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Foto: Randal Sheppard/Flickr

Las cartas sobre la mesa

Durante los últimos diez días, López Obrador ha puesto sus cartas sobre la mesa. Aunque se trata señales confusas, parece que el guión del caudillo se va perfilando con precisión.

Durante los últimos diez días, López Obrador ha puesto sus cartas sobre la mesa. Si se trata de “pejeseñales” confusas, propias de un alma errabunda ansiosa de poder, ya lo veremos, pero el guión del caudillo se va perfilando con precisión. Los ilusos habrán de ir tomando sus precauciones ante un candidato alérgico a la crítica liberal, aun la bien intencionada, como ocurrió en los casos de Silva–Herzog y Krauze. Cuando se disculpa, el eterno candidato más bien lamenta que sus adversarios carezcan de una piel tan dura como la suya, curtida en la calumnia. “Ni se les ocurra creer que he cambiado”, ésa es, me parece, la esencia de sus respuestas. Luego vino la unción del PES, una de las demostraciones más notorias de desprecio al Estado laico, acaso no vista desde que un sinarquista encapuchó la estatua del Benemérito en 1948. Quien iba a pensar que la confusión, oportuna y oportunista, entre política y religión, fe y democracia vendría desde quien se cree ortodoxo juarista.

(Cuando Acción Nacional alcanzó la presidencia en el año 2000, se temía que Fox, quien mandó a remplazar el retrato de Benito Juárez por el de Francisco I. Madero en uno de los salones de Los Pinos, atentase contra el laicismo priista –sin acento, por el amor de Dios– pero nada de eso ocurrió. Salvo anécdotas desagradables –como la toma de posesión con el crucifico entregado al recién electo por su hija– o francamente contraproducentes –el intento de censura de Aura, de Fuentes, por el secretario Carlos Abascal–, el foxismo aprobó, inclusive, la píldora del día siguiente. Después, para no dejar, el siguiente presidente panista, Felipe Calderón, quiso actuar judicialmente contra la despenalización del aborto, sin mayor éxito en la Ciudad de México aunque en varios Estados de la República, diputados locales del PAN encontraron formidables aliados, en la “defensa de la vida”, en sus pares priistas y juntos penaron severamente a las mujeres que abortan. Mala cosa para quienes pensamos que la interrupción del embarazo es un asunto de conciencia en el cual no deben entrometerse ni el Estado ni las iglesias, pero la realidad es que una buena parte de los mexicanos son antiabortistas).

 El PAN pecó mucho (ya que estamos en ese tenor), sin duda, pero no contra el Estado laico. López Obrador es otra cosa. Hace años, cuando lo vio por primera en la televisión, en su calidad de entonces jefe de gobierno del aún llamado Distrito Federal, una persona recién llegada de un país con fuerte presencia evangélica, me preguntó si López Obrador lo era, pues su manera de hablar y pensar le recordaba a la de un pastor. Ocurre que entre sus partidarios del Partido Encuentro Social (PES), calificado como un Caleb, se vio un López Obrador agasajado y contento como en pocos ágapes, pues quien lo conoce sabe que a Andrés (así le dicen sus próximos), le incomoda el ambientito de la izquierda tradicional, al grado de que de sus sucesivos cuartos de guerra han ido desapareciendo quienes provenían de la izquierda universitaria y marxista.

Lo de la Constitución Moral, allí enunciado, es pavoroso. Ya especialistas como Rafael Rojas han rastreado el origen de ese cuarto poder llamado a vigilar a los otros tres, laicos, en el Bolívar más conservador, quien nutrió con esa leche amarga a la más rancia derecha continental. Y si querer imponer el amor o la justicia por la fuerza está en el origen del integrismo católico, descolorido por la modernidad, la sola idea de asamblea constituyente, con el vigente chavismo–madurismo, no llama a engaño. No sé si Jesusa Rodríguez, recién nombrada por el INBA coordinadora de los festejos por el bicentenario del Nigromante, decida recordarle a López Obrador, hasta donde sé su candidato, que “No hay Dios”, tal cual lo proclamó Ramírez en la Academia de Letrán el 18 de octubre de 1836… Si López Obrador se cree ungido por el Altísimo para legislar moralmente no veo por qué no irá a mandar al diablo a un Congreso de la Unión muy probablemente desafecto, y diseñar, a mano alzada, una constitución a modo.

Tercer Acto. No sólo aparece el pseudo metalúrgico Napoleón II en las listas plurinominales (de una constitucionalidad dudosa cuando se trata del Senado de la República) de Morena. Al dejarse abrazar por el sindicalismo magisterial, tanto el de quien cerraría Neiman Marcus para comprar a gusto (la maestra Elba Esther) como el que secuestra Oaxaca con todo y niños, (el de la CNTE), López Obrador reafirma su confianza en el viejo sindicalismo corporativo, aquel que Fox & Cia. indultaron. La alianza con los antiguamente llamados charros no sólo espanta porque los caciques de marras sean muy corruptos, sino porque reafirma la querencia del caudillo por el “México que se nos fue”.

López Obrador pareciera ser un postrero error genético del sistema priista. Pero quizá nos equivocamos quienes lo veíamos encarnando un populismo autoritario de izquierda. Acaso el verdadero sea aquel que se hizo ungir mussoliniamente “presidente legítimo” en 2006, un populista de derecha. No sería la primera vez en la historia latinoamericana. Aterrizando en el aeropuerto de Ezeiza en 1973, Juan Domingo Perón miró para otro lado mientras eran liquidados, por su derecha, quienes desde su izquierda –los Montoneros– venían a aclamarlo. Problemas, supongo, de quienes se hacen respaldar por familias tan numerosas como conflictivas.