artículo no publicado

Para combatir el populismo de derecha, la izquierda debe colocar las políticas laborales en el centro de la agenda social

Frente al avance de la extrema derecha, la izquierda debe retomar la iniciativa donde mejor lo sabe hacer: creando y fortaleciendo instituciones que promueven la solidaridad y la inclusión.

En las últimas décadas la izquierda ha buscado disputarle el balón a la derecha en su cancha. No le ha ido muy bien. El ejemplo más claro es el fracaso reciente de los experimentos políticos basados en el populismo a la Laclau. Como sucedió con el colapso del socialismo realmente existente, será necesaria una amplia discusión para entender hasta qué punto el problema es intrínseco al modelo, a su ejecución o a una combinación de ambos. La teoría populista de Laclau es compleja y presupone varios momentos de deliberación democrática y articulación horizontal entre actores políticos, pero culmina en un instante de máxima polarización entre el pueblo y su némesis. En la práctica, se suele obviar la discusión y articulación de demandas en favor de una rápida polarización a través del discurso maniqueo.

Dejando a un lado por el momento -pero no olvidando- los problemas éticos de este procedimiento, hay que empezar por lo evidente: la extrema derecha ha sido históricamente mejor practicante de la política divisionista y excluyente. La campaña del Brexit en Gran Bretaña y la candidatura de Donald Trump deberían ser un espejo para los populistas de izquierda. La manipulación de la angustia económica y los agravios legítimos de los trabajadores alimenta el resentimiento contra los sectores más desfavorecidos y vulnerables: inmigrantes y miembros de minorías étnicas, obliterando la posibilidad de alianzas entre diferentes segmentos de la clase trabajadora y encumbrando gobiernos autoritarios, cuando no francamente fascistas. Toda apelación al “pueblo”  y “la nación” se desliza siempre en el hielo quebradizo del purismo nacionalista.

Por otro lado, si bien la postmodernidad nos ha mostrado que el conocimiento de la realidad es contingente y contextual, la versión vulgarizada de esa enseñanza pretende que no existen criterios para determinar la veracidad de los juicios. Como resultado, el lenguaje es puro performance y la comunicación es solo hermenéutica. En este espacio también la derecha nos lleva años luz de ventaja. Se ha señalado hasta la saciedad cómo en el universo discursivo de Donald Trump, el único elemento que no tiene cabida son los hechos. Las estadísticas muestran que los inmigrantes comenten menos actos ilegales que las personas nacidas en Estados Unidos, y Trump afirma sin empacho que los mexicanos con “violadores y criminales”. La economía estadounidense goza de relativa salud en este