artículo no publicado

George Saunders, Lincoln in the Bardo y el premio Man Booker

El escritor estadounidense ganó el premio Man Booker de este año por una novela polifónica que exhibe todas sus virtudes como narrador.

Lincoln in the Bardo es una delicia y un dolor de cabeza, al mismo tiempo. George Saunders, reconocido cuentista norteamericano, ha ganado el premio literario más prestigioso de Reino Unido, el Man Booker Prize for Fiction 2017, con su primera novela publicada. Aunque su nombramiento ha sido controvertido por ser el segundo norteamericano en obtener, en años consecutivos –este año y el anterior–, un premio antes reservado para las letras británicas, el jurado reconoció en éste un libro que exige mucho del lector y que recompensa esa exigencia con un despliegue narrativo sorprendente.

La historia de Lincoln in the Bardo ocurre en una sola noche, en el cementerio de Oak Hill, en Washington. Willie, el hijo de once años de Abraham Lincoln, acaba de morir y su padre no se resigna a abandonarlo en el mausoleo; cuando todos los dolientes se han marchado, Abraham vuelve a la tumba en dos ocasiones para sacar al niño del ataúd y sostenerlo entre sus brazos. Esta escena histórica colonizó la mente de Saunders durante veinte años hasta que consiguió materializarla en un libro que está muy lejos de ser una novela más sobre el presidente norteamericano.

Willie está atrapado en el Bardo, un estado transicional, tomado del budismo, entre la muerte y lo que sea que ocurre después, y ahí se ve rodeado de fantasmas que no han querido avanzar hacia el siguiente estadio. Son ellos quienes narran la historia; mentes arrancadas de un cuerpo al que se esfuerzan por permanecer. No hacen otra cosa que desbocarse en monólogos para no enfrentarse a la realidad de su deceso, al grado de convencerse de que no están muertos sino enfermos y de que sus ataúdes son cajas para enfermos. Ya no tienen cuerpo, son una manifestación de sus obsesiones. Un hombre que murió poco antes de consumar el matrimonio con su esposa es ahora una mente atada a un enorme pene erecto, un joven que se suicidó tras ser rechazado por su amante y que poco antes de morir se arrepiente de renunciar a la vida, es en el Bardo una masa de ojos, manos, narices.

Es aquí donde el oficio de Saunders es sorprendente: La historia de Lincoln, su duelo, y las reflexiones que esto desata sobre la cantidad de muchachos muertos como resultado de la guerra civil que él continúa impulsando, está narrada por estas mentes hiperactivas; son voces que se interrumpen, se regañan, conversan y con frecuencia se quedan atoradas en recuerdos de sus vidas.

A Willie lo escuchamos de primera mano porque estamos con él en el Bardo, sabemos que no quiere irse de ahí porque espera que su padre, otra vez, lo levante; a Abraham lo escuchamos a través de los fantasmas que lo rodean y lo ocupan tratando de convencerlo de que le diga a Willie que se vaya, que avance, que ese lugar no es para los niños. Son estos momentos en los que los fantasmas entran en Lincoln y conocemos su pensamiento, de los más poderosos en el libro: las dudas de un hombre deprimido, la conciencia de que por errores que él ha cometido, miles de padres han experimentado la pérdida que él sufre ahora.

El otro recurso al que recurre Saunders para contar la historia, y el que resulta más aventurado y exigente para el lector, es el de las citas bibliográficas. La novela está narrada también por una colección de citas de textos, algunos históricos y otros inventados por Saunders, que dan cuenta de la enfermedad de Willie, su muerte y las reacciones de sus padres, así como de la guerra y las dudas que tiene la gente sobre la capacidad de Lincoln para ganar el conflicto.

En total son cerca de ciento sesenta voces las que se unen para contar Lincoln in the Bardo y estas dudan, se contradicen, no consiguen ponerse de acuerdo ni en hechos tan concretos como si Lincoln lloraba cuando cargó el cuerpo de su hijo, o si había luna llena o el cielo estaba nublado la noche en que todo esto ocurre. Con estas contradicciones, Saunders explora cómo funciona la memoria, tanto personal como histórica, y cómo con base en relatos muy dudosos se construye lo que de ese momento se tomará, en el futuro, como cierto.

Reconocido por sus libros de cuentos y declarado discípulo de Gogol, Saunders buscaba escribir una novela a través de una serie de monólogos con la intuición como única guía y con una sola consigna: no aburrirse. En el momento en que al escribir se sentía aburrido cambiaba de voz, de punto de vista, y continuaba, siempre buscando un equilibrio entre las voces supernaturales y las históricas, quizá tratando de no forzar de más el pacto establecido con el lector, que de por sí ya está siempre al límite. En un libro en que la forma es tan aventurada y exigente, es difícil imaginar que la intuición y no el cálculo preciso y el balance riguroso entre voces de fantasmas y citas bibliográficas, hayan sido el eje en la estructura.

Saunders, estudiante del budismo, plantea el momento de la muerte como aquel en que la mente se libera del cuerpo y se convierte sólo en pensamiento. El ser humano es lo que piensa y lo seguirá siendo cuando muera. Ahí residen el horror y la esperanza.