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Guillermo González Camarena, inventor de tiempo completo

Este año se cumplió un centenario del nacimiento de uno de los científicos e inventores mexicanos más relevantes de la historia: Guillermo González Camarena.

Este año hemos recordado el natalicio de un peculiar mexicano: inventor cuasi autodidacta, fino humorista, mago, hipnotista, aficionado a la música, Guillermo González Camarena. A propósito de la publicación de su biografía Fábrica de colores (FCE, Col. La Ciencia para todos), los organizadores de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara han querido culminar los actos conmemorativos con un homenaje al ilustre jaliciense el viernes 1 de Diciembre.

Para mí, interesado en la fusión de las culturas humanista y científica, fue apasionante internarme en la vida y obra de alguien que estuvo a punto de convertir a México en una potencia mundial de televisión a color y en alta definición. Como muchos, yo sabía realmente poco de su verdadero aporte a las telecomunicaciones del siglo XX y nada de su talento versátil y personalidad carismática, así como del caracter precoz, lleno de una rara mezcla de sensatez y atrevimiento. Su trayectoria es, en cierta forma, una metáfora del devenir nacional, salpicado de actos sorprendentes, heroicos, seguidos por tragedias periódicas. México parece un foro que, por azares del destino, cada vez que sus actores están a punto de despuntar y enseñar todo su potencial, el tinglado se cae. Guillermo murió de manera inesperada en un accidente automovilístico en 1965, cuando el país se preparaba para mostrar al mundo que podía transmitir sus Olimpiadas. Ante su ausencia el tinglado se derrumbó y se perdió preponderancia en ese campo de la tecnología.

Guillermo nació en febrero de 1917, doce días después de que Venustiano Carranza promulgara la Constitución que aún nos rige. Pertenece a la generación encargada de consolidar el nuevo país luego de los años revolucionarios. También forma parte del selecto grupo de inventores alrededor de un fenómeno enigmático y maravilloso, el electromagnetismo, que transformó la vida de miles de millones de personas.

Podemos rastrear su inicio a finales del siglo XVI, momento en que William Gilbert inició la ciencia eléctrica. Alrededor de 1665, Robert Boyle realizó aportaciones fundamentales en cuanto a la conducción en un medio vacío. En ese entonces Otto von Guericke inventó un primitivo generador electrostático, si bien sería hasta un siglo más tarde, en el XVIII, cuando se podrían construir máquinas potentes y confiables. Así nace la nueva ciencia de la electricidad, palabra que sir Thomas Browne utilizó por primera vez en su libro Pseudodoxia epidemica de 1646, aunque el término electromagnetismo data de 1641, pues en su obra Magnes Athanasius Kircher intitula así un capítulo: “Electromagnetismo, o sobre el magnetismo del ámbar, las atracciones eléctricas y sus causas”. Franklin, Tesla, Edison, Hertz y Marconi se fascinaron de igual manera por dicho fenómeno.

La memoria fotográfica de Guillermo le permitió desde muy temprana edad desarrollar su talento en este antiguo campo del conocimiento ahora en auge. A los siete años diseñó y armó una alarma para avisar de los temblores de tierra y una pequeña fábrica de hilos, en la que un carrete mayor distribuía el hilo a diversos carretes más pequeños. Los vendía a un centavo entre sus familiares. Pudo haber pedido más dinero, pero la desmedida ambición metalizada nunca lo sedujó. Con sus manos construyó, a los quince, un primer transmisor de radio y su primera cámara de televisión a los diecinueve. En 1936, quien tuviera el dinero y el conocimiento podía encargar por correo a la casa matriz de RCA Victor en Nueva Jersey un tubo iconoscopio, antecedente primitivo de la televisión, el cual sólo llegaba acompañado de un diagrama de conexiones. El resto tuvo que conseguirlo y fabricarlo por sus propios medios. Se aseguró, sí, de que sus seis innovaciones alrededor de la transmisión y recepción de televisión cromática le fueran reconocidos, por lo cual tuvo que pelear desde la primera en los tribunales de los Estados Unidos.

Buscó siempre buen financiamiento para mantener sus laboratorios Gon-Cam como una incubadora tecnológica, a donde acudían muchachos ansiosos de aprender. Años más tarde crearía la telesecundaria e instalaría en México y en los Estados Unidos diversos equipos cromáticos de alta definición en circuito cerrado para su uso en escuelas de medicina, de manera que más estudiantes pudieran observar con detalle, como si estuvieran en la misma sala de operaciones. Por ello recibió el reconocimiento de inventores ilustres, entre ellos Lee de Forest, creador a principios del siglo XX del tubo de vacío llamado triodo, pieza fundamental para la amplificación correcta de señales eléctricas utilizadas en la radio, de manera que se produjeran ondas que no resultaran en chispas, como sucedía entonces. De Forest, quien introdujo el sonido al cine, vino al sótano de la casa de Guillermo en la Ciudad de México, donde se hallaban instalados los laboratorios Gon-Cam, y expresó su beneplácito por haber conocido a un genuino innovador.

Con sus hijos y los hijos de amigos creó el Club de la Terrible Pesca del Ajolote. Su incipiente ambientalismo le decía que esta curiosa especie endémica estaba en riesgo de extinción, así que algunos fines de semana, junto con una banda infantil, transportó ajolotes a los diversos lagos alrededor del valle de México con la esperanza de verlos proliferar. Guillermo volcó sus convicciones en su propia banda de transmisión, pues se había tomado la molestia de registrarla: XHGC, canal 5, cuya magia iniciaba cada mañana con el fin de saludar la existencia, la niñez, la naturaleza, las culturas autóctonas, la historia. Su logotipo era el dios del viento, Ehécatl, quien esparce las ondas hertzianas por el espacio.

No sólo fue un candoroso empresario de televisión en una época ingenua y primitiva de este medio, sino también un serio aficionado a la astronomía, a la música, a provocar ilusiones ópticas para hacer reír. El connotado mago Chen Kai admiraba sus trucos. Numerosos testimonios aseguran que, en un restaurante, era capaz de detectar a vuelo de pájaro quién era sugestionable y posible “víctima” de sus habilidades como hipnotista. Su prestigio llegó a la Luna cuando, en forma póstuma, la NASA eligió su sistema bicromático simplificado para realizar las transmisiones a la Tierra del Apolo 11 por primera vez en color.