Y “El Día Después”, ¿podemos reconciliarnos con retórica trascendental? | Letras Libres
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Imagen: Canal de Youtube de El día después.

Y “El Día Después”, ¿podemos reconciliarnos con retórica trascendental?

La iniciativa ciudadana impulsada por figuras como Alfonso Cuarón y Alondra de la Parra tiene la intención positiva de superar el conflicto, la desconfianza, el rencor y el cinismo como narrativas dominantes de la sociedad. Para conseguirlo habrá de enfrentar grandes obstáculos.

El actor Diego Luna se ha convertido en portavoz de la iniciativa “El día después”, que utiliza la retórica trascendental: cuando un orador apela a emociones y valores superiores para tratar de encontrar puntos de unión entre grupos divididos y enfrentados por cuestiones de política, clase, religión, raza o ideología.

En su mensaje, el vocero hace un diagnóstico de la psicología colectiva de la sociedad mexicana durante esta elección:

El miedo, la angustia, la rabia, la incertidumbre y la impotencia nos llevan a estados reactivos donde todo se magnifica. Impiden la reflexión y el diálogo, cruciales en los momentos de decisión colectiva. Las redes sociales, por ejemplo, se han convertido en un espacio donde el ruido hace imposible pensar; en donde todo el mundo habla, pero nadie escucha. ¿Cómo fue que llegamos a este nivel de intolerancia? ¿Habrán tenido algo que ver ellos?

En el video, aparecen varios políticos de todos los niveles y partidos atacándose e insultándose y algunos comunicadores usando groserías para emitir comentarios sobre candidatos y elecciones, ejemplificando los grados de toxicidad que ha alcanzado el debate público.

Después, continúa Diego Luna: 

No podemos seguir atizando la brasa de la discordia, y menos en un momento como el actual. El poder se siente más cómodo ante un entorno dividido. Pero la democracia va mucho más allá de una elección.

Y aquí llega el cierre del mensaje, con un llamado a la acción:

Vota por quien quieras, pero piensa que no sólo votas por ti. Gane quien gane, el día después, todas y todos nos vamos a despertar con la misma responsabilidad: la de contribuir al cambio que reclamamos. Luchemos por vivir en un México más justo, donde quepamos todas y todos. Donde la conciliación y la empatía sean el hilo conductor de la sociedad. 

La intención de esta iniciativa es muy positiva y hay que reconocer a quienes tuvieron esta idea porque, efectivamente, la sociedad mexicana está profundamente dividida y la manera en la que ventila esas diferencias es cada vez más agresiva y tóxica. 

¿Hay forma de cambiar esto con llamados a la acción como el que hace “El Día Después”? Sí, pero se tienen que entender y superar los siguientes obstáculos:

Primero, la antipolítica. La sociedad lleva muchos años recibiendo estímulos negativos respecto a lo político y lo público. Si a la corrupción y las mentiras de los políticos le sumamos el tono de permanente negatividad con el que los medios reportan lo público, y la absoluta falta de espacio para las noticias positivas (“no venden”), entonces podemos explicar el triunfo de la antipolítica: la idea de que la política y el gobierno solo generan cosas malas. Eso dificulta mucho construir un discurso que apele a la responsabilidad del ciudadano en los asuntos públicos. 

Segundo, la retórica adversarial. Esta forma de comunicación domina la política mexicana. En la retórica adversarial lo que importa no es llegar a un consenso, sino convencer al “jurado” de que se tiene “la razón” y “el acusado” es “culpable”. Y esa “razón” no significa proponer las mejores ideas para resolver problemas colectivos, sino descalificar moralmente al adversario, anularlo, borrarlo de la estima pública. Esto no solo se ve en los políticos, sino en prácticamente todos los liderazgos sociales, intelectuales, y mediáticos del país: una suerte de autoritarismo social en el que el argumento ad hominem se vuelve la única herramienta de debate y “gana” el que hunde más al prójimo en el desprestigio. 

Tercero, la política de identidad. En la élite mexicana está fortaleciéndose esta forma de entender la vida social en la que los ciudadanos ya no se identifican en categorías amplias como “clasemediero”, “obrero” o “profesionista”, sino en categorías cada vez más específicas como “mujer cisgénero afrodescendiente no-binaria”. Cada grupo y subgrupo ya no solo está demandando a las instituciones públicas y privadas respeto o igualdad de derechos, sino un reconocimiento permanente a sus agravios específicos, aun por encima de los agravios o preocupaciones de otros grupos. Esto divide a la sociedad en fragmentos cada vez más pequeños incapaces de dialogar, reconocer o entender a los otros.

Y cuarto, el ascenso del populismo. Los ciudadanos están a punto de llevar al poder a un líder que tiene una narrativa populista, que se basa en la división y el conflicto entre dos grupos: el pueblo, legítimo, moralmente superior, depositario de virtudes y encarnado en el líder, y el “no-pueblo”, la “mafia del poder”, que es ilegítima de origen y causante de todos los males del país. AMLO ha mostrado una enorme capacidad para persuadir a su audiencia apelando a emociones negativas, y eso lo tiene hoy prácticamente sentado en la silla presidencial. El liderazgo populista siempre necesita un adversario para justificar sus decisiones, y por eso el conflicto se vuelve esencial en la narrativa pública. No me sorprendería que ese conflicto sea la tónica permanente de la comunicación gubernamental los próximos seis años, lo que dificultaría enormemente la reconciliación nacional. 

Si el conflicto, la desconfianza, el rencor y el cinismo se vuelven la narrativa dominante en una sociedad, usar retórica trascendental se convierte en una tarea muy difícil. Pero no es una tarea imposible. El primer paso es multiplicar las voces que, como “El Día Después” hablen de lo que nos une a todos, por encima de partidos, ideologías y clases: el deseo de llevar una vida mejor de la que hoy llevamos.