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Lewis Hamilton, el hombre al que salvó la tragedia

Hay pilotos que se manejan a la perfección en el triunfo. El piloto británico campeón de Fórmula 1 ha demostrado manejarse con brillantez en la adversidad.

Que Hamilton iba a ser una gran estrella del automovilismo mundial lo sabía todo el mundo desde que se subió por primera vez a un McLaren, allá por 2007, bendecido por su patrón y mecenas, Ron Dennis. Lo sabían los críticos, lo sabían sus jefes y lo sabía él. A los 22 años, esa era sin duda demasiada información y manejarla no resultó sencillo: corría con el mejor coche, acompañando al vigente bicampeón del mundo –Fernando Alonso- y había en torno a él un aire de arrogancia, de enfant terrible que en ocasiones resultaba difícil de soportar.

Con o sin ayuda de su equipo, que eso daría para un libro, el caso es que Hamilton lideró su primer Mundial con ventajas suficientes como para pensar en un insólito primer título. Llegó a las dos últimas carreras con una ventaja de doce puntos sobre Alonso y diecisiete sobre Kimi Raikkonen, de la escudería Ferrari. Hablamos de los tiempos en los que el ganador se llevaba como máximo diez puntos, es decir, que a Hamilton le bastaba con quedar por delante de cualquiera de sus dos rivales en China para proclamarse campeón.

Lo que pasó a continuación marcó su carrera e, irónicamente, la marcó para bien. Un aviso de que, como les susurraban a los victoriosos militares romanos, “debía recordar que era mortal”. En China se le rompió el coche y la ventaja pasó a ser de cuatro y siete puntos respectivamente. Un tercer puesto en Brasil debería valerle para ser campeón del mundo y eso dando por hecho que Alonso ganara la carrera. Si la ganaba Raikkonen, ser sexto le era suficiente. De esto hace diez años y probablemente recuerden aún lo que pasó: Hamilton salió bien, se colocó entre los primeros y de repente presionó el botón equivocado y perdió toda la potencia de su coche. El McLaren que conducía iba casi parado mientras todos los demás pilotos le adelantaban sin piedad. En una sola vuelta cayó hasta la última posición del circuito de Interlagos y quedó claro que la hubris se había cebado con él. No hubo tiempo para la remontada y entre tanta lucha interna, el título acabó en Finlandia.

 

Como aprendizaje, no estuvo nada mal. Hamilton, aún embebido de ese aire de estrella pop, empezó una relación con Nicole Scherzinger, la exuberante líder del grupo “The Pussycat Dolls”, uno de los fenómenos de la época. Seguía así un patrón demasiado peligroso: deportista joven, multimillonario, con talento potencialmente desperdiciable en presentaciones de discos y fiestas de estrenos de cine. Sin embargo, supo llevarlo... y si supo llevarlo fue, en primer lugar, porque Scherzinger, más que una distracción se convirtió en un apoyo vital, y en segundo lugar porque la derrota del año anterior le impidió dormirse en los laureles.

Cuando todo parecía que iba a repetirse en 2008, es decir, cuando la familia de Felipe Massa ya celebraba el triunfo del piloto brasileño en medio de una tormenta descomunal en Brasil, Hamilton luchó hasta la última vuelta por lograr los puntos que necesitaba para, esta vez sí, mantener el liderato. Viniendo desde atrás y llevando su pilotaje al extremo, logró adelantar in extremis a Timo Glock y acabar en quinto lugar, llevándose el título por un punto. El mismo punto que le había faltado el año anterior.

En dos años como profesional, Hamilton había vivido más que la mayoría de pilotos en una carrera entera. A los 24, seguía siendo el piloto con más talento de la parrilla y además había desarrollado un gusto especial por la competición. Ya era consciente de que no iba a arrasar cada año, era consciente de que la mala suerte te podía arruinar un año y que la tragedia asomaba detrás de cada esquina... pero todo eso no hizo sino convertirle en un luchador, quizá lo que le faltaba para convertirse en uno de los grandes de la historia del automovilismo, al nivel de su admirado Ayrton Senna.

Porque el caso es que después de los años de fiesta y adrenalina, llegaron los de plomo y lucha. En 2009, el ingeniero Ross Brawn se llevó su magia a un nuevo equipo y Jenson Button acabó proclamándose campeón. Las cosas no mejoraron en 2010, el primero de los cuatro años de dominio absoluto de Sebastien Vettel y de Red Bull en general. Hamilton corría el riesgo de estancarse pero no se rindió. Durante esos años de McLaren se convirtió en el piloto que es hoy. Creciendo no desde el éxito, sino, de nuevo, desde el contratiempo, desde la lucha en la clasificación, el manejo de un coche inferior, la conciencia de que el camino vale tanto como la meta alcanzada.

