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¿Cuántos libros hay en tu casa?

¿Cuántos libros son muchos? ¿Cuántos son pocos? ¿Cuántos podemos leer? ¿Cuántos caben en nuestras casas? Algunas consideraciones en torno a cifras que siempre queremos que sean más altas.

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Hace unos años, cuando su hijo iba a empezar el jardín, un amigo mío tuvo que completar un formulario, una especie de encuesta, a pedido de las autoridades de la institución. Una de las preguntas era: “¿Cuántos libros hay en su casa?”. Mi amigo, un buen lector, se dio cuenta de que no tenía idea. Volvió a su casa intrigado y los contó. La cantidad (que no recuerdo) lo sorprendió, pero también se habría sorprendido con un número bastante más alto u otro bastante más bajo.

En general, a la mayoría de los lectores –los que sentimos que nuestra biblioteca es una de nuestras posesiones más valiosas, o la más valiosa de todas– nos pasa lo mismo: no tenemos idea de cuántos libros tenemos. De hecho, empecé a escribir este artículo sin tener idea de cuántos libros tengo en mi casa yo. Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema, hice mi propia pequeña encuesta. Pregunté en Facebook “¿Cuántos libros hay en sus casas?”, para que, quien tuviera ganas, me lo contara. Contestaron poco más de cuarenta personas. Las respuestas fueron variadas y muy interesantes. Muchas de ellas no solo indicaban una cantidad, sino también un rasgo del lector que enunciaba cada una.

Alguien dijo 25 y añadió de inmediato: “Deberían ser más, pero algunos los doné a una biblioteca”. Otra persona dijo “muchos, 50”. Otra, 60. Otra, que en su país tenía 100, pero en donde vive desde hace un año, 14. Luego, de todo: 150, 200, 250, 500… Algunos añadían sus buenas intenciones: “y creciendo”, “y vamos por más”. Siempre hay un obsesivo: “855. Los tenemos catalogados”. Una minoría alcanzaba o superaba el millar. Dos o tres personas dijeron que alrededor de 3.000. Más de 3.800, pero 2.500 en su casa y el resto en otra parte, especificó una amiga. Alguien más, por mensaje privado, me reveló que debe tener “entre 4.000 y 5.000… o quizá 6.000. Horror. Imposible saberlo. Ten en cuenta que he sido editora. No es por presumir”. Como sé la clase de persona que es, sabía que esa última aclaración no era necesaria.

Surgieron interrogantes para los que no tengo una respuesta clara. ¿Los archivos digitales cuentan como libros? ¿Y los que tenemos en fotocopias? ¿Y los cómics? ¿Y los de derecho? Un volumen que incluye varias obras, ¿cuenta como uno o como varios libros? Y una misma obra publicada en, digamos, dos o tres volúmenes, ¿son dos o tres libros, o es uno solo?

No podía faltar el que avisara que nunca los había contado, pero que iba a hacerlo y luego pasarme el dato (y nunca lo hizo). Más directo fue el que escribió: “Perdí la cuenta hace años”, y se marchó sin hacer promesas. “Ni idea, dos bibliotecas abarrotadas”, comentó alguien más. Otro, en una línea parecida pero tratando de ser más específico, explicó: “Una pared de 4 x 2 mts”. Escueto fue quien apuntó “muchos” y nada más. Y su contracara: “No muchos. Me gusta leer pero no atesorar, una vez leídos los dono”.

 

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En una biblioteca, está claro, la cantidad es mucho menos relevante que la calidad. El problema del espacio físico no es menor. Otra pregunta podría ser “¿Cuántos libros caben en tu casa?”. De ahí que muchas personas donen sus libros. “Fui regalando muchísimos libros en los últimos años –comentó alguien–, unos 700 la última donación. No es que fueran malos, pero me quedé y me seguiré quedando solo con aquellos que de verdad releería”. Desprendernos de los libros que nos sobran también es dar forma a la biblioteca, como el escultor que quita la piedra en busca de la figura que, él lo sabe, lo espera en su interior. Así, ese organismo vivo que es la biblioteca se va pareciendo cada vez más al inalcanzable ideal.

