artículo no publicado

Lobos feroces en Versalles: los cuentos de Charles Perrault

Se cumplen 390 años del nacimiento del escritor responsable de que los relatos populares se convirtieran en hitos de la literatura infantil.

Hace años escuché en la radio a una señora que encomiaba a Walt Disney, “autor de cuentos taaan mágicos como Blanca Nieves”. Acto seguido, el conductor del programa precisó que el “autor original” no era Disney, sino un alemán de apellido Grimm, pirateado por un tal Perrault. Me reí mucho, pero después descubrí que la confusión en torno a la historia de los cuentos de hadas es más generalizada de lo que yo pensaba. Pues bien, hoy se cumplen 390 años del nacimiento de ese tal Perrault, lo cual me da un gran pretexto para recordar su legado.

Charles Perrault nació en París el 12 de enero de 1628. Fue un escritor y funcionario de la alta burguesía, bien parado dentro de la corte del Rey Sol; abogado, inspector general de la Superintendencia de las Construcciones Reales y miembro de la comisión que redactaba inscripciones en los monumentos públicos. Gracias a la protección del ministro Jean-Baptiste Colbert, Perrault ingresó a la Academia Francesa a partir de 1671. En 1687 detonó un famoso debate que no tenía nada que ver con lobos libidinosos ni con caperucitas coquetonas. Leyó ante la Academia Francesa su poema “El siglo de Luis el Grande”, en donde compara a los escritores del reino de Luis XIV con los de la Antigüedad, y se pronuncia a favor de sus contemporáneos. Así reavivó la querella medieval de “Los antiguos” contra “Los modernos”, situándose en el bando contrario al de Boileau, Racine y La Fontaine.

Mientras tanto, quizá como distracción, Perrault trabajó en un libro breve titulado Contes du temps passé avec des moralités o Contes de ma mère l'Oye. (Cuentos de antaño o Cuentos de mamá Gansa). Fue publicado en 1697. La primera edición incluía “Barba Azul”, “La Cenicienta”, “La bella durmiente del bosque”, “Caperucita roja”, “El gato con botas”, “Las Hadas”, “Riquete el del copete” y “Pulgarcito”. Todos estos relatos existían siglos antes que Perrault, como parte de la tradición oral o escrita europea. Provienen de leyendas medievales, del folklore popular francés y de los textos del Renacimiento italiano. Algunas versiones son de una truculencia sorprendente, sobre todo para los lectores actuales que acaban de dar con ellas y asumen que son “cuentos de niños”. Como muestra, van dos botones: en una Caperucita italo-austríaca, “El cappelin rosso”, la niña, engañada por un ogro, devora los dientes, la carne y la sangre de su propia abuela. Y en el cuento “El sol, la luna y Talía”, publicado dentro del Pentamerón de Giambattista Basile (1674), la Bella Durmiente recibe más que un casto beso: mientras duerme, es violada por el príncipe, queda embarazada y sigue roncando después de parir dos hijos. No, no son materiales políticamente correctos, ni tendrían por qué serlo. Como señala el historiador Robert Darnton[1]: los cuentos populares de los campesinos franceses del siglo XVIII respondían a unas condiciones de vida durísimas, marcadas por el hambre y el peligro. Eran reflejos de una era en la cual más valía “aullar con los lobos”. Los intelectuales del Siglo de las Luces les llamaban despectivamente “cuentos de viejas”, o sea: productos de una época oscura, supersticiosa y brutal. Tal vez por eso Perrault fingió que Contes du temps passé era una colección de prosas naíf escritas por su hijo de 19 años, Pierre Darmancourt. No fue sino hasta 1703, tras la muerte del escritor, que los editores empezaron a darle crédito.

¿Pero crédito de qué, exactamente? Queda claro que Charles Perrault nunca pretendió ser “original”. Él perteneció a una época y a un medio que privilegiaba la imitación. Lo que hizo, y muy bien, fue reelaborar las narraciones populares con el fin de adaptarlas al gusto estético de su tiempo. Ello implicó eliminar varios elementos grotescos y escandalosos. Pondré un ejemplo que exige un breve desvío. Poco más de un siglo después de que Perrault diera a conocer sus Cuentos de Mamá Gansa, los hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, filólogos y lingüistas, publicaron cuentos de la tradición oral del entorno burgués de Kessel en los dos volúmenes de Cuentos para la infancia y el hogar (1812 y 1815). Los Grimm también emplearon como fuente los cuentos de Perrault. Ahora bien: en “La Cenicienta” de los hermanos Grimm, la zapatilla es de oro, y las hermanastras deben cortarse el talón y el dedo del pie para podérsela calzar. El príncipe nota el engaño porque ve manar sangre de los pies de sus falsas novias. Perrault conocía versiones similares, no obstante, decidió suprimir las mutilaciones e inventar lo de la frágil zapatilla de cristal. (Sí, el suyo fue un estilo definitivamente más Disney que Tarantino). Perrault también introdujo toques de humor y de ironía. Seguro que su Bella Durmiente provocó carcajadas en los salones de Versalles, pues la ogresa pretende comerse a la princesita “en salsa Robert”, y cuando la joven despierta, el narrador se burla de su atuendo pasado de moda. (“Por el escote de su vestido asomaba uno de esos ridículos cuellos que llevaba mi bisabuela…”). Desde luego, las adaptaciones refinadas de Perrault tienen sus detractores. El psicólogo Bruno Bettelheim opinó que el “racionalismo mezquino” del francés y su deseo de agradar a los cortesanos va en detrimento del carácter simbólico, universal y atemporal de los cuentos de hadas[2]. Lo cierto es que, gracias a Perrault, los relatos populares de la tradición oral pasaron a la literatura culta y escrita. De ahí fueron adaptándose a la sensibilidad de otros tiempos y públicos hasta adquirir diversas formas, entre las cuales destacan las que hoy son hitos de la “literatura infantil”.

 Y colorín colorado, este texto ha terminado.

 

 

 

[1] Robert Darnton. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. México: FCE, 1987.

[2] Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona: Ares y Mares, 2006.