artículo no publicado

Los escritores y sus fotos

La relación del escritor con la fotografía es múltiple y variada. Los hay quienes posan, pero también quienes accionan la cámara para registrar sus entornos.

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¿Por qué las solapas de casi todos los libros incluyen una foto del autor? ¿Desde cuándo existe esta costumbre? ¿Tiene acaso alguna importancia conocer el rostro de quien ha decidido que su herramienta, su materia prima, sean las palabras impresas?

La foto del autor no es indispensable en el libro, eso está claro. De hecho, existen todavía editoriales y colecciones que la omiten. Imagino que su presencia en el libro está relacionada con la predominancia de lo visual en nuestra cultura. Y también con la sensación de que conocemos mejor a alguien si le hemos visto la cara. Como si cierto lombrosianismo perviviera en los lectores: el deseo de encontrar en su mirada dirigida al infinito, en la mano que toca el mentón, en la coquetería mal disimulada, claves para entender mejor sus obras.

El caso es que las fotos están casi siempre ahí. Y de mayores dimensiones cuanto más voraces sean los apetitos comerciales de los editores. En muchos best-sellers, la efigie siempre sonriente del autor ocupa la contraportada entera. Como bien sabemos, los expertos en marketing no dan puntada sin hilo, de modo que la foto del autor debe ser importante, aunque no tengamos del todo claro por qué.

 

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Hay fotógrafos especializados en retratar escritores. Sara Facio, Annie Leibovitz, Vasco Szinetar y Daniel Mordzinski son algunos de los más conocidos. En un artículo de hace algunos años, titulado “Fotos de escritor: la verdad de la pose”, Martín Kohan se refiere a la incomodidad que suelen sentir los escritores cuando son fotografiados, y a lo que en general hacen en tales situaciones: posan. “Adustos o embibliotecados, posan –señala–; posan para actuar lo aurático, para fingirlo, para ocultar su inexistencia. En esa pose, por eso mismo, se encuentra su verdad. La pose no viene a encubrir una verdad, tampoco a descubrirla; la pose es la verdad”.

De tan repetida, afirma el autor de Museo de la Revolución, la pose del escritor (con Oscar Wilde como figura paradigmática) terminó convirtiéndose en lo natural. En consecuencia, la instancia siguiente fue tratar de sacar a los escritores de esa naturalidad impostada, de esa prestancia artificial. Kohan elogia entonces a Mordzinski, quien parte de “una premisa radical, poderosa, determinante: la única manera de sacar al escritor de una pose es ponerlo en otra pose”. (También lo hace Szinetar, especialista en tomarse selfies con grandes figuras de las letras.)

“Lo que vemos son escritores en pose y a la vez fuera de pose”, postula Kohan. “Son escritores descolocados, desacomodados, fuera de lugar, desubicados. ¿Y acaso no es esa la imagen más verdadera de su manera de estar en el mundo?”. Y arriesga que es la forma más auténtica de existir no solo de los escritores, sino también de su oficio: “Ese nunca encajar por completo en el contexto al que, sin embargo, pertenece, ¿no es una cualidad muy singular de la propia literatura?”

 

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También hay escritores que tienen otra clase de relación con la fotografía: se paran detrás del lente y disparan. Juan Rulfo, Allen Ginsberg y Tom Sharpe, por ejemplo, tomaron fotos que luego se pudieron ver en museos y salas de arte. A sus nombres se ha unido hace poco uno no menos rutilante: el de J. M. Coetzee. El Nobel sudafricano vendió en 2014 su departamento de Ciudad del Cabo y su nuevo propietario encontró allí, arrumbados en una caja de cartón, un montón de viejas fotos y negativos sin revelar, que databan de 1955 y 1956 y cuyo autor era el por entonces adolescente Coetzee (nacido en 1940).

Las fotos se exhibieron en el Museo Irma Stern de Ciudad del Cabo entre noviembre y enero, en una muestra titulada Photographs from Boyhood. Retratan escenas de su vida en aquellos años, marcada por el apartheid, los estudios, la escuela y sus ambientes familiares. Son imágenes que complementan y, en un sentido, permiten leer de otra manera los textos en los que el autor describe la Sudáfrica de mediados del siglo XX, en particular el primer tomo de su autobiografía novelada, titulado precisamente Boyhood (Infancia).

Resultan especialmente emotivas las fotos de Ros y Freek, dos trabajadores de la granja que el tío de Coetzee tenía en una región llamada Karoo. Son hombres “de color” –tal la expresión utilizada en Sudáfrica durante los tiempos del apartheid– por los que el escritor sentía mucho aprecio y a quienes describe con admiración en Infancia. Muchas de las fotos son del día en que los jornaleros, al acompañar a la familia de Coetzee en una excursión, conocieron el mar. Un episodio que, sin embargo, no está en la novela.

 

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¿Cómo se deben leer esos textos icónicos que son las fotos? ¿De qué manera las instantáneas tomadas por escritores complementan todas sus demás imágenes, las que ellos se han dedicado laboriosamente a construir palabra a palabra, frase a frase, página a página? ¿Son “solo de carácter ilustrativo”, como suele aclarar la publicidad para que luego no la acusen de engañosa, o modifican de algún modo la lectura, la interpretación de los textos del mismo autor?

Hay más interrogantes, que se despliegan hacia el futuro. “Ahora todo el mundo es fotógrafo y en cada casa hay tres o cuatro cámaras: eso puede ser interesante a la larga”, decía Eugeni Forcano en 2012, tras recibir el Premio Nacional de Fotografía en España. Tenía entonces 86 años y nunca había trabajado con cámara digital. “No descubro nada nuevo –añadía– si digo que la historia se escribe hoy con imágenes. El fotógrafo es el notario de la vida”. Si la historia se escribe en imágenes, ¿cuál es el lugar de los que escriben? ¿Cómo afectará a la escritura el hecho de que todo el tiempo llevemos una cámara en el bolsillo?

Hace poco alguien reflexionaba acerca del número de fotos que conservamos de nuestra propia infancia quienes hoy somos adultos. Es decir, fotos en las que podemos vernos a nosotros mismos cuando éramos niños. En general, para la mayoría de la gente, son algunas decenas. Unos cuantos recuerdos de nuestra infancia están anclados a esas fotos. Si esas fotos no existieran, es probable que algunos de los momentos que retratan ya no estarían en nuestra memoria. Si hubiera otras fotos, guardaríamos el recuerdo de episodios que, en cambio, hemos olvidado.

Cabe preguntarse entonces también cómo serán las memorias de la infancia de quienes hoy son niños o adolescentes, que cuando sean adultos tendrán cientos o miles de fotos, y también videos, de sus primeros años. Fotos y videos que, además, habrán circulado por las redes sociales desde el primer momento, desde antes de nacer (en forma de ecografías). Vidas casi públicas, cada una un Truman Show en miniatura. ¿Cómo van a articular su memoria esos cientos o miles de fotos? ¿Cómo moldearán la imagen que ellos tendrán de su propia niñez? ¿Cómo escribirán su Infancia los Coetzee del futuro?

 

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Eugeni Forcano usó toda la vida una cámara Rolleiflex de visor superior (como las que también usó Vivian Maier para sus mejores fotos). Para disparar con esa cámara, el fotógrafo debe colocarla a la altura de su cintura y su abdomen y observarla desde arriba. Esto hace que a menudo la gente no se dé cuenta de que está siendo fotografiada y, por ende, que las imágenes ganen espontaneidad. De algún modo, el objetivo del narrador es el mismo: estar ahí pero pasar inadvertido. Ser un testigo privilegiado, para poder luego reconstruir la imagen o la escena con fidelidad, pero sin alterarla con su presencia. Un poco en ese sentido también los escritores deben estar fuera de lugar, desubicados, como pedía Martín Kohan. Estar pero no estar. Estar de otra forma. Una cualidad muy singular de la propia literatura.

En una de las escasas entrevistas que el huraño Coetzee concedió, le preguntaron por las influencias de literarias de En medio de ninguna parte, su segunda novela, publicada en 1977. “Hay, creo, una influencia más básica: el cine y la fotografía”, respondió. Quién sabe cuánto de su aprendizaje como escritor se dio en aquellas jornadas de la década del cincuenta, cuando sacaba fotos.

Es probable que los escritores del futuro, acostumbrados a haberse visto miles de veces en videos y fotos, no se incomoden en absoluto cuando se les acerque una cámara. Posar será para ellos lo más natural: llevarán décadas ensayando sonrisas para las selfies y seleccionando sus mejores retratos para Facebook o Instagram o lo que sea que se use en el futuro. Ojalá no pierdan, eso sí, la capacidad de sentirse descolocados, desacomodados, un poco fuera de contexto. Ligeramente desenfocados, como tituló su libro Robert Capa, un tipo que sabía lo que hacía cuando sacaba fotos.