Museos en transición. Conversación con Guillermo Santamarina | Letras Libres
artículo no publicado

Museos en transición. Conversación con Guillermo Santamarina

Se aplaude al arte nacional. En sus diversas manifestaciones, parece vivir un buen momento. Cineastas que doman a la bestia hollywoodense; artistas que cotizan por millones. Del extranjero llegan los ecos de vítores y premios, y eso apacigua, enorgullece, tranquiliza. Por fortuna el escenario artístico nacional es mucho más amplio y diverso. Para iniciar el año 2014 pretendimos dar voz a esas expresiones diversas y variadas, dentro de cinco disciplinas. Organizamos cinco conversaciones con un cineasta, un colectivo de danza, un dramaturgo y director de teatro, una artista sonora y un curador. Sus opiniones sobre el estado de las cosas resultan reveladoras y refrescantes: ni todo es tan optimista, ni las críticas fáciles repercuten. Las cinco áreas son tan diversas y resisten a ser sintetizadas o resumidas: sus problemas son complejos y particulares. Entre ellas comparten, si acaso, una preocupación por la vitalidad, por el quehacer y por la crítica a través de la creación que resulta intemporal. ~

Guillermo Santamarina entiende la curaduría desde una perspectiva distinta, porque también es artista visual. Además, a través de su amplia experiencia, ha adquirido una comprensión única de las instituciones culturales mexicanas: dirigió el Ex Teresa Arte Actual y el Museo Experimental El Eco, fue coordinador de gestión curatorial del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) y del Museo Universitario de Ciencia y Arte (MUCA), y actualmente es curador en jefe del Museo de Arte Carrillo Gil (MACG). “Los museos mexicanos –dice– están pasando por una transición muy seria.”

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¿Crees que las instituciones todavía hoy se resisten a comprender las prácticas artísticas del presente?

A pesar de que dentro de los museos puede ser que no, todavía hay resistencia y cuentachilismo. Se ha relegado, por ejemplo, el desarrollo de una política cultural en el extranjero. Se le ha dado mucho más espacio a formas antiguas y seguras: obviamente el México prehispánico, algo de la Modernidad, Frida Kahlo, los muralistas... Pero incluso los modernos quedaron un poco afuera de la proyección en el extranjero. Y lo que está sustituyendo a una política cultural abierta, no centralizada, pero tampoco regionalista y también extranjera, es la trampa del mercado del arte en Zona Maco. Es una trampa porque al mismo tiempo es centralista y tiene intereses muy específicos. Llegan galerías extranjeras que tienen artistas mexicanos que no necesariamente viven en la ciudad de México, que no son conocidos, y al ponerlos en el stand de la feria los hacen “visibles” y cumplen el trabajo que no cumplen las instituciones. Esto genera ciertas ideas en los artistas. Por ejemplo, suponen que la solución de sus carreras está en llegar cada año a Zona Maco, pero en realidad es una trampa. Muchos consideran que Zona Maco es un termómetro de lo que está pasando en el arte, pero es únicamente un termómetro del mercado o de otros intereses...

¿Y dónde quedan los museos en esa configuración?

Los museos mexicanos están pasando por una transición muy seria. Una crisis relacionada con infraestructura, flujo de recursos y, lo más importante de todo, la falta de un conocimiento real de las condiciones y los procesos de la cultura contemporánea, que no puede ser definida en unas cuantas líneas. El hecho de que la iniciativa privada tenga ahora un muy emblemático museo –como en su momento fue el centro cultural de Televisa, ahora lo es el museo de Jumex– también genera cierta apatía por parte de las instituciones: ya no tienen por qué tratar de ser mejores que aquel museo, y le permiten a la iniciativa privada que lleve la cultura. Es un proceso que se ha favorecido y empujado desde hace mucho tiempo y ahora quizá se cumpla: habrá un museo internacional, con afluencia, que era necesario para abrir la oferta cultural más allá de las agendas políticas y los intercambios con embajadas.

Pero no solo las instituciones se resisten, y a lo largo del año pasado también se hizo evidente cierta animadversión en voz de algunos críticos de arte y muchos intelectuales.

Creo que ahí hay un nudo generacional que hemos vivido durante mucho tiempo. Sigue habiendo grupos que entienden la cultura como se entendió a partir de Vasconcelos y de la Escuela Mexicana de Pintura y Escultura o de los muralistas. El poder de la Generación de la Ruptura también se extendió más de la cuenta. Además, creo que nos tocó una situación crítica a partir de los años noventa: carecemos de líderes de opinión actualizados, tal vez porque es más fácil quedarse callado y recibir la beca del Fonca.

Ahora que mencionas al Fonca, pienso que han pasado suficientes años como para preguntarse si las becas han redituado en algo a la escena artística mexicana.

La beca es una medicina, es una pildorita que, como un analgésico, te quita el dolor de cabeza, te da la oportunidad de seguir adelante. Te puedes seguir tomando el analgésico, pero al cabo de un tiempo tal vez ese analgésico tenga efectos secundarios, que también puedes negar. Para unos la pildorita ha sido efectiva, pero la verdad es que han sido pocos los beneficiados de esa pseudoterapia.

Y siguiendo tu metáfora, entonces, ¿lo que se produce con las becas es un arte un tanto adormecido?

Exacto. Eso es lo que sucedió, ha sucedido y seguirá sucediendo. Es horrible porque es hablar de que hemos estado ciegos y amordazados muchos años. Y de que los discursos críticos son oblicuos. Pero el hecho es que también ha sido la manera en que muchos han tenido la oportunidad de tener un poco de tranquilidad para enfocarse y hacer algo que no se habría podido hacer sin la beca. Entonces tampoco podemos darle una patada al programa, ni morder la mano que nos da de comer. Y tampoco podemos decir que toda la obra que ha resultado de esos veintitantos años es mala: en el recuento aparecen proyectos importantes, claves, que no han sido reconocidos ni siquiera por el mismo Fonca. ~