artículo no publicado

El invierno árabe

Después del impulso de la primavera árabe parece que la región entra en una temporada cruenta.  

Después de la invasión de Iraq, Siria es sin duda la catástrofe humanitaria más aguda en el Medio Oriente. Los muertos sobrepasan ya 70 mil personas. Los refugiados sirios en los países vecinos se calculan en 1.4 millones de personas, a los que hay que sumar a los desplazados internos. La economía se encuentra colapsada, y en algunas regiones incluso fuera del control del gobierno. Los servicios básicos como la infraestructura de transporte, salud y comunicaciones, se deterioran sin freno.

A casi tres años de iniciadas las protestas armadas, los elementos que desde el principio se temió surgieran se encuentran hoy activamente en el terreno: involucramiento abierto o velado de terceros países (Irán, Turquía, Israel, Líbano, Jordania, monarquías del Golfo, a lo que se suma la inactividad o permisividad de Estados Unidos y Rusia); influjos de armas y militantes –y entre ellos yihadistas asociados con al-Qaeda–, y por si fuera poco, tenaces líneas de división étnicas y religiosas. Sobra decir que los enfrentamientos armados, y la población civil en la línea de fuego, no registran tregua.

Pero Assad se mantiene gracias al apoyo de Moscú, que no encuentra resistencia en la errática y cautelosa estrategia estadounidense, y de Irán y Hezbollah, cuya asistencia han inclinado la balanza militar a su favor.

Ante esta embrollada reunión de factores, todos propensos a generar una conflagración aun mayor, la permanencia de Assad se asemeja más a una solución de corto plazo que al problema que hace tres años representaba. Y este dilema parece replicarse y forjar el futuro de los países que ayer envueltos en las diáfanas aspiraciones libertarias de la primavera árabe, hoy se encuentran ensombrecidos por realidades mucho más complejas y cambiantes.

El caso de Egipto es paradigmático. El mundo entero aplaudió a la valerosa sociedad que con la fuerza de movilizaciones callejeras terminó el reinado faraónico de Hosni Mubarak. Pero hoy en día, el gobierno emanado de la Hermandad Musulmana legisla para controlar protestas populares así como actividades de organizaciones no gubernamentales. El presidente egipcio Mohamed Morsi se mantiene en el poder por el simple hecho de que es todavía capaz de controlar facciones aún más radicales al interior de su propio partido que gustosas prescindirían de su mandato, y esto aligerara tanto las presiones externas, léase Estados Unidos, como las de la misma oposición.

Al este, Libia es un ejemplo fehaciente de como aquellos cambios  desataron fuerzas centrípetas que ahora amenazan la integridad administrativa y territorial del país. En este particular caso, las consecuencias de la caída de Gadafi se han ramificado hasta Mali y Argelia, en donde innumerables armas espoliadas de guarniciones militares nutren las filas de combatientes nómadas –algunos leales a la violenta y retrograda ideología de al-Qaeda– que el férreo régimen del dictador libio mantuvo a raya en la periferia del desierto.

Más allá de circunstancias específicas a cada territorio, existe una confrontación de narrativas. Por un lado, la exigencia legitima e inaplazable de reformas democráticas ligadas a mayores derechos civiles y por el otro, el hecho de que, a decir por la experiencia de años recientes, la transformación súbita de sociedades altamente centralizadas y autoritarias en el mejor de los casos desemboca en situaciones de inmovilidad (Egipto), y en el peor en confrontaciones militares sin solución política aceptable para las partes (Siria) o incluso en el colapso del Estado tendiente a la desintegración territorial (Libia).

El mensaje de la primavera árabe a los gobiernos de la región, pero también para las sociedades que atestiguan como las transformaciones políticas pueden tornarse impredecibles y violentas, pareciera desafortunadamente ser el opuesto a la narrativa enunciada por el presidente Barack Obama en la Universidad de El Cairo en 2009: Eviten las reformas.

En retrospectiva, el ímpetu revolucionario abrió las puertas a fuerzas y tensiones –sociales, políticas, religiosas, étnicas– que por décadas permanecieron reprimidas. Si alguna lección de la primavera árabe puede extraerse es que los gobiernos de la zona ahora muestran una clara aversión al menor asomo de disidencia. No es sorpresa que los regímenes  endurezcan aún más su vigilancia y autoridad en detrimento de las libertades civiles de sus sociedades, como en las monarquías del Golfo.

El modelo de la “primavera árabe” está agotado, y ciertamente los movimientos democráticos inician un periodo de hibernación, una vez confirmado que la cohesión social y el dialogo político no se forjan de un día a otro en las barricadas.

La primavera árabe barrió con la fuerza de un cataclismo gobiernos de naturaleza pétrea, inamovibles. Pero en el porvenir, los procesos de democratización tendrán, en el caso optimista de que sucedan, una velocidad muy distinta, ciertamente un tono más mesurado, medroso acaso. Parafraseando a Nietzsche, en el invierno árabe que se avecina, los pensamientos que modificarán aquella parte de la humanidad serán como pasos de paloma, ciertamente ya no de gigantes.