Aun así, cuando vio que la escudería no daba para más, que la treintena se acercaba y que la madurez exigía un éxito inmediato, Hamilton dio la sorpresa y se fue a Mercedes, la escudería que Schumacher había sido incapaz de reflotar. Los principios fueron duros, incluyendo, para variar, numerosos enfrentamientos con Nico Rosberg, su compañero de equipo. Con todo, el chico seguía ganando de vez en cuando, colándose en podios reservados para la marca de bebida energética y mostrando una habilidad suprema en las calificaciones, lo que le ha valido con el tiempo convertirse en el piloto con más pole positions de la historia de la Fórmula Uno.

Al talento y la rapidez solo cabía unir un buen coche. Es lo que Mercedes puso a su disposición desde 2013 y el resto es historia. Hamilton ya no tenía 22 años sino 28 y siete años de experiencia en sus espaldas. Ya no era el niñato que se pavoneaba con la novia durante todo el fin de semana para acabar pulsando el botón erróneo en el momento decisivo. Sin renunciar al espectáculo, especialmente bajo la lluvia, ni a los adelantamientos imposibles, Lewis había entendido que para ganar había que ser regular, calculador, hasta cierto punto aburrido. Ganó el Mundial de 2014 y el de 2015 y si no lo hizo con el de 2016 fue porque su compañero Rosberg tuvo el año de su vida.

Así, 2017 llegó como le gusta al británico: después de una decepción. Porque la victoria motiva a Hamilton, pero la derrota le motiva mucho más. No la soporta. A un principio de año complicado, a la sombra del Ferrari de Vettel, le siguieron carreras y carreras de dominio absoluto. Sin Rosberg ya de por medio, Mercedes centró todos sus esfuerzos en él y no dejó de creer ni cuando la ventaja del alemán se fue a los dos dígitos. Poco a poco, carrera a carrera, Hamilton fue remontando: ganó en Bélgica, ganó en Italia, ganó en Singapur, ganó en Japón y ganó en Estados Unidos. Solo el postadolescente Max Verstappen, la gran figura del futuro, consiguió interrumpir la racha en Malasia, pero de Vettel no hubo noticias.

La ventaja subió a los 67 puntos con tres carreras por disputarse. Como ahora al ganador se le dan 25, eso implicaba que a Hamilton casi le valía con acabar en los puntos en México para proclamarse campeón del mundo... y eso siempre que Vettel ganara la carrera. Algo nervioso, el británico acabó tercero en la clasificación y cuando pasaron las dos primeras curvas, a muchos de sus fans les corrió un escalofrío por el cuerpo parecido al de Brasil 2007, diez años atrás: Vettel intenta superar a Verstappen y choca con él levemente. Mientras tanto, Hamilton quiere colarse por el interior y acaba perjudicado por el choque entre sus dos rivales, quedando con una rueda pinchada y repitiendo las mismas imágenes de Interlagos: el coche que va perdiendo potencia, que se tiene que apartar para no interrumpir el paso y que sale de boxes en última posición.

Sin embargo, México 2017 no es Brasil 2007 –y aunque lo fuera, aún quedarían dos carreras por delante para asegurar el título-. Con evidentes problemas de potencia, el Mercedes de Hamilton va recuperando posiciones hasta acabar noveno. En principio, eso no le habría bastado de haber ganado Vettel la carrera pero el alemán, también perjudicado por aquel primer choque, solo puede acabar cuarto. No es suficiente. El título va para Lewis, que celebra con cierta moderación, como si esto no fuera la culminación de nada sino un paso más en un largo camino: convertirse en el más grande de la historia.

A sus 32 años, ya tiene cuatro títulos en su haber y sigue contando con el mejor coche. Por supuesto, eso puede variar de un año al siguiente. La amenaza contemporánea continúa llamándose Vettel y la de futuro, como decía antes, se llama Verstappen, un auténtico niño prodigio. Lejos quedan los siete entorchados de Schumacher pero no tanto los cinco de Fangio, que parecieron inalcanzables durante tantas décadas. De momento, ya ha igualado a Vettel pero sobre todo ha igualado a Alain Prost, una leyenda con mayúsculas. Lauda, Piquet o Senna quedan atrás con tres.

Hay pilotos que se manejan a la perfección en el triunfo y no pretendo decir que eso sea fácil. Hamilton, por ejemplo, disfruta como cualquiera de su superioridad actual. Lo bueno del británico es que también ha demostrado manejarse con brillantez en la adversidad; quizá, hay que insistir, porque la adversidad fue lo primero que se encontró en su carrera. De haber ganado aquel primer Mundial, de haber constatado que el mundo estaba hecho a su antojo, quizá luego habría sido un Raikkonen, es decir, un hombre con éxitos puntuales, un solo título de campeón y plaza reservada en todas las fiestas de los yates de Montecarlo.

No fue así. En 2007, perdió un título y ganó una carrera deportiva. Diez años después, queda por ver cuáles son sus límites. De momento, cuesta intuirlos.