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Foto: Paul B. Reynolds/Flickr

La responsabilidad del locutor ante el micrófono

El papel social del comunicador exige que la profesión mantenga un alto nivel de integridad. Si los medios y los comunicadores no son capaces de autorregularse a través de la aprobación de auténticos códigos deontológicos, el público queda en una especie de indefensión.

El papel social del comunicador exige que la profesión mantenga un alto nivel de integridad, los códigos deontlógicos y de conducta suelen apelar a la responsabilidad social de quien tiene el privilegio de acceder a los medios como espacio para las ideas y la opinión crítica y plural.

La libertad para expresar y difundir ideas, opiniones y mensajes expresados en un marco de respeto y tolerancia es considerada indispensable para consolidar una comunicación incluyente y participativa, pero para esto es también necesario impedir que cualquier interés personal afecte los contenidos, pues cuando la propuesta resulta de interés y de servicio público es mucho más fácil que se comprenda su importancia y se destaque su pertinencia.

Hace unos días, el conductor Toño Esquinca, conductor de la emisión Toño Esquinca y la Muchedumbre, además de gerente, y director creativo de la estación Alfa 91.3 FM, salió al aire –a decir de varios radioescuchas– en estado de ebriedad, lo que lo llevó a hablar sin cortes comerciales por más de 40 minutos durante los cuales dijo: “He venido más borracho y ni cuenta se han dado”.

De hecho, minutos antes de iniciar transmisiones, el locutor puso un comentario en su cuenta de Twitter que después borró y en el que púbicamente decía “#EnViernesComoQueSeAntoja ponerse como YO MERO AL AIRE!”

Ésta no es la primera vez que Esquinca usa los micrófonos de la emisora para ventilar asuntos estrictamente personales. El conductor, cuyos programas se caracterizan por sus frases y pensamientos positivos, y el autor de guías y manuales para alcanzar una vida plena irrumpió en la cabina de Alfa a las 22:30 de un viernes, en febrero de 2015, y pidió al operador que le abriera los micrófonos. El hombre que dice tener como maestros a Jesucristo, Osho, Deepak Chopra, Merlín, Drunvalo Melchizedek, Yoda y Walt Disney, habló del “odio” que supuestamente le tienen algunos colegas de Grupo Radio Centro, empresa para la que trabaja.Tras admitir que se encontraba bajo los efectos de “Juanito Caminante” (en aparente referencia al whiskey Johnnie Walker), se refirió –sin mencionar sus nombres– a “dos divas” dentro de la radiodifusora, quienes tienen numerosos asistentes guaruras y camionetas a su servicio. Fue hasta cerca de las 5:00 de la mañana del día siguiente que Esquinca habló de estar viviendo un “duelo emocional”, pues había roto con su novia.

Como advierte Ernesto Villanueva en Ética de la radio y la televisión, en nuestro país se carece de parámetros de referencia para saber con cierto grado de precisión qué es ético y qué no lo es en la programación de los medios electrónicos, aunque su sentido teleológico debería consistir en un servicio público dirigido a enriquecer la calidad de vida mediática de todos.

El académico advierte una trampa en el manido argumento de que el televidente y el radioescucha tienen en sus manos la decisión de escuchar o no escuchar determinados programas mediante la opción de apagar el aparato receptor, porque condena a las audiencias a aceptar los contenidos que unilateralmente le son proporcionados y parece eximir de obligación a los empresarios de cumplir con las normas de calidad exigibles a cualquier producto para poder ser comercializado.

Distintos códigos o guías de conducta llaman a tener presente siempre la responsabilidad que implica el uso de un micrófono e impedir que cualquier interés personal afecte los contenidos televisivos y radiofónicos. Si los medios y los comunicadores no son capaces de autorregularse a través de la aprobación de auténticos códigos deontológicos, la indefensión en que se deja a los ciudadanos ante los posibles abusos en el uso de los espacios servirá de coartada para que otros busquen imponer sanciones a la libertad de expresión, más allá de la jactancia de un motivador radiofónico que se ufana de transmitir intoxicado.