artículo no publicado

La casa de Lim

En 1911 alrededor de trescientos chinos fueron asesinados en Torreón. Tradicionalmente se ha exculpado a la sociedad lagunera de la masacre, pero nuevas investigaciones apuntan a la xenofobia aún presente en la región.

Forget it, Jake. It’s Chinatown.

Chinatown (Roman Polanski, 1974)

La antigua casa de campo del doctor Walter J. Lim es un chalet de tejados color verde y muros de ladrillo rojo intenso. Los ladrillos adquieren una tonalidad profunda porque las juntas fueron delineadas con empaste blanco. El techo es curvo y parece derramarse como una ola esmeralda sobre un jardín en el que habitan, al lado de naranjos y toronjos más jóvenes, dos moreras centenarias. Estos árboles, tal vez emparentados con otros de la misma especie que hay en el bosque Venustiano Carranza, al oriente, donde hace muchos años prosperaron huertas chinas, dan testimonio de un anhelo empresarial: la intención de convertir en productora de seda a una comarca famosa por sus cultivos de algodón. No hubo tiempo de hacerlo. Seis meses después de iniciada la Revolución mexicana, los maderistas entraron a esta finca y violaron a la mujer encargada de cuidarla. Luego una turba intentó linchar a Lim frente a la plaza del 2 de Abril pese a que el médico portaba en el antebrazo izquierdo un distintivo de la Cruz Roja. Walter J. logró salvarse para narrar, meses después, su versión del pequeño genocidio perpetrado en Torreón entre el 13 y el 15 de mayo de 1911. No todos sus compatriotas corrieron con la misma suerte: alrededor de trescientos inmigrantes chinos fueron asesinados, mutilados, desvestidos y saqueados. Sus cadáveres terminaron en una fosa común cavada bajo las órdenes de un inglés junto al muro exterior de la Ciudad de los Muertos. Otros acabarían al fondo de las norias del rumbo de El Pajonal.

–El doctor nunca fue cónsul ni encargado de negocios del imperio –aclara Silvia Castro: una mujer delgada, entrecana y aguileña–. Era líder de la comunidad china local, que es muy distinto. Para la época en la que ocurrió la matanza, ya había tomado incluso la nacionalidad mexicana.

Estamos a las puertas del Museo de la Revolución, del que la maestra Castro es directora. Es decir, a las puertas del chalet que fuera propiedad de Lim a principios del siglo XX. Hace décadas que el edificio se halla en plena ciudad, a diez minutos en taxi del centro histórico de Torreón, en medio de un distrito comercial y habitacional de clase media.

–Esta no era su casa –añade Silvia–. Él sí era el dueño pero no vivía aquí. La quinta la cuidaba Ten Yen Tea, su cuñado. La hermana de Lim, que es la única mujer china de la que hablan los archivos, estaba acá en compañía de sus hijos cuando llegaron los rebeldes. Cuenta el doctor que apuntaron con rifles a la niña mayor para obligarla a decir que se casaría con ellos. Luego echaron a todos a la calle y saquearon la propiedad. Los Ten se refugiaron en casa de un señor apellidado Hampton.

Entramos al vestíbulo, apenas un pasillo muy corto y oscuro. Un óvalo de cerámica empotrado a la pared aclara que

Esta casa fue construida por el doctor J. Wong Lim. Posteriormente fue adquirida por la Compañía Explotadora de Bienes Raíces, s.a. Luego, y según algunos testimonios, funcionó como prostíbulo. Más adelante perteneció a Ignacio Berlanga García y después a Carlos Valdés Berlanga y a su familia. Finalmente pasó a manos de don Ramón Iriarte Maisterrena, quien la donó durante los festejos por el Centenario de Torreón para que albergara el Museo de la Revolución.

Me divierte la parodia de las genealogías bíblicas que el cartel consagra a la propiedad privada, y es curioso que el texto llame al dueño original “J. Wong Lim”: todos los documentos que conozco, incluso un anuncio de periódico donde el facultativo promueve su consulta y un tónico milagroso contra el alcoholismo, lo presentan como “Walter J. Lim”, “Sam Lim” o “J. W.”: adaptaciones anglosajonas de su nombre. Es un detalle sin importancia y un guiño del tiempo que permite atisbar cuán teñido de tradición oral llegó a nosotros el relato de la masacre.

–¿Quiere un té? –pregunta Silvia.

Acepto.

