La reconciliación posible | Letras Libres
artículo no publicado
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La reconciliación posible

Los habitantes de los pueblos gemelos de Baarle-Hertog (belga) y Baarle-Nassau (holandés) cruzan fronteras en cada calle. De forma análoga, si un gobierno crea divisiones al interior de una sociedad, lo más subversivo que esta puede hacer es ignorarlas. 

Hace tres años, planeando un viaje en carretera de Berlín a Normandía, me encontré con este mapa de la frontera entre Bélgica y Holanda. Si el lector observa con cuidado verá su gran peculiaridad. No solo existen varios enclaves belgas del lado holandés, sino que dentro de los enclaves belgas existen enclaves holandeses. Una verdadera maraña fronteriza. No se me ocurre una mejor manera de ilustrar el trazo de la línea divisoria entre el pueblo y el anti-pueblo del populismo. 

En efecto, el propio Laclau prevenía contra el simplismo de representar el antagonismo como una línea recta y clara. La demarcación de fronteras, y la asignación de actores sociales a uno u otro lado, es el acto propiamente político del populismo, el que resulta en la conformación del bloque popular. Pero este trazado es un asunto bastante enmarañado. 

Por ejemplo, para el lopezobradorismo, instituciones como el CIDE y el ITAM son semilleros de cuadros de la mafia del poder. Por ello están del otro lado de la frontera. No obstante, simpatizantes del movimiento, como Pedro Salmerón y José Merino, trabajan en esas instituciones, por lo que sus departamentos o seminarios son enclaves del pueblo en territorio enemigo. Sin embargo, esos oasis populares bien podrían ocultar quintacolumnistas de la mafia del poder, por lo que se podrían convertir en enclaves mafiosos dentro del enclave popular, y así ad infinitum

Si bien las fronteras del populismo no son rígidas ni eternas, la función del trazado fronterizo es imprescindible. Lo que queda del otro lado: el Otro, tiene la función de constituir el Nosotros. El populismo es una teoría y práctica de la formación de la identidad política. No es una guía para el ejercicio del poder ni para la gobernabilidad. Por ello, los gobernantes populistas se siguen comportando como oposición una vez que están al mando del estado. El tema recurrente en estas gestiones públicas es la imposibilidad de implementar a cabalidad las reformas prometidas en campaña debido al sabotaje del enemigo, convertido ahora en una fuerza subterránea y difusa que traba constantemente el engranaje de la Justicia. Una de las características fundamentales de un gobierno populista es la denuncia permanente. 

Por estas razones, la reconciliación, entendida como el paulatino desvanecimiento de la frontera entre el pueblo y su némesis, es teóricamente imposible en un régimen populista. El enemigo irreductible permanece y se manifiesta en los “pitiyanquis” y “escuálidos” del chavismo, la “Corpo” y la “oligarquía” del kirchnerismo, los “medios deshonestos” y todos los contingentes etiquetados de “anti-americanos” del trumpismo. Y persistirá como la “mafia del poder” en México si el consenso de las encuestas se materializa este 1º de julio. 

Lo más cercano a la reconciliación que se puede llevar a cabo desde un gobierno populista es la ampliación del bloque popular hacia sectores previamente excluidos. La incorporación de empresarios, intelectuales, dirigentes religiosos, entre otros, es una forma de reducir la tensión entre los bloques antagónicos, pero el antagonismo en sí persiste. El criterio que norma esta reconfiguración de las fronteras no es moral, en el sentido de que no cuestiona la ética de la polarización, sino aritmético. Un gobierno populista hará cuentas para la próxima elección y determinará el tamaño del bloque popular que debe movilizar a las urnas. 

En Estados Unidos, los asesores políticos de Donald Trump han seguido una estrategia riesgosa, pero no del todo irracional. A contracorriente de la tradición estadounidense de cicatrizar las heridas de la elección presidencial, y en contra de las propuesta de reforzar su bloque con trabajadores nativos, como proponía Steve Bannon, Trump optó exclusivamente por mantener y radicalizar a su base xenófoba y racista. El cálculo es que este bloque, alimentado periódicamente con medidas como el veto a la entrada de musulmanes al país y la separación de familias en la frontera, y aterrado hasta el paroxismo por la ficción de una invasión de mareros, terroristas y otras amenazas, se movilizará electoralmente en cantidades suficientes para derrotar a la oposición demócrata, desalentada por el diario bombardeo de irracionalidad, corrupción y degradación moral de la Casa Blanca. 

¿Qué cabe esperar de un eventual gobierno de López Obrador? Mucho dependerá del tamaño de la victoria y sus bloques legislativos. Un gobierno con amplias mayorías y un claro mandato tendrá menos incentivos para incluir nuevos aliados y reducir la tensión con sus adversarios. La “mafia del poder” permanecerá como una referencia vaga cada vez que el gobierno tenga necesidad de explicar algún paso en falso, un abierto fracaso en la implementación de su programa o el surgimiento de la crítica interna. 

Corresponderá a la oposición el papel de desmontar la lógica populista del antagonismo permanente. Y la única forma de lograrlo es empezar por reconocer sin reservas ni condicionamientos la legitimidad de origen del nuevo gobierno. A partir de ahí, el ejercicio de la crítica deberá ser tan implacable como justo, exhibiendo las inconsistencias del titular del Ejecutivo y su tendencia a esperar que el solo discurso obre milagros, pero siendo generoso en el reconocimiento de los saldos positivos de la administración. 

Es, sin embargo, en el espacio de la sociedad civil, donde la reconciliación tiene mayores probabilidades de desactivar los riesgos de la polarización extrema. El reto de los que nos reconocemos como activistas de izquierda y no simpatizamos con la candidatura de López Obrador será preservar la autonomía de las organizaciones de la sociedad civil y su capacidad de interactuar con las instancias de gobierno sin subordinar sus intereses a los del presidente o su partido. 

En los pueblos gemelos de Baarle-Hertog (belga) y Baarle-Nassau (holandés), sus habitantes cruzan fronteras hasta para ir al baño. Cuando los bares tienen que cerrar de un lado porque así lo dispone la ordenanza del país, los comensales simplemente mueven sus mesas al país contiguo y siguen bebiendo su cerveza como si nada. Cuando un gobierno populista insiste en mantener sus fronteras, lo más subversivo que puede hacer la sociedad es ignorarlas.