artículo no publicado

“Seamos realistas: soñemos lo imposible”

Llegó la hora de romper el cerco, los adultos tenemos la obligación de apoyar la magnífica “utopía” juvenil que hoy estamos viviendo.

Llegó la hora de romper el cerco que impone el poder establecido; apoyemos la “utopía” juvenil que hoy estamos viviendo.

Este sábado, mientras marchaba con mi nieta para exigir mayor seguridad en las escuelas de Estados Unidos volví a emocionarme como hace cincuenta años, cuando tuve el privilegio de marchar por las calles de París, Praga y Londres manifestando mi apoyo a causas justas y mi repulsa al autoritarismo.

En mayo de 1968 viajé a Paris a solidarizarme con los estudiantes de Nanterre, y participé en los debates sobre la libertad sexual, cultural y política de los estudiantes; sobre los derechos laborales de los obreros; sobre la autoritaria reacción del gobierno. Para mi, Paris en mayo del 68 fue además una celebración de la imaginación desencadenada: “Seamos realistas: soñemos lo imposible”, se leía en los paredes de la ciudad.

También recordé los días que pasé en Praga disfrutando de la maravillosa primavera en la que Alexander Dubcek logró revelar, aunque fuera por un tiempo muy limitado, que el socialismo puede tener un rostro humano. Y aquellos otros de desaliento atestiguando la brutal invasión de las tropas del Pacto de Varsovia encabezadas por una Unión Soviética deshumanizada. 

Reviví además mi participación en la multitudinaria manifestación en Londres contra la guerra en Vietnam en octubre del 68. Por esas fechas, la invasión estadounidense a Vietnam había causado ya la muerte de unos 17 mil jóvenes estadounidenses, y cientos de miles de vietnamitas.

Este sábado, mientras yo recordaba con nostalgia los debates que Herbert Marcuse provocó en 1968 en la London School of Economics al hablar sobre el papel de los estudiantes como agentes de la revolución, cientos de miles de jóvenes, acompañados por sus padres y uno que otro abuelo marchábamos en más de ochocientas ciudades de Estados Unidos y de otras partes del mundo como Berlín, Copenhague, Londres o Estocolmo, para exigir medidas que detengan la epidemia de violencia armada que sufre el país. En Estados Unidos, cada año más de 33,000 personas mueren por armas de fuego. Cifra que equivale a cien suicidios, asesinatos o accidentes con pistolas diariamente.

"A mi, las marchas de este sábado me recordaron las protestas de los sesentas en favor de los derechos civiles", me dice Peter Hakim, presidente emérito del Diálogo Interamericano. “Entiendo que la motivación central de estos muchachos viene del dolor, el sufrimiento, la ira, y la frustración que sienten, y que su agenda, ahora que el movimiento apenas comienza, sigue siendo diversa”.

En efecto, algunos piden una revisión de la segunda enmienda de la constitución haciendo hincapié en que el texto menciona específicamente que las armas se reservan para una “milicia bien regulada”. Otros exigen que se impongan mayores restricciones a la venta de armas y otros más abogan por registrar nuevos votantes demócratas con vistas a la elección intermedia de este año y la presidencial de 2020. Al término de mi marcha había mesas para empadronar a jóvenes en edad de votar y recordatorios insistiendo que la mejor manera de acabar con las perversas manipulaciones de la Asociación Nacional del Rifle sobre el Partido Republicano es botando a sus incondicionales fuera del Congreso.

Los muchachos que hoy lideran esta lucha saben que la violencia armada no sucede solamente en las escuelas sino en teatros, cines, iglesias, centros comerciales, salas y solares de conciertos, y en cuartos solitarios. Y saben también que resolver el problema que plantea la existencia de más de trescientos millones de armas en el país es una tarea titánica que por momentos parece imposible. Pero están convencidos de que no intentar mitigarlo sería un crimen imperdonable.

A quienes piensan que el empeño de los estudiantes es utópico les recuerdo este texto de Marcuse en su Essay on Liberation,

 “Lo que se denuncia como "utópico" ya no es lo que no tiene lugar y no puede tener ningún lugar en el universo histórico, sino más bien aquello que está bloqueado por el poder de las sociedades establecidas”.

Llegó la hora de romper el cerco, los adultos tenemos la obligación de apoyar la magnífica “utopía” juvenil que hoy estamos viviendo.