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La democracia según López Obrador

El principal factor que define la relación de Andrés Manuel López Obrador con la democracia es la desconfianza. El tabasqueño desconfía de los demás políticos, adversarios y aliados por igual; desconfía de lo que percibe como fuerzas oscuras empeñadas en detenerlo. Pero de quien más desconfía es de la ciudadanía y, sobre todo, de sus votantes.

En 2004, Andrés Manuel López Obrador se lanzó de lleno a la contienda presidencial con la presentación de su Proyecto Alternativo de Nación. En su lectura del momento que vivía el país, AMLO escribía que:

Es innegable que en los últimos años México ha avanzado en el terreno democrático. Hay alternancia política y los gobiernos, en sus diferentes niveles, gozan de una mayor legitimidad. Ya no predomina un solo partido; las elecciones son más limpias y libres; los poderes han empezado a funcionar en equilibrio y cada vez se actúa con mayor tolerancia y respeto a la pluralidad política.

Sin embargo, México es aún un país de hondas desigualdades sociales. En este terreno, en vez de avanzar, hemos retrocedido.

Aunque una década después uno de los más férreos defensores de López Obrador, John Ackerman, iba a escribir un libro entero denunciando que la idea de que en México hubo una apertura política es un artilugio de la mafia intelectual del país para confundir y desmovilizar a las masas, la verdad es que en 2004 era difícil no estar de acuerdo con esta perspectiva. El país avanzaba en el camino de la democratización y era el momento de enfocar todas las baterías en un proyecto económico alternativo que atacara de frente la creciente desigualdad social. La estructura del documento político de 2004 así lo refleja. Apenas siete páginas (de más de doscientas) para describir propuestas básicas para el fortalecimiento democrático y el resto dedicado a los detalles de la alternativa económica.

Lo que muchos no admitimos en aquel entonces, aunque ya varios sospechaban, era que el reconocimiento lopezobradorista del avance democrático iba de la mano con su propio avance electoral. En el momento en que ambos caminos dejaron de correr en paralelo, AMLO decretó el fin de la transición democrática y reintrodujo la centralidad de la lucha por la democracia “auténtica”. En el nuevo Proyecto Alternativo de Nación, versión 2018, Lineamiento No. 9, dice el presidente de Morena:

Se establecerá una auténtica democracia. Nunca más una imposición; se dejará de usar el dinero del erario para comprar votos y lealtades; la propaganda gubernamental en medios de información no será tendenciosa ni demagógica; se acabarán las trampas y el fraude: las autoridades electorales tendrán absoluta independencia para proceder con estricto apego a la Constitución y a las leyes. En suma, nada ni nadie estará por encima de la voluntad soberana del pueblo.

Con esto habremos completado el círculo: el país avanzaba en la consolidación de la democracia, cuya conclusión natural habría sido el triunfo electoral de Andres Manuel López Obrador en 2006, hasta que la “imposición”, “las trampas y el fraude” truncaron el progreso. Ahora, tras la victoria electoral del tabasqueño se “establecerá una auténtica democracia”.

Hasta aquí nada nuevo. Para el lopezobradorismo la democracia siempre ha sido un juego de suma cero. Si gana AMLO hay democracia, y si no, pues no. No importa que Morena tenga acceso a recursos públicos y tiempo en los medios; de nada vale que sus voceros y partidarios tengan amplia difusión en la prensa escrita y electrónica; no cuentan tampoco los varios triunfos electorales de Morena desde su fundación, que aquí hemos reseñado. La democracia sin el triunfo del dirigente es una imposibilidad para sus partidarios.  

Se ha destacado muchas veces que AMLO favorece el tipo de participación asamblearia y plebiscitaria que se viste con el atractivo ropaje de la “democracia directa”, pero termina por corroer el andamiaje institucional que vuelve sustentable e impersonal a la democracia. Ejemplos no escasean, como las concentraciones multitudinarias que lo eligieron como “presidente legítimo”, así como sus propuestas de llevar toda la agenda social progresista (igualdad de derechos, libertad de elegir) a consulta. Sin embargo, todos estos actos no constituyen expresiones de una filosofía democrática radical; son en realidad escenificaciones cuyo valor, para el dirigente, radica en su simbolismo y no en su utilidad o legitimidad para la toma de decisiones.

El principal factor que define la relación de Andrés Manuel López Obrador con la democracia es la desconfianza. El tabasqueño, lo sabe todo el mundo, desconfía de los demás políticos, adversarios y aliados por igual; desconfía de los zalameros y de los que crecen bajo su sombra, y por supuesto desconfía de lo que percibe como fuerzas oscuras empeñadas en detenerlo. Pero de quien más desconfía López Obrador es de la ciudadanía y, sobre todo, de sus votantes.

Los ciudadanos, piensa el dirigente, se distraen con facilidad y les es difícil procesar más de un tema a la vez, por eso hay que recordarles todo el tiempo que se concentren en lo importante. Las iniciativas de cambios legislativos y políticas públicas que no cuentan con el sello oficial del tabasqueño son “cortinas de humo” e intentos por desviar la atención. Entre los potenciales aliados, los que se atreven a manifestar ideas contrarias o exigir pronunciamientos claros, son etiquetados de “provocadores”. “No los voy a traicionar” suele repetir el candidato en sus mítines, pero lo que en realidad pide es que no lo traicionen a él.

La mayor prueba de la desconfianza de AMLO hacia el electorado es la falta de transparencia en sus propuestas. En un artículo reciente, Guillermo Sheridan documentó las inconsistencias entre las iniciativas en materia educativa que aparecen en el texto del Proyecto Alternativo de Nación y la versión para consumo popular en el discurso de presentación del proyecto. Hay que darle a López Obrador el beneficio de la duda y asumir que la elaboración de sus proyectos es un esfuerzo serio que convoca a profesionales de las políticas públicas. Una lectura de cada versión del Proyecto Alternativo de Nación entre 2004 y 2018 revela que el trabajo está ahí y el producto es buen material para el debate. ¿Por qué entonces las versiones públicas de los documentos se leen más como cartas a los Reyes Magos, con todo y trenes de lujo, y regalos en efectivo para cada vez más grupos sociales? Porque claramente López Obrador no confía en que el electorado y sus votantes van a apoyarlo con base tan solo en los méritos de las propuestas.

Por eso, AMLO se saca propuestas de la manga, como la de otorgar amnistía a los líderes del narco, que sorprenden a todo mundo y obligan a sus voceros a realizar todo tipo de malabares para acomodarlas en el canon de la doctrina. La demagogia no es solo un intento de encandilamiento de los votantes, es sobre todo una muestra de la desconfianza que se les tiene. La democracia se construye asumiendo la mayoría de edad del electorado.