artículo no publicado

La música de la razón

El papel de la música clásica en la formación del nacionalismo alemán, la especie en que mutó el nazismo, se convirtió en una herencia comprensiblemente incómoda. Para disimularla, advierte Michel P. Steinberg en Escuchar a la razón (FCE, 2008), se presentó a la música como un modo de las matemáticas, creación neutra, pura, ajena a la historia y a la ideología. A contra corriente de ese momento analítico, Steinberg, crítico estadounidense asociado a la Fundación Said/Barenboim, ofrece en este libro –subtitulado de manera literal y bárbara, en español, como “Cultura, subjetividad y la música del siglo XIX”– un esfuerzo por devolverle al romanticismo musical su espesor en la historia intelectual de Occidente.

Steinberg recorre algunos lugares, siniestros y fantásticos, en el larguísimo tramo que va de Mozart a Mahler, deteniéndose en Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Wagner, Verdi y Dvorák, entre otros. Escuchando y leyendo las grandes óperas mozartianas (Don Giovanni, Las noches de Figaro, Così fan tutte), el historiador encuentra puesta en escena, por vez primera en la música, a la subjetividad, mundo interior y psicología profunda ajenos a la teatralidad barroca: “cuando Mozart intuye personajes dramáticos en su música está creando personajes, no reproduciendo tipos, como ocurre, por ejemplo, en la ópera seria: la música dice yo: opera en la primera persona del singular.”

A esa “producción” de subjetividad emanada de Mozart se agrega, en el segundo capítulo, el problema impuesto por Beethoven, quien gracias al diseño postrero de Wagner, es una de las figuras más fértilmente contradictorias de la que se tenga memoria crítica: es el genio romántico (compuesto de la vida más la obra) y a la vez la música absoluta. Ningún otro músico tienta más a la manipulación (y de hecho sinfonías y conciertos de Beethoven han “ilustrado” todas las causas) y ninguno permanece más inalterado ante las pasiones, dueño único de su drama. La de Beethoven es una autoridad musical y nacional, política y universal, concluye Steinberg, como ninguna otra.

El capítulo dedicado a Félix Mendelsohn es el que me ha sido más revelador y provechoso en Escuchar a la razón. Menospreciado como un epígono que ocupa la infamada época Biedermeier, sala de espera en una estación provinciana de tren entre la Revolución Francesa y el surgimiento de la nación alemana, el aura mediocritas de Mendelssohn pierde su veracidad si se revisa su redescubrimiento de Bach. Bastaría, desde luego, con ese mérito para garantizar su lugar en la historia de la música. Pero el crítico explica que al sacar a Bach de las iglesias, Mendelssohn no sólo trasmuta lo sacro en lo profano y hace de las misas, las pasiones y de toda la música coral, la materia de la burguesa sala de conciertos. Hace más, mucho más. En buena lid romántica, Mendelssohn suplanta con el arte la religión, y hace posible que agnósticos y descreídos como Cioran –se me ocurre– hayan podido decir que Bach es la única prueba concreta de la existencia de Dios.

En la música coral, concluye Steinberg, en el coro propiamente dicho, subraya, encontraba Mendelssohn el restablecimiento de una comunidad libre de ciudadanos unidos menos por la fe que por la armonía, resolviendo la añoranza –“un Mendelssohn cristiano es una imposibilidad”, decía el compositor– que le provocaba la decisión de su padre de asimilar por completo a toda su familia judía al protestantismo. No en balde Steinberg es autor de Judaism Musical and Unmusical.

Escuchar a la razón continua el análisis casi infinito de la confrontación entre Richard Wagner y Brahms y ante el Requiem alemán, hace la historia moderna de la misa de Requiem, desde que dejó de ser únicamente eclesial hasta su transformación, con Dvorák y Verdi, en un acontecimiento laico, el himno musical a las naciones nacidas entre 1848 y 1918. Se detiene Steinberg en el recuerdo bondadoso que del nacionalismo unificador italiano se tiene gracias a Garibaldi y a Verdi, portavoces de un nacionalismo que ladra (para usar la expresión de Ernest Gellner) y no de uno que muerde, capaz de regresarnos al tránsito que va de Bayreuth al nazismo, motivo inicial de Escuchar a la razón.

Steinberg se ha especializado en la geografía de los lugares musicales, de Bayreuth, el mito que Wagner levantó hasta el festival de Salzburgo. Ante Wagner, el crítico modera y mesura el conflicto irresoluble entre los personajes, por ejemplo, de El anillo de los nibelungoso de El ocaso de los dioses, seres oscilantes entre el estereotipo del judío antisemita y del héroe como joven antisemita. Esa mezcla de genio y vulgaridad propia de Wagner, aleación entre lo barato y lo sublime, hace decir a Steinberg en Escuchar a la razón, utilizando una primera persona un tanto psicoanalizada que interrumpe, para bien, su tono, a veces demasiado académico, teórico: “La parte de mí que oye sufrimiento y grandeza en la música de Wagner me dice que él debe haber sabido todo eso [...] pero así es la lógica del antisemitismo: los padres no abandonan a sus hijos porque son judíos, más bien se hacen judíos porque abandonan a sus hijos. Wagner, Geyer, Mendelssohn, Meyerbeer: todos son padres, abandonadores, y por lo tanto judíos en el antisemitismo fantasmático de Richard Wagner.”

Es éste la clase de libro que, además, satisface la pasión del melómano por escuchar: haciendo historia intelectual, Steinberg nos invita a oír de nuevo no sólo Don Giovanni, sino el concierto para piano número 4 de Beethoven, la obertura Las Hébridas, de Mendelssohn o Boris Godunov, de Musorgski.

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)

Felix Mendelssohn