Himnos nacionales antes de los partidos de fútbol, ¿para qué? | Letras Libres
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Himnos nacionales antes de los partidos de fútbol, ¿para qué?

La ejecución de los himnos nacionales antes de los partidos de fútbol es un anacronismo, un ritual con el cual convendría acabar. Pero, mientras exista, lo mejor es vivirlo como un simple cántico futbolero, ignorando las llamadas a “inundar de sangre” o “morir con gloria” que casi todos los himnos son en realidad.

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La ceremonia de pasar los himnos de cada país antes de los partidos entre selecciones de fútbol no tiene ningún sentido. Evaluémoslo a través de un ejercicio de imaginación. Supongamos que esa costumbre no existiera, es decir, que lo normal fuera que los jugadores, tras entrar a la cancha y saludar con cortesía a sus rivales, como ocurre en los torneos de clubes, comenzaran el partido. Pero de pronto a alguien de la organización se le ocurre la idea: “¿Qué les parece si antes de empezar el partido ponemos los himnos nacionales de ambos países?”. Seguro que sus colegas lo mirarían tan raro que no haría falta poner en palabras la respuesta: “¿Para qué? ¿Qué sentido tendría hacer una cosa como esa?”. Y ahí acabaría todo.

Si esta práctica existe se debe, sin duda, a la tradición. Una tradición que, según cuenta el periodista Eduardo Casado en un artículo de hace unos años, se remonta a 1905, una época en que los nacionalismos —en la peor de sus expresiones— estaban a flor de piel en el mundo occidental. Basta recordar que, menos de una década después, las tensiones nacionalistas conducirían a Europa a esa carnicería llamada Primera Guerra Mundial.

Ese año, la selección de rugby de Nueva Zelanda desarrollaba su primera gira por el viejo continente. Fue durante esa gira cuando los neozelandeses fueron bautizados como los conocemos en la actualidad: All Blacks. Ya jugaban el mejor rugby del mundo, y ya ejecutaban, antes de cada partido, el haka, el ritual maorí de canto y danza que todos hemos visto alguna vez por televisión. El caso es que, antes de un partido contra Gales, en Cardiff, para contrarrestar el efecto psicológico del haka, los jugadores y la afición locales cantaron el Hen Wlad Fy Nhadau, “La tierra de mis padres”, el himno nacional de su país. Ese fue el único partido de la gira que los neozelandeses perdieron: ganaron los restantes 34. Parece ser que, a partir de ese momento, el hábito se extendió a los demás deportes.

Que más de un siglo después, en un mundo tan distinto del de aquella época, los himnos nacionales sigan estando ahí constituye un auténtico anacronismo. La FIFA, que con tanto énfasis prohíbe y sanciona cualquier manifestación política durante —o en torno a— los partidos, perpetúa el hábito de mezclar la patria (lo que sea que este vocablo signifique) con el deporte. Mientras flamean las banderas amarillas que promueven el juego limpio, suenan canciones que hablan de destruir a los enemigos. La Marsellesa, por mencionar el más famoso de todos los himnos, llama a las armas para “que una sangre impura inunde nuestros surcos”. Zinedine Zidane, Karim Benzema y otros astros franceses se negaban a cantarla.

 

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Lo que sucede con el himno de mi país, el himno argentino, es bastante representativo de lo absurdo de la cuestión. La canción tiene más de dos siglos: su letra fue escrita en 1812 y su música compuesta un año después. Eran tiempos en que ya se había producido la Revolución de Mayo de 1810, en la cual los argentinos conformaron su primera junta de gobierno (mientras España era sometida por las fuerzas napoleónicas), pero todavía luchaban por la independencia, que llegaría recién en 1816. La letra del himno expresa el espíritu de la época:

 

Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa nación,

coronada su sien de laureles

y a sus plantas rendida un León.

 

El “León” era, por supuesto, España, el reino con el cual Argentina estaba en plena guerra de emancipación. Pero pasaron las décadas y, en el año 1900, el entonces presidente argentino decretó que en los actos públicos solo se cantarían unas pocas estrofas “que armonizan con la tranquilidad y la dignidad de millares de españoles que comparten nuestra existencia”. Estrofas que, por lo tanto, “respetan las tradiciones y la ley sin ofensa de nadie”. Así fue como el himno argentino redujo su extensión de 76 a 12 versos y su duración de 20 minutos a 3 minutos y 40 segundos, y dejó de hablar de leones rendidos y del “vil invasor” para referirse solo al anhelo de vivir en libertad y “coronados de gloria”. “O juremos con gloria morir”, reclama.

Pero para la FIFA 3 minutos y 40 segundos siguen siendo mucho tiempo, de modo que exige fragmentos de no más de 90 segundos. La Asociación del Fútbol Argentino resolvió, hace unos años, que lo que suene antes del partido sea solo la introducción de nuestro himno. Un segmento que dura un minuto y termina justo antes de que comience la parte “cantada”. Es decir, pura música, sin letra.

Las primeras veces, la sensación que experimentamos fue muy fea. Escuchábamos en silencio la introducción del himno y nos preparábamos para cantar a voz en cuello, pero, cuando por fin llegaba ese momento, se hacía el silencio y solo podíamos aplaudir. Se nos quedaban las palabras atragantadas. Una especie de himnus interruptus. Cuando comprendimos que iba a ser siempre así, surgió la solución. Ya que no podíamos cantarlo, empezamos a tararear el himno, a reproducir la melodía con la voz: oooooh-ooh-oh-oh… oh-oh-oh, oooh, oh-oh-oooooh…

 

 

Por eso, lectores del resto del mundo, cuando vean la ceremonia del himno antes de un partido de Argentina, no crean que nuestro himno no tiene letra, ni que todos los hinchas la hemos olvidado, ni que nuestros jugadores no tengan deseos de cantar. Lo que ven es el modo que los argentimos encontramos para poder cantar algo que no estaba hecho para ser cantado.

 

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A muchos de mis compatriotas no les gusta. Les parece que nuestro oh-oh-oh es un grito más bien simiesco. Experimentan cierta envidia hacia los hinchas y jugadores de los demás países, que sí pueden cantar. Ven la forma en que se abrazan y lloran y gritan el himno los jugadores de Los Pumas —la selección argentina de rugby— y se convencen de que por eso nuestra selección de fútbol no gana: porque sus jugadores no cantan. (Los Pumas tampoco ganan. Y Francia fue campeona del mundo de fútbol con un Zidane que no cantaba el himno. Pero, bueno, esos detalles les parecen menores.)

A mí, en cambio, la forma moderna de cantar nuestro himno me encanta. ¿A cuento de qué vendrían las loas a la libertad y las promesas de muertes gloriosas, si de lo que se trata aquí es de un partido de fútbol? Pasar el himno antes de los partidos no tiene sentido, es una ceremonia que se sería bueno eliminar: pero mientras ese protocolo siga existiendo, me parece mucho mejor evitar que hinchas y jugadores se vean compelidos a repetir como loros palabras a las que no prestan atención y que no tienen nada que ver con la ocasión. Quizás esto valga también para otras selecciones, otros himnos, otros países.

Y si la idea es ejecutar un ritual para que los jugadores se animen, como aquellos galeses que se envalentonaron tras cantar “La tierra de mis padres” y les ganaron a los All Blacks (dicen por ahí que los equipos que cantan el himno tienen más posibilidades de ganar), pues entonces habría que componer un himno específico para el fútbol, o para el deporte en general, que hable de ganar partidos y no de inundar surcos con sangre. Por lo pronto, me gusta la idea de que los argentinos ya inventamos nuestro propio himno deportivo. Ese que dura un minuto y cuya letra dice solo oh-oh-oh-oh.