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Los escritores fantasmas preferirían no hacerlo, pero lo hacen igual

Cuando alguien quiere publicar un libro pero no quiere escribirlo, se lo encarga a un fantasma, que lo escribe y luego se pierde en el anonimato. ¿Quién es el autor del libro en esos casos? ¿El que lo firma? ¿El que lo escribe? ¿Un poco los dos?

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Quienes nos movemos dentro o cerca del mundo editorial sabemos bien lo que es un escritor fantasma. Pero basta con alejarse un poco de esa hoguera de vanidades para que la gente no solo no sepa lo que es, sino que al enterarse se sorprenda mucho de la naturalidad con la cual aceptamos su existencia. Por eso, empecemos por el principio y contemos qué es un escritor fantasma.

Imaginemos la siguiente situación: alguien (un actor, un futbolista, un abogado, cualquier persona) quiere publicar un libro. Pero hay un problema: no sabe cómo escribir un libro, ni tiene ganas de aprender cómo se hace, de modo que prefiere no hacerlo. Entonces busca a alguien que sí sabe, y le encarga la escritura del libro y le paga por ello, bajo el compromiso de que nunca revelará el ardid. Este último, el que escribe el libro de otro, es el escritor fantasma.

Ya que tantas veces se compara a los libros con los hijos (por lo que cuesta gestarlos, por el modo de acompañarlos tras su nacimiento, por el hecho de que tarde o temprano se van y hacen su propia vida, más allá de la voluntad de sus progenitores), un escritor fantasma sería como una mujer que alquila su vientre para que nazca de allí el hijo de otra. Ella vivirá todo el proceso y lo dará a luz, pero su lugar será el anonimato. Una madre fantasma, si usáramos la misma terminología. Como una versión femenina de Hamlet.

 

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Precisamente de Hamlet hablan los personajes del Ulises de Joyce cuando uno de ellos, Stephen Dedalus, pronuncia su célebre definición: “¿Qué es un fantasma? Alguien que se ha desvanecido en lo impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de hábitos”. Cito la versión de Marcelo Zabaloy, quien, cuando lo entrevisté para un artículo sobre las traducciones del Finnegans Wake, usó una figura que me gustó mucho. Dijo, mientras hacía el gesto de escribir con la mano derecha tomada y guiada desde arriba por la mano izquierda, que traducir es “como si el autor te llevara la mano, vas copiando tus letras sobre la caligrafía ajena”.

Se me ocurre que la misma figura, pero invertida, podría usarse para hablar de los escritores fantasmas. El espectro del autor guía la mano del traductor; los fantasmas de carne y hueso, en cambio, son los que deben dejarse guiar para plasmar con sus palabras la voz de otra persona.

Dadas las connotaciones de la palabra escritor, para los fantasmas quizá sería más apropiado otro vocablo: escribas, escribidores, escribientes. Como Bartleby, el personaje de Melville. También como Bartleby, muchos fantasmas preferirían no hacerlo. Pero a fin de mes hay que pagar las cuentas, y el de escritor fantasma es, en última instancia, un trabajo como cualquier otro. O al menos como cualquier otro de los que ofrece el mundo de la escritura (corregir, traducir, leer para editoriales, escribir reseñas para los suplementos literarios, dar clases) a quienes en realidad sueñan con vivir de sus novelas, como los escritores de las películas.

 

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El cine ha tratado en reiteradas ocasiones la figura del escritor fantasma. Hace unos pocos años, de hecho, hubo una pequeña oleada de películas dedicadas a la cuestión. En 2010 se estrenó la más conocida, The Ghost Writer, de Roman Polanski, que recibió numerosos premios, y también L’autre Dumas, basada en la tormentosa relación entre Alexandre Dumas y uno de sus fantasmas, Auguste Maquet (de la que habló Christopher Domínguez Michael en estas mismas páginas). De unos años antes son la también francesa Roman de gare (2006) y Suffering Man’s Charity (2007), distribuida más tarde como Ghost Writer.