Nos dirigimos a su oficina, un pequeño edificio independiente ubicado en el traspatio del precioso chalet. Conversamos. La maestra me hace un resumen del libro Tulitas of Torreon, me muestra imágenes de la época revolucionaria captadas por H. H. Miller, me permite digitalizar un ejemplar de The Torreon Enterprise que conserva enmarcado sobre su escritorio, me concierta una cita con Ilhuicamina Rico, historiador local que ha escrito sobre el movimiento magonista en La Laguna...

–Mire –dice girando hacia mí la pantalla de su computadora–: así es como se veían las turbas de menesterosos captadas por la lente de Miller la víspera del asalto.

La fotografía muestra un conjunto de carretas en formación dizque militar. No hay armas a la vista. Los vehículos parecen cuerpos de gigantes acuclillados y desnudos. La madera está podrida. Los personajes –hombres y mujeres– lucen paupérrimos.

–Fueron ellos quienes atacaron a los chinos –asegura Silvia–. Formaban una troupe de pícaros que seguía a todas partes a los ejércitos revolucionarios con la abierta intención de consagrarse al saqueo tras la batalla. La mayoría ni siquiera eran de aquí. Como apunta Juan Puig al final de Entre el río Perla y el Nazas, la del 15 de mayo fue una tragedia espontánea perpetrada por una masa popular anónima que desahogó su frustración sobre un grupo particular de inmigrantes por considerarlos demasiado diferentes. Poco o nada tiene que ver lo sucedido con un acto de xenofobia perpetrado por los laguneros.

Palabras más o menos, y a excepción del doctor Sergio Corona Páez, cronista oficial de Torreón, esa es la opinión de los historiadores mexicanos. Es una tesis plausible y, a la vez, una muy conveniente para la idiosincrasia torreonense, la burguesía nacional y los anales de la patria. Es una tesis con la que no estoy de acuerdo y cuyos argumentos me propongo rebatir.

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La primera referencia data del 16 de mayo de 1911. Uno de los sobrevivientes se las ingenió para huir de Torreón, donde la línea telegráfica había sido cortada, y se trasladó a Monterrey o a Saltillo, desde donde envió a Ciudad Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras) un cable dirigido al empresario Wong Chan Kin narrando el pequeño genocidio. Kin compartió a su vez la información a Shung Ai Süne, encargado ad interim de negocios chinos en la ciudad de México, y este alertó por último al agonizante régimen porfirista. Tanto la prensa nacional como la extranjera ignoraron la noticia hasta el 22 de mayo. Semejante dislate no tendría explicación si no fuera por el balde de pólvora que se derramaba a través de los pulmones del país.

A mediados de mayo de 1911 se fraguó, al margen de las efemérides, la defenestración de Porfirio Díaz, ese extraordinario estadista que tuvo la ilusión de que la modernidad podía introducirse en un país mediante estructuras metálicas, inmigración de gente rubia y cargas de caballería sobre la población civil. El 8 de mayo, un ejército de cerca de 2,500 hombres comandado por Francisco Villa, Pascual Orozco y Francisco I. Madero puso sitio a Ciudad Juárez. El 13, las tropas irregulares de Durango y Coahuila asediaron Torreón comandadas por Emilio Madero y Jesús Agustín Castro, un extranviario de veintitrés años. Ese mismo día, Emiliano Zapata cercó Cuautla y puso en jaque a las tropas de Victoriano Huerta, quien no se atrevió a combatir a campo abierto por miedo a dejar desamparada la capital del país. Juárez cayó el día 10. Torreón, el 15. Cuautla –luego de una semana de tremendos combates–, el 19. Aunque se trató más de una coincidencia que de un evento coordinado por los insurrectos, perder simultáneamente esas tres batallas les costó el régimen a los Científicos. Para el 22 ya no existía el antiguo gabinete, y la renuncia de Díaz –efectiva a partir del 25– era cosa de trámite.

Fue ese 22 de mayo cuando se publicó la noticia: en Torreón, las tropas maderistas habían asesinado –se computaba entonces– a doscientos veinticuatro chinos y siete japoneses (al final la cifra oficial sería de trescientos tres). Una buena cantidad de notas aparecieron en la prensa estadounidense, mexicana y china. La cobertura extranjera –muchas veces errónea: The New York Times afirmó que el doctor Lim había muerto– condenó los sucesos. La prensa mexicana se debatía entre una indignación histérica y evidentemente porfirista, una defensa a rajatabla del maderismo –cuya estrategia fue desde el principio culpabilizar a las víctimas acusándolas de combatir en forma armada al ejército revolucionario–, y un humorismo cínico y racista que minimizaba la barbarie arguyendo que, después de todo, tampoco es que la vida de un chino valiera lo mismo que la de un mexicano.

