artículo no publicado
Imagen: Wikimedia Commons

Los animales van al circo

Hoy hace 250 años se inauguró el primer circo moderno, y desde entonces, los animales formaron parte del espectáculo. Tardó mucho tiempo la sociedad en darse cuenta el maltrato que implicaban muchos de estos actos.

El nueve de enero de 1768, el jinete inglés Philip Astley inauguró un espectáculo de acrobacias ecuestres. A diferencia de otras presentaciones, esta tenía una particularidad: el espacio en el que actuaban caballos y jinetes era una pista circular que permitía al público tener una mejor perspectiva. El espectáculo fue un éxito y Astley decidió enriquecerlo contratando a algunos actores, payasos y malabaristas para que divirtieran al público entre actos. Fue así como surgió el primer circo moderno. En un veloz contagio, más circos comenzaron a abrir sus puertas al público a lo largo de Europa; para 1790 ya habían alcanzado América en donde, particularmente en Estados Unidos, se volvió uno de los espectáculos favoritos de las multitudes.

Aunque en los actos de Philip Astley la presencia animal se limitaba a caballos y abejas[1], fue cuestión de tiempo para que el circo se mezclara con otro entretenimiento popular de la época: las casas de bestias o ménangeries ambulantes, antecedentes de los zoológicos, en las que, en giras por varias ciudades, se exhibían animales salvajes. En un inicio, los circos, al igual que las ménangeries, únicamente exponían los animales al público. Así, un espectador podía ver tigres y leones enjaulados mientras disfrutaba de los diversos actos circenses. Los dos espectáculos terminaron de amalgamarse en 1833, cuando Isaac A. Van Amburgh, un empleado de una pequeña casa de bestias en Nueva York, decidió volver a los animales salvajes parte del espectáculo circense. Vestido como un gladiador, entraba a una jaula con grandes felinos y los dominaba golpeandolos con una vara para finalmente meter el brazo entre sus fauces. El destino de los animales en el circo quedó revelado; los actos de doma de bestias salvajes se popularizaron y pronto fueron acompañados por actos de animales entrenados[2].

A 250 años de la fundación del primer circo, la presencia de animales –salvajes o domésticos– en estos espectáculos sigue siendo común. Si bien los actos ya no consisten en golpearlos, el maltrato continúa: el castigo físico y el uso de dolor para el entrenamiento es una práctica común, los espacios a los que quedan confinados los animales no son suficientes para cumplir sus necesidades físicas o de estímulo psicológico, los traslados entre ciudades no contemplan las necesidades de los animales[3] y muchas veces son forzados a trabajar a pesar de estar enfermos. Sin embargo, cada vez son más los países que han decidido prohibir el trabajo animal en los espectáculos circenses[4], y han obligado a los circos a proponer un espectáculo sin animales o a terminarse. El circo más grande de Estados Unidos, Ringling Bros. and Barnum & Bailey optó por la segunda opción el año pasado: después de retirar a los elefantes de sus espectáculos en 2016 y de enfrentarse a una baja venta de entradas, decidió cerrar definitivamente.

Desde que Isaac A. Van Amburgh comenzó con su espectáculo golpeando tigres y leones, también empezaron las críticas al circo por el maltrato animal. Desde sus orígenes, la sombra que proyecta la historia circense incluye también la de asociaciones que, preocupadas por los animales, han buscado un circo más humano en todos los sentidos posibles. Un ejemplo de estas asociaciones es el del Jack London Club en 1918. En su libro Los animales forman parte de la clase trabajadora, Jason Hribal habla de cómo esta organización inspirada en las obras de London logró que tres de los circos más importantes de Estados Unidos dejaran de utilizar animales en sus presentaciones entre 1925 y 1929. Habrá a quien le parezca que prohibir el trabajo animal en los circos implica la pérdida de una importante expresión cultural, pero, en realidad, sólo implica la necesidad del espectáculo de adaptarse a una sociedad que cada vez está más consciente de que los animales no son meros objetos ni autómatas sin sentimientos y de que lo que compartimos con ellos es mucho más de lo que imaginábamos hace doscientos cincuenta años.

 

[1] Las abejas formaban parte de un acto particularmente extravagante: Patty Astley, acróbata y música casada con Philip, montaba a caballo con un enjambre en las manos.

[2] Me parece curioso que estos actos impliquen, casi siempre, a animales comportándose como humanos: osos bailarines con collares de payaso o perros con tutú que caminan sobre dos patas. Qué infame y contradictoria bestia la que trata de imponer rasgos de “civilización” a través de la tortura. 

[3] En 2004, Clyde, un león de dos años, murió deshidratado mientras la caravana de Ringling Bros. atravesaba el desierto de Mojave. Según los testimonios, no quisieron parar para dar de beber a los animales porque si lo hacían no iban a llegar a tiempo.

[4] En México, los circos con animales salvajes fueron legales hasta junio de 2015, cuando entró en vigor la ley que los prohíbe.