La literatura también lo hizo, desde luego: una de las grandes novelas del recientemente fallecido Philip Roth es The Ghost Writer, de 1979. Y es que es una cuestión que da para muchísimo, como ya lo señaló Isabel Zapata (también en estas páginas) en un artículo sobre los escritores fantasmas de Julian Assange y Malcolm X y las dificultades para mantener la invisibilidad y, en última instancia, para hacer bien su trabajo. La extraordinaria frase que Assange le dijo a su fantasma, con la que Zapata cierra su texto, lo resume: “La gente piensa que me estás ayudando a escribir mi libro, pero en realidad yo te estoy ayudando a escribir tu novela”.

Una duda casi filosófica, casi un koan zen, sobrevuela esta cuestión: ¿quién es el autor del libro? ¿El que lo firma? ¿El que lo escribe? ¿Un poco los dos?

 

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The Ghost Writer, la película de Polanski, se conoció en México como El escritor fantasma, pero en Argentina fue El escritor oculto y en España, a secas, El escritor. Y es que, como decíamos al comienzo, el concepto de escritor fantasma no es muy conocido en nuestros países. De hecho, no es esa la expresión más usual para llamar a estos “autores secretos” en España: allí, en lugar de tomar la fórmula del idioma inglés, lo hicieron de su vecina Francia, donde se los conocía como nègres. Negros. Sin excusas etimológicas: se llamaban así porque eran esclavizados por los autores de renombre.

En noviembre de 2017, el Ministerio de Cultura francés determinó que la expresión négre debía dejar de usarse. Ni siquiera sería válida con la aclaración nègre littéraire. El motivo es, por supuesto, su indisimulable sesgo racista; mucho más visible en francés, ya que négre alude a personas, en tanto que hay otra palabra para designar al color negro: noir.

En el Diccionario de la Lengua Española, sin embargo, la decimoséptima acepción de la palabra negro dice: “Persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios”. La normativa no exige ninguna clase de resalte tipográfico, como comillas o cursivas, ni dice nada acerca del carácter despectivo o discriminatorio de su utilización. Si a la película de Polanski la hubieran traducido como El negro literario, seguro que los académicos tendrían que haber salido a dar explicaciones.

 

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Una pregunta que está en el origen de todo este asunto y no está de más volver a formular: ¿por qué hay gente que, sin saber cómo se escribe un libro y sin ganas de aprenderlo, tiene sin embargo deseos de publicar uno (o más de uno)? A nadie se le ocurre mandar a pintar un cuadro, o a componer una ópera, o a esculpir una estatua, para luego presentarse como su autor (y si hay gente que lo hace, seguro que es muy poca). Claro, como casi todos sabemos escribir, pareciera que un libro puede escribirlo cualquiera. De hecho, además de plantar un árbol y tener un hijo, se nos dice que en la vida debemos escribir un libro. Nadie habla de pintar ni de componer ni de esculpir nada.

Por lo demás, las razones se pueden resumir en tres, no excluyentes entre sí. En primer lugar, algunas personas sienten que tienen muchas cosas importantes para decir y que carecen del tiempo para escribirlas. Segundo: hay quienes están convencidos del prestigio que haber publicado un libro les otorgará. Por último, quizá la más profunda de todas las razones: cierta fama o renombre garantiza ventas, y por lo tanto dinero.

Y ahí están, para satisfacer esas necesidades, los escritores fantasmas. Un ejército de escribas, o escribidores, o escribientes, bartlebys resignados que preferirían no hacerlo pero lo hacen igual. Me gusta imaginarlos como los miembros de una logia, reunidos en secreto para infringir entre ellos (y, por ende, de forma inocua) las cláusulas de confidencialidad. También me los imagino paseándose entre las mesas de las librerías, hojeando libros que han escrito aunque no puedan decírselo a nadie, como Clark Kent viendo por televisión las hazañas de Superman. Pero al final no puedo imaginármelos de otra forma que como son: gente común y corriente cuyo oficio es escribir y que, lejos de cualquier aura de misterio o de heroísmo, hace eso que se llama ganarse la vida.