Toda biblioteca, por otra parte, tiene sus joyas. Primeras ediciones, títulos difíciles de conseguir, ejemplares autografiados por el autor o dedicados por personas queridas… En ciertas ocasiones, es el propio lector quien, sin darse cuenta, con sus notas y sus lecturas, añade valor a los volúmenes de su colección.

Es el caso, por ejemplo, de la biblioteca de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Está compuesta por unos 17.000 volúmenes, muchos de los cuales incluyen apuntes manuscritos de ellos dos y de Borges. Tras la muerte de Bioy, en 1999, los libros fueron guardados en 354 cajas, y qué pasaría con ellos fue incierto durante casi dos décadas. El año pasado, un grupo de empresas, fundaciones y personas particulares pagó 470.000 dólares por el conjunto y lo donó a la Biblioteca Nacional de la Argentina. Solo se conoce una quinta parte de ese material. En nuestros días, los empleados de la Biblioteca catalogan las piezas del tesoro que descubren mientras sacan de las cajas.

 

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Otra biblioteca privada descomunal fue la de Chimen Abramsky. Su historia la cuenta el hermoso libro La casa de los veinte mil libros, escrito por su nieto Sasha Abramsky y publicado en 2014: cómo llegó Chimen de Minsk a Londres e hizo de su casa, en el norte de la capital inglesa, un centro de encuentros y tertulias permanentes, por las que pasaron Eric Hobsbawm, Harold Pinter y una infinidad de otros intelectuales y amigos a lo largo de las décadas.

Y explica también cómo conformó su biblioteca, 20.000 volúmenes que incluían las mayores colecciones de libros sobre judaísmo y socialismo en Occidente. “La casa contenía más de diez toneladas de libros, el peso de al menos cinco coches grandes –describe Sasha–. Había, además, varias toneladas de manuscritos, cartas y periódicos apilados por la casa”. Entre tantas joyas, había ejemplares del Manifiesto comunista con apuntes manuscritos de Marx y Engels y el carnet de afiliación de Karl Marx a la Primera Internacional, de 1864.

Chimen murió en 2010, a sus noventa y tres años. Meses después, la familia vendió casi todos sus libros, excepto unas cuantas decenas, que se repartieron entre sus miembros.

 

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Es tan triste como real: nos vamos a morir, y al otro barrio no podemos llevarnos libros. Innumerables bibliotecas edificadas a lo largo de décadas, colecciones reunidas con paciencia de escultor, donde cada libro encerraba quién sabe cuántas historias y cuántos recuerdos, se venden por unas cuantas monedas no bien su propietario muere. La persona que se va se lleva consigo todo el valor emocional de esos libros, que para quienes se quedan son papeles viejos, o muy poco más.

Por lo demás, no solo el espacio es un problema para quienes gustamos de los libros: también lo es el tiempo. ¿Cuántos podemos leer? ¿Hasta dónde nos da la vida? Imaginemos a una persona que lea mucho. Mucho de verdad. Un libro por día, digamos. Todos los días, sin vacaciones ni feriados. Es un ritmo frenético. Nunca supe de ningún lector tan voraz. Pues bien, esa persona tardaría 46 años y medio en leer todos los libros de la biblioteca de Bioy y Ocampo. Y casi 55 años para dar cuenta de la de Chimen Abramsky.

Y, pese a todo eso, muchos queremos tener cada vez más libros. Nos encanta que nos los regalen. Compramos más de los que podemos leer, los compramos aunque sepamos que (todavía, al menos) no los vamos a leer. “Comprar más libros que los que uno puede leer es nada menos que el alma en busca del infinito”, definió A. Edward Newton. Supongo que la biblioteca, todos los libros que uno tiene en su casa, son la representación cabal y material de esa búsqueda.

 

Posdata. Conté los libros tengo en mi casa: son 1,162. No me parecen muchos. Quisiera tener tantos que, al comentárselo a otra persona, tuviera que aclarar que no lo digo por presumir. Ojalá, si eso sucede, esa última aclaración no sea necesaria.