Se ordenaron cuatro investigaciones.

La primera, promovida a finales de mayo por Emilio Madero, recayó en la persona de Macrino J. Martínez, un revolucionario torreonense que, sin mayor trámite académico y sin currículum que avalara su trayectoria, recibió el nombramiento de juez militar. La segunda fue dirigida por Jesús Flores Magón y fue superficial y lenta; apenas si vale la pena hablar de ella. La tercera, comisionada en agosto por la Secretaría de Relaciones Exteriores, fue dirigida por Antonio Ramos Pedrueza, prestigiado jurista y diputado de la XXV Legislatura –la última de don Porfirio–. La cuarta investigación, también de agosto, se llevó a cabo a nombre del gobierno chino con asesoría de funcionarios estadounidenses; los comisionados fueron Chang Yin Tang (quien no viajó a Torreón sino que envió a su secretario particular, Owyang King) y los abogados Lewens Redman y Arthur W. Bassett. También se contó con el apoyo extraoficial del juez Lebbeus R. Wilfley, quien fungió como redactor y también como informante personal del presidente Taft.

La investigación –si es que puede llamársele así– de Macrino J. Martínez fue un amasijo de retórica infumable, testimonios falseados y trapacerías diversas cuyo objetivo era exculpar a los soldados maderistas y convencer a la opinión pública de que la colonia china había atacado primero al Ejército Libertador de la República.

El documento de Flores Magón sería el más tardío de todos: se concluyó en diciembre de 1911. Daba cuenta de diez órdenes de aprehensión contra presuntos culpables.

El informe de Ramos Pedrueza, fechado en septiembre, no solo es una importantísima fuente histórica; es también la principal fuente ideológica de las tesis que los historiadores mexicanos sostienen sobre la masacre, una lectura jurídicamente concienzuda que se atiene a los hechos pero que ignora las circunstancias contextuales y recurre al expediente antropológico y al enigma de la violencia perpetrada por una masa anónima (una “ley psicológica”, dice Ramos) para dar a los hechos una explicación que no involucre a la gente decente. Es una interpretación que guarda silencio sobre el racismo en México, tan eficiente y en boga durante el porfiriato; ignora la animadversión de las autoridades coahuilenses, que condenaron pública y oficialmente la inmigración china desde 1882; y, sobre todo, pasa por alto la xenofobia de algunos miembros de la burguesía torreonense de la época, cuyo sentimiento antichino está más que documentado.

La indagación del gobierno oriental desembocó en un pequeño informe que fue publicado como folleto bilingüe inglés/español y se imprimió en un papel mucho más bonito que el de cualquiera de los reportes nacionales. No es un documento tan prolijo como el de Ramos Pedrueza (cita quince testimonios, ninguno de los cuales es incluido en forma directa) pero reúne las anécdotas más vívidas y crueles de la matanza.

Paulatinamente, el gobierno federal integró un expediente de cuatro legajos (miles de páginas) que incluye artículos periodísticos publicados en México, Estados Unidos, China, Japón y Argentina; los oficios y telegramas entre distintas instancias oficiales, algunos de ellos escritos en un hilarante lenguaje cifrado; la correspondencia diplomática entre México y la legación china; los informes emanados de las comisiones investigadoras; y los engorrosísimos trámites para establecer el monto y las fechas de pago de una fallida indemnización a favor del imperio celeste. Los papeles se acumularon hasta 1934, año en que la sinofobia personal de Plutarco Elías Calles adquirió dimensiones de política exterior y sepultó cualquier esperanza de arreglo. Los papeles se encuentran en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la ciudad de México.

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Sergio Corona Páez, cronista oficial de Torreón, es uno de los pocos activistas interesados en reconstruir las verdaderas circunstancias del crimen. En 2011 impulsó a través del ayuntamiento un acto de desagravio: redactó una disculpa histórica que entregó públicamente a una misión diplomática china invitada a la ciudad. En el mismo acto, una placa luctuosa se colocó en un muro del edificio conocido como Banco Chino y la efigie en bronce de un hortelano cantonés se instaló en el bosque Venustiano Carranza.

En el otoño de ese mismo año, Sergio Corona fue duramente impugnado en su carácter de cronista oficial por un pequeño grupo de torreonenses. La placa conmemorativa desapareció del Banco Chino. Más tarde, la policía municipal encontró el busto del hortelano derrumbado sobre el césped, rodeado de moscas, orín y basura. Me confió Silvia Castro que el alcalde en turno tuvo la cortesía de regalar esta pieza a don Manuel Lee Soriano, presidente de la Unión Fraternal China local. Dicen –no he podido constatarlo– que don Manuel conserva la escultura en su casa: lejos de la vista de una sociedad liberal, abierta y migrante que todavía hoy se niega a reconocer ante sí misma lo que le sucedió a la colonia cantonesa entre el 13 y el 15 de mayo de 1911.

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La matanza de chinos de Torreón es un episodio revelador y soterrado de la Revolución mexicana, y no podría decirse que el nulo (re)conocimiento histórico que hay de ella se deba a falta de testimonios: entre 1911 y 1934 circularon, tanto en México como en el extranjero, distintas versiones orales e impresas. Son varios –no diría que muchos– los académicos que se ocuparon del tema entre 1979 y 2012. Si leyera en términos borgesianos, diría que es algo que quiere ser contado: cada pocos años se niega a morir.

Al mismo tiempo, distintas pulsiones sociales –incluyendo, curiosamente, a los actuales chinos de Torreón– han hecho todo lo que estaba en su poder por desleír el relato. De ahí que resulte difícil acceder a sus claves más sutiles.

Me enteré cuando era niño. Me lo refirió Julián Jiménez Macías, un chico proveniente de La Laguna que cierta noche de Halloween, mientras pedíamos “dulce o truco” por las calles oscuras del Barrio del Alacrán, me abrió la cabeza de una pedrada a causa de un lío de faldas precoz. A manera de castigo y por orden de sus padres, mi tocayo acudió dos o tres tardes junto a mi lecho de convaleciente. Procuraba resarcirme del descalabro con la crónica de partidos de futbol llanero, páginas de la nota roja y antiguas historias de cadáveres. En la versión que él contaba, el homicida de los chinos habría sido un fantasma legendario: Pancho Villa.

Cualquiera que escriba sobre la matanza de chinos tendrá que recalcar en algún momento, no sin impaciencia, que Francisco Villa no pudo participar en ella; estaba muy ocupado tomando Ciudad Juárez, a más de mil kilómetros de los hechos. Pero, por más que uno lo repita, la vox populi se impone: todo mundo en las calles de Torreón te dirá que fue Villa quien ordenó la masacre. Esto tiene cuando menos dos lecturas. La primera corresponde al proceso de economía narrativa que incorpora la historia a la tradición oral: Villa tomó Torreón dos años después de los linchamientos, y esa segunda batalla marcó el debut de su División del Norte, tal vez el cuerpo militar más famoso de la revolución. Esto es lo que permaneció, entremezclado con el trauma social del genocidio, en la memoria colectiva. La segunda lectura es más aventurada y compleja. Se busca un chivo expiatorio traído de otra región porque a los habitantes de la comarca lagunera les cuesta trabajo admitir lo obvio: que los chinos fueron asesinados por un sector de la población local. La Laguna posee un fulgor virtuoso e intoxicante pero también tiene defectos, y uno de ellos es el negacionismo. Por alguna razón, los torreonenses han elegido culpar tradicionalmente de sus desgracias a la gente de fuera. Como sociedad, su habilidad crítica hacia el resto del país es excelsa: no solo inteligente sino ingeniosa, virulenta, cábula y hasta poética: una veta anarquista insufla sus discursos. Su capacidad autocrítica, en cambio, es prácticamente nula.

No pocas veces imaginé que le dedicaría una noche de prosa a esta historia. Tuve el pretexto en 2012, cuando se reeditó Entre el río Perla y el Nazas. Mi intención era hacer una reseña; tres cuartillas máximo. Pronto descubrí que tenía demasiada información y, sobre todo, demasiadas opiniones encontradas. Me tentó la idea de emprender algo más largo a partir de Entre el río Perla... y de otras fuentes. “Será –pensé– un ensayo de entre quince y veinte páginas.” Mientras edito estas líneas, voy en la página 304 de mi libro sobre el tema. ~

Fragmento de La casa del dolor ajeno. Crónica de un pequeño genocidio en La Laguna, libro de próxima aparición bajo el sello Literatura Random House.