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La maldición de la tecnología a medias

A veces parecería que alcanzamos el límite tecnológico, pero todavía hay mucho por hacer.

Hace veinte años, durante un largo viaje en tren desde Boston, aprendí HTML por mi cuenta y programé mi propio sitio web. En realidad, no fue tan difícil para alguien como yo, cuyo primer procesador de texto profesional fue WordPerfect, donde tenías que escribir “<B>” antes y después de una palabra para resaltarla en negrita. Así logré tener mi propia página y agregué letras en negritas y en cursiva e, incluso, una fotografía. Centré la foto y configuré los párrafos para justificar los márgenes. Estaba a punto de alcanzar el siglo XXI mucho antes que el calendario.

Después de siete horas de viaje, volví a mi pequeño departamento de tres ambientes en South Brunswick, Nueva Jersey, y encendí la televisión para ver la ceremonia de los premios Oscar. Cuando vi a una antigua compañera de clases, Jessica Yu, ganar en la categoría de Mejor Cortometraje Documental, avivaron mis sueños de grandeza. No conforme con su premio, Jessica se robó la noche cuando dijo: “Te das cuenta de que entraste a las ligas mayores cuando ves que tu atuendo costó mucho más que tu película”.

Su película, Breathing Lessons: The Life and Work of Mark O’Brien, explora la vida de un hombre que utiliza un pulmón de acero. El pulmón de acero era una máquina que ayudaba a respirar a las personas como O’Brien, artista y escritor, cuyo sistema neuromuscular había sido afectado por la poliomielitis. Si bien la máquina salvó muchas vidas desde su invención, en 1928, también condenaba a los pacientes a pasar casi toda la vida acostados en un tubo de metal completamente sellado, que crea un vacío y luego lo libera para forzar la entrada y salida de aire de los pulmones.

El pulmón de acero es una de las tantas tecnologías que quedaron a mitad de camino. Sí, sin duda fue una mejora, pero todavía faltaba mucho para alcanzar el objetivo deseado, en este caso, las vacunas Salk y Sabin. Para algunos, como O’Brien, una solución a medias era la única alternativa posible. Muchos sobrevivieron y continuaron sus vidas cubiertos por mantas de metal. Algunos, como O’Brien, encontraron maneras creativas de vivir y sentir “la ilusión de autonomía”, como él mismo menciona en el cortometraje.

Con la llegada del siglo XXI, dejamos atrás el pulmón de acero. Bueno, casi por completo: en 2014, todavía 10 personas utilizaban pulmones de acero.

Sin embargo, seguimos desarrollando tecnologías que se quedan a mitad de camino. Como dice Jeff Bezos, CEO de Amazon, acerca de las empresas y sociedades innovadoras: cada día se empieza de cero. Hay que tener en cuenta que la mayoría de nosotros elegimos tecnologías como consumidores. Entonces, cuando nos encontramos con tecnologías que se quedan a mitad de camino, debemos hacernos algunas preguntas importantes: ¿Nos están vendiendo una promesa, una ilusión o una moda, en lugar de una innovación realmente útil? ¿Este avance es un paso en la dirección en la que queremos ir? ¿Cuáles son las alternativas?

Por ejemplo, Ministry of Supply es una empresa de ropa cool que se comercializa como la marca para los trabajadores en la nueva economía. Recientemente, anunció una oferta que solo está disponible en su tienda ubicada en Back Bay, Boston: un blazer hecho con una impresora 3D. Yo casi siempre compro ropa talla 42, aun cuando me suele quedar un poco larga. Por eso, me ilusioné y pregunté si se podía personalizar. Me informaron que el blazer solo venía en las mismas tallas de siempre, small, medium, large y extra-large. Además, ni siquiera podían acortar las mangas porque el material no se ajusta. Genial: un blazer creado con una impresora 3D que no aprovecha para nada la flexibilidad y moldeabilidad que caracterizan a la tecnología de impresiones 3D.

Al mismo tiempo, también hemos llegado mucho más allá de lo que permitía WordPerfect. Podemos hacer que Siri diga cosas muy divertidas (por lo menos, para nuestro niño interior) y estoy seguro de que los nuevos animojis de Apple van a sacarnos más de una sonrisa. Cuando estoy manejando solo, me gusta escuchar en voz alta las direcciones para llegar a mi destino. Pero sería mucho más útil contar con inteligencia artificial integrada para personalizar mi experiencia con la gestión de proyectos, con la comunicación por video, y con las múltiples plataformas que van surgiendo, en lugar de tener que aprender a usar una nueva plataforma por cada proyecto y dispositivo. Esta inteligencia artificial no tiene por qué ser la campeona mundial de Go. Solo necesita ser un poco más inteligente y paciente que yo.

Sin embargo, tal vez la tecnología más importante que se quedó a mitad de camino sea la World Wide Web. En sí, la World Wide Web es muchas cosas. Por un lado, el aspecto internacional de “World Wide” sigue siendo aspiracional. Si bien no es tan irónicamente chovinista como la Serie Mundial de beisbol, tampoco está ni cerca de cumplir con su promesa de llegar a todo el mundo. Hoy en día, miles de millones de personas usan Facebook; mientras que miles de millones no tienen acceso a Internet. Algunas de las razones por las que esto ocurre son la falta de acceso a infraestructura eléctrica y energética que sea económica y confiable, y la falta de conexiones cableadas o inalámbricas para acceder a la red.

Después de identificar el alcance a medias de Internet, una de mis colegas de la Universidad Estatal de Arizona empezó a diseñar y distribuir lo que ella llama Solar Powered Educational Learning Library (SPELL o biblioteca de aprendizaje educativo con energía solar). Está pensado para zonas como Micronesia, donde las escuelas a menudo son solo bloques de hormigón sin electricidad. (Nota: ASU se asoció con Slate y New America para crear Future Tense). Los alumnos pueden utilizar celulares (provistos por su familia o sus profesores) para acceder a redes locales proyectadas por SPELL que actúan como emuladores web y ofrecen información que puede adaptarse a las necesidades de los usuarios, por ejemplo, con contenido ambiental y cultural local de fácil acceso.

Otro aspecto de la World Wide Web que se quedó a mitad de camino es la conectividad. Si bien ya hay millones de computadoras conectadas, recién estamos empezando a conectar dispositivos que no son computadoras (o que nosotros no consideramos computadoras). En teoría, la Internet de las Cosas nos permite conectar cualquier objeto que tenga un chip con capacidades de conexión inalámbrica con cualquier otro objeto con las mismas características. Ahora todo es inteligente: nuestros autos, nuestros hogares y hasta nuestra ropa. Esta visión utópica es el equivalente digital a eliminar el sufrimiento y las enfermedades a través de la innovación biomédica.

Pero, hasta el momento, mi experiencia con este entorno tan informatizado no ha sido muy satisfactoria. Hay cosas muy sencillas que siguen sin funcionar, como encontrar fácilmente una conexión Wi-Fi. (Y no. No me refiero a los baños de los aeropuertos, aunque a quién no le gusta revisar sus correos y su Facebook después de un largo vuelo). O como cuando la compañía de mi tarjeta de crédito recomendó que siguiera usando Equifax, una empresa que ofrece servicios de monitoreo de crédito, después de sufrir un robo de identidad. Claro, después alguien volvió a robar mi identidad. Además, seguí recibiendo cientos de anuncios y ofertas de descuentos para pañales muchos años después de que mi hijo hubiera dejado de usarlos.

Sí, todos los días empezamos de cero. Y todavía tenemos un largo camino por delante. Pero el hecho de que no hayamos llegado a destino significa que nos quedan muchas decisiones por tomar. Una de estas decisiones es la neutralidad de Internet. Jessica Yu habla sobre este tema en su más reciente película sobre la vida del inventor de la World Wide Web, Tim Berners-Lee. Tal vez no sea necesario que la World Wide Web y la Internet de las Cosas invadan y cubran el planeta al más puro estilo de los Borg y, en cambio, tal vez sea posible que SPELL y otras tecnologías localizadas y adaptadas a los humanos cubran la urgente necesidad de acceso igualitario a Internet. Tal vez sea posible que estas tecnologías sean diseñadas teniendo en cuenta la sensatez de los usuarios y que las investigaciones en inteligencia artificial por fin hagan que los objetos “inteligentes” sean útiles para la mayoría, en lugar de “aliados superpotentes”. Pero de una cosa sí estoy seguro: las tecnologías no tienen un límite predeterminado. Esta cantidad de elecciones y decisiones nos abre la puerta a analizar y criticar las tecnologías e innovaciones. Este acto crítico no nos convierte en herejes, sino que es una acción constructiva y necesaria para evitar trabar el avance y encerrarnos en nuestra tecnología. Por el contrario, tenemos que dejar que nos libere.

futuretense

Este artículo es un fragmento de “Future Tense”, una colaboración entre la Arizona State University, New America y Slate