artículo no publicado

El Quijote científico

En la España del siglo XVII comenzaba a crecer un interés en matemáticas, astronomía y medicina. La obra de Miguel de Cervantes no era ajena a ese "universo todo".

Si bien en la España del siglo XVII no había prisa por adoptar los conceptos progresistas que enarbolaban cofradías como la Accademia del Cimento (Academia de la Experimentación), fundada en 1657 por alumnos de Galileo Galilei, existía una tradición subyacente al menos en matemáticas y astronomía, heredada de la colonización árabe y la presencia judía. En un diálogo entre dos personajes secundarios de El Quijote, Anselmo y Lotario, este último dice:

–Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles, inteligibles, demostrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar...

También las ideas en medicina y salud pública, en astronomía (respecto de la mecánica celeste, acerca de si las estrellas pueden influir en nuestras vidas) o en tecnología (con la aparición de novedosos artefactos domésticos e industriales) estaban permeando con mayor o menor rapidez e intensidad en Europa, incluso el Nuevo Mundo. La alquimia había fracasado al ser incapaz de transmutar los elementos, dando paso a una incipiente química de los materiales.

Una obra como El Quijote no quedó fuera de este “universo todo”. De hecho, ese parece ser el verdadero motivo del autor. En cierta forma importan menos las aventuras del ingenioso hidalgo y su escudero. El alcance de la novela son los confines de la realidad, allí donde la imaginación se disuelve en un supuesto hipotético y persiste mediante el raciocinio. Alonso Quijano es un pescador que sale cada mañana en busca del tesoro perdido, la razón. Cervantes sabe que su personaje debe ir “armado” de conocimiento y humor, dos instrumentos más letales que el arcabuz y la artillería. Así, en el Libro II afirma:

... debe ser astrólogo, para conocer por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en qué parte y en qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad de ellas.

Quizá el autor se está recordando a sí mismo que saber algunos trucos matemáticos puede ampliar o incluso intensificar su experiencia narrativa. En el mismo diálogo antes citado Lotario concluye así su perorata:

... como cuando dicen (los moros): `Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales´. Y, cuando esto no entiendan de palabra, como en efeto, no lo entienden, háseles de mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos y, aun con todo esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra religión.

Según nos ilustra el catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, Manuel Alfonseca Moreno, puede traducirse de la siguiente manera: “Si a = b, entonces a-c = b-c”.

Alonso Quijano tampoco parece ignorar la obra de Claudio Ptolomeo y el tratado de la esfera (el globo terráqueo) de Johannes Sacrobosco, los dos autores más estudiados en las universidades europeas y de América, es decir, en la Real y Pontificia Universidad de México, la única que ofrecía cursos en la capital de la Nueva España, y cuyos textos eran conocidos por quienes sabían leer en aquella época. Su tendencia a la melancolía no le impide levantar con frecuencia la mirada al cielo, pues si ha de surcar la bóveda celeste en un barco encantado tiene que saber a qué ha de enfrentarse, so pena de perderse junto con su fiel acompañante.

Según el magnífico compendio de José Manuel Sánchez Ron, La Ciencia y el Quijote, vale la pena recordar que durante el reinado de Felipe II se llevó a cabo la primera expedición científica moderna, bajo la supervisión del naturalista Francisco Hernández, así como la institucionalización del laboratorio químico y la botica en El Escorial, sin olvidar las colecciones de especies animales de Aranjuez. En este ambiente creció Cervantes y escribió su obra, un mundo en el que las teorías aristotélicas sobre la materia y la energía comenzaban a perder fuerza, la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra también empezó a ser desechada y las indagaciones de William Harvey en cuanto al funcionamiento del cuerpo humano se impusieron sobre los supuestos de Galeno.

Echando mano del humor, Cervantes hace mofa de los médicos de la época, incapaces de atreverse a estudiar las nuevas ideas sobre fisiología y anatomía. Eso no quiere decir que el pasado medieval, poblado de seres fantásticos y “pequeñas” creencias paganas incrustadas en el vago y enorme cristianismo de la época, esté fuera de la mente del manco de Lepanto. Por eso no basta con la poesía, el teatro o el ensayo. Para representar este fragor de ideas, sentimientos y formas de mirar el mundo alrededor hace falta la novela, y Cervantes la inventa. Su primer personaje es un testigo que está despertando de un largo, obscuro y caótico sueño. El asunto es el “universo todo”.