artículo no publicado

Revivir a las fuerzas vivas

La decisión de resucitar el "destape" para José Antonio Meade ha sido interpretada como un intento de garantizar la unidad del PRI. El problema es que se basa en una valoración incorrecta del peso simbólico del añejo ritual, ya que equipara a los sectores del PRI con la sociedad entera

Una vez, un amigo perteneciente a la Iglesia Unitaria me dijo que su congregación atrae a muchos excatólicos debido a su rechazo al dogma y los cánones, pero que estos mismos miembros son los primeros en quejarse de la falta de rituales y la sencillez de los servicios religiosos.

El destape de José Antonio Meade me hizo recordar esa conversación. La tecnocracia no solo es el gobierno de los expertos, sino también un argumento sobre la futilidad de los rituales políticos. Desde los científicos de Díaz hasta las más recientes versiones de los legendarios Chicago Boys, los tecnócratas han pretendido que, como la gestión pública es un asunto de conocimiento y expertise, es posible y deseable prescindir de las tradicionales escenificaciones del poder. Las apremiantes necesidades políticas del momento actual para el PRI han derrotado esa pretensión de sencillez y ahora acudimos un tanto perplejos al retorno de la matraca.

El presidente más tecnócrata que tuvo México fue Ernesto Zedillo. Todo en él exudaba incomodidad en los actos de masas, lo cual, aunado a la dificultad del PRI para garantizar el terso desarrollo de esos eventos, en medio del malestar social por la crisis económica, terminó por causar la decadencia de los rituales del régimen. Desde la cancelación del desfile obrero del 1 de mayo hasta la transformación de las otrora solemnes festividades del informe presidencial en una competencia de improperios de mercado, el sexenio de Zedillo marcó el declive de las manifestaciones de las fuerzas vivas del PRI.

El priismo más rancio de los años 70 tenía un aparato corporativo sectorial con dos funciones: una de gobernabilidad, al proporcionar la vía para procesar demandas y trasmitir instrucciones desde el poder, y otra, tanto o más importante, de legitimación, la cual se llevaba a cabo por medios simbólicos. En este contexto, el destape del candidato presidencial del PRI era un rito de fecundidad del régimen.

La decisión del presidente Peña Nieto y los jerarcas del PRI de revivir el ritual del destape ha sido interpretada por varios analistas como un intento de garantizar la unidad del partido. Pero más allá de esa necesidad inmediata, los priistas han querido también reintroducir el elemento de legitimación del régimen que históricamente tuvo el acto de unción de su candidato presidencial. Para ello pusieron un cuidado especial en traer de vuelta todos los elementos de un destape “clásico”, el último de los cuales tuvo lugar hace 24 años con el anuncio de la candidatura de Colosio. Desde la resignada felicitación del principal derrotado, Miguel Ángel Osorio Chong, hasta el besamanos de los dirigentes de los sectores, pasando por la Cargada, física y virtual, los priistas no pasaron por alto ningún detalle.

El problema es que la decisión de Peña Nieto y equipo se basa en una valoración incorrecta del potencial simbólico del destape, ya que equipara a los sectores del PRI con la sociedad entera. Durante los años dorados, el PRI operaba a través de una estructura sofocante que abarcaba casi todas las manifestaciones de la sociedad civil mexicana. Esa estructura ya no existe. Por un lado, la sociedad civil creó y ocupó espacios libres de la tutela priista, como la cultura alternativa, los derechos humanos, las organizaciones de rendición de cuentas. Por otro lado, las propias políticas económicas de los últimos sexenios priistas del siglo pasado y su continuación con los gobiernos del PAN destruyeron las bases de los sectores del PRI.

En el pasado, los dirigentes “obreros” y “campesinos” no tenían problema en reclutar a las masas matraqueras de entre sus agremiados. Eran organizaciones verticales, antidemocráticas, pero reales, vivas. En la actualidad, décadas de abandono del campo han ocasionado que la mayoría de los afiliados a la CNC hayan migrado a Estados Unidos, y el giro dramático hacia los contratos de protección vació de miembros a los históricos sindicatos cetemistas, los cuales ya ni se molestan en presentarse ante sus supuesto agremiados y cobrarles cuotas, ya que sus ingresos provienen de regentear contratos fantasma directamente con la patronal.

Al destapar a su candidato de corte más tecnócrata desde Zedillo, el priismo entendió que le hacían falta rituales y quiso revivir el espectáculo de sus fuerzas vivas, pero descubrió que sus dirigentes “sociales” no pueden convocar suficientes miembros ni para colgar un par de mantas sobre Insurgentes Norte. Los renovados ritos priistas no cuentan más que con su rancio clero.