondió: “No era yo un funcionario. Mi opinión para esos temas no era de alta relevancia.” Eso no era cierto. Sí fue funcionario, estatal durante varios años y federal con Calderón. La más reciente: la iniciativa VerificadoMx determinó que había presentado de manera tramposa una cifra de secuestros en la Ciudad de México. En el primer debate presidencial, llevado a cabo el 22 de abril, dijo que en tiempos de López Obrador ese delito había crecido 88%. La realidad es que la cifra de secuestros denunciados bajó, aunque sí subió en proporción a los secuestros en el país. Cuando se lo hicieron ver en W Radio al día siguiente, Anaya exigió a Daniel Moreno, cabeza de VerificadoMx, revisar bien el dato. Nunca aceptó que su frase era tendenciosa.

Esa estrategia, o rasgo de su personalidad, ya la había advertido alguien que ha seguido la carrera de Anaya desde hace tiempo. El columnista Enrique Aranda señaló alguna vez que “nada, ni siquiera su desmedida ambición de poder y su incontrolada afición a los reflectores y ‘a dejarse ver’ en primeras planas, define mejor al cuestionado administrador de turno en Acción Nacional, Ricardo Anaya Cortés, que su aversión al riesgo, al ridículo público y, más, su inocultable terror al fracaso (político)” (“Entre el poder y el fracaso...”, Excélsior, 8 de marzo de 2017). Al respecto, Anaya mismo ha dicho: “el que pierde su buen nombre ya no lo puede recuperar. No es que no me guste la crítica. Eso no es cierto. Creo que el prestigio se defiende con todo” (La entrevista por Adela, 2 de octubre de 2014).

Un desconocido llanero solitario

Ganador, según los sondeos, del primer debate, Anaya reconoce que su campaña cayó en un bache por las acusaciones sobre la venta de su bodega. Fueron cuarenta días de ataques, dice. Pero ya no peleará con el gobierno o su partido porque, a su parecer, tras el debate ha quedado claro que solo hay dos en la boleta –López Obrador y él mismo–, y que esta elección se trata de una disputa entre dos proyectos muy distintos de futuro.

Jorge G. Castañeda ha dicho que Anaya lo ha sorprendido con su inteligencia, que asimila rápido y construye con lo asimilado. El politólogo agrega que está convencido de que Anaya quiere ser presidente porque cree que México puede tener un mejor nivel del que hemos visto hasta ahora, y que el gobierno puede facilitar eso.

Sin embargo, no son pocos los que creen que no se puede definir la personalidad real de Ricardo Anaya. Él contesta diciendo que es “un ser humano que quiere provocar una transformación en el país, positiva, con ideales, pero también convencido de la importancia de implementar y de ejecutar. Un papá muy cariñoso. Un esposo muy enamorado. Un hijo agradecido. Un político apasionado”.

Le faltó decir que practica yoga solo; que lee todos los días, a primera hora, The New York Times; que es trilingüe; que le encanta tocar música solo y con su familia; que a diferencia de López Obrador no se dice seguidor ni admirador de nadie porque le parece que las biografías son realizadas, en su mayoría, con demasiado halago; que lee cada año al nuevo premio Nobel de Economía; que hace teoría de juegos para entretenerse; que le encantan los libros que le dicen cómo funcionan las cosas. Que es el hijo de un industrial del calzado y de una arquitecta que se dedica a los bienes raíces. Que no se preparó para el debate ensayando para sí mismo porque no cree en escenificar sino en imaginar escenarios y respuestas rápidas a los mismos. Que se aprende sus discursos. Que nunca nunca nunca improvisa y hasta se molesta si un colaborador le presenta en el pasillo a alguien sin antes notificarle.

Egresado de derecho en la Universidad Autónoma de Querétaro (con una tesis sobre el grafiti prologada por Carlos Monsiváis), con una maestría en derecho fiscal por la Del Valle de México y doctor en ciencias políticas y sociales por la unam, este joven formado en colegios religiosos (Álamos, del Opus Dei; San Javier, de los Maristas) está casado desde el 2005 con Carolina Martínez Franco, con quien tiene tres hijos –Santiago, Mateo y Carmen– y un patrimonio cuyo monto se negó a precisar cuando Jorge Ramos le preguntó a cuánto ascendía.

Y es también un músico que no suele cantar en público, un orador que no emociona, un ejecutivo de la política, un político que ha dejado un caudal de resentidos en su camino, un candidato que se hizo conocer por sus discursos, pero del que nadie recuerda uno solo de los de su campaña, un hombre público devoto de su familia, un candidato sin mensaje efectivo.

Es, en esencia, como bien lo define uno de sus colaboradores actuales, un llanero solitario. Tan enigmático que alguien, hace poco, dijo que al llegar a la urna le dará su voto a ya sabes quién, y no a Anaya, pues no sabría por quién estaría votando. ~


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