artículo no publicado

Los latidos del mundo. Diálogo, de Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk

Todos ustedes saben quiénes son Peter Sloterdijk y Alain Finkielkraut, así que iré directo a este diálogo que fue publicado en francés en 2003: Los latidos del mundo. Debo decir algo sobre este tipo de libros. Me encantan las entrevistas, esos diálogos asimétricos, y también las obras en las que dos o más encartados conversan sobre esto y lo otro; pero tengo mis dudas respecto a que un diálogo sobre un tema filosófico, literario o político esté por encima de la capacidad de escritura de los dialogantes. Un libro así debe ser producto, creo, de una actitud polémica, traer a escena lo que no se suele decir o se escamotea en lo escrito. Los latidos del mundo es, sin embargo, una conversación distendida que permite a ambos filósofos dar vueltas a la historia de sus ideas y a sus posturas ante las cuestiones palpitantes, como diría doña Pardo Bazán, al fin y al cabo el título señala a una realidad cordial mundana. De hecho, es a la actualidad a la que ambos se aplican intentando ver qué pueden decir al respecto sus filosofías. De formación distintas (Sloterdijk además de filósofo es una suerte de navaja suiza), ambos coinciden en que la filosofía es indispensable, porque media en todo conocimiento. Un tema común a ambos es Israel y el judaísmo, y permea a lo largo de estas páginas. Pero vayamos primero a lo que dicen de sus orígenes. Sloterdijk vivió en la India (en Poona) atraído por la figura de Osho (la generación anterior viajaba a la choza de Heidegger en la Selva Negra). Luego escribió un libro polémico, Crítica de la razón cínica, que suscitó el interés de Habermas. Su antiacademicismo y la crítica de determinadas herencias pensadas de la Ilustración lo conectaron con la juventud y con cierto pensamiento siempre agitado. Es ilustrativo al respecto otro libro de conversaciones, en este caso del mismo Sloterdijk con Carlos Oliveira: Experimento con uno mismo, Pre-Textos). Finkielkraut por su parte comenzó sus andanzas cerca de Pascal Bruckner y Andrés Glucksman, y en el desarrollo de su pensamiento ha tenido una importancia capital la lectura de Emmanuel Lévinas, cuya difusa influencia es perceptible en obras de análisis tan actuales como La derrota del pensamiento o En el nombre del otro.

A diferencia de casi todos los pensadores europeos de los dos primeros tercios del siglo XX, ambos están de acuerdo en que el peso de lo histórico a la hora de entender lo humano ha desnaturalizado la existencia. La tradición hegeliano-marxista consagró la historia (por emplear un término caro a Kostas Papaioannou), y en ambos autores hay una necesidad de devolver a las pasiones lo que la historia se empeña en racionalizar y fechar. En cuanto al pueblo judío, para Finkielkraut se trata de aceptar la normalidad histórica, no la justificación teológica de pueblo elegido. A su juicio, el Estado de Israel (la desterritorialización) no ha sido del todo aceptada, hecho que encubre un cierto antisemitismo: las críticas de los errores judíos no se suele hacer dentro del contexto de pueblos en lucha, sean cuales sean sus faltas, sino como judíos que masacran al otro. Y ahí late, según piensa, un fondo secular antisemita.

“Lo único que nos preserva de la ideología –dice citando a Lévinas–, es la vigilancia de lo general a partir de lo particular”. Ambos apelan a la necesidad de pertenecer a un pueblo, no sólo al Derecho que garantiza mi libertad, mis obligaciones o lo que puedo demandar. Pero la pertenencia al lugar es importante porque el hombre no vive sólo en las abstracciones y reglas generales que, inexcusables, no responden del todo a nuestras necesidades. La liberación en la nacionalidad de todo adjetivo originario es lo que el europeo actual pretende para sí y para los otros, y parece claro que para ambos es necesaria una reinvención del diálogo entre Derechos Universales y ciudadanía: lo universal y lo de aquí, lo abstracto y la memoria. La modernidad ha situado al hombre en el tiempo; toca devolverlo, sin negar su temporalidad, a un espacio habitable, reconocible.

Una y otra vez Sloterdijk nos sorprende con sus imaginativas ocurrencias, con sus libres y sugestivas vueltas a su biografía, y afortunadamente tiene enfrente a Finkielkraut, de personalidad más contenida y pensamiento más ordenado. El genialoide y el pensador sensato. Fiel a su vieja crítica de una herencia de la Ilustración como exaltación de la razón que todo lo ilumina, afirma el pensador alemán que “El día ha invadido la totalidad de las funciones humanas”, lo que se traduce en una falsa descripción de la realidad en que vivimos, algo que ya hizo el intelectual- radicalismo del siglo XX.

Pensar el presente es pensar las respuestas que da Europa a los problemas actuales, es pensar qué significa Estados Unidos (y más –añado– en nuestros días, en plena crisis mundial financiera que, entre otras cosas, está reordenando las capacidades de respuesta de una manera algo novedosa). Frente a la multiplicación de sucesos en la historia de Europa en el siglo XX los americanos perciben que en ellos no pasó nada, afirma Sloterdijk: “fue sólo un siglo de tranquila acumulación de riqueza”; es decir, el verdadero suceso ha sido “la democratización del lujo”, un logro que el pensador alemán defiende porque representa “la más hermosa continuidad del espíritu progresista de los europeos”. Nada de despilfarro, lo que Sloterdjk apoya es el acceso a los bienes de consumo culturales y materiales, en contra del puritanismo de izquierda que ve en este lujo algo indecente. Ese progreso es el que la Revolución francesa demoró contra la evolución en este sentido que ya venía del Ancien Régime. Sin embargo, remacha, los estadounidense han descubierto su miseria interior y América como utopía se desmorona sobre nosotros mismos. El interlocutor francés espera otra cosa de Estados Unidos: a que en su intervencionismo tengan en cuenta lo que Ernst Bloch llamaba “la no contemporaneidad de los contemporáneos” y “no les disputen a los progresistas de todos los países el monopolio de las buenas intenciones, con las que están cubiertos los caminos al infierno”. No voy a agotar en una nota todos los temas de estos sugerentes pensadores, sólo concluir con que más allá de ciertas caídas en la ocurrencia, ambos están a favor, en sus actitudes morales, de ejercer la crítica sin perder de vista la complejidad envolvente de todo problema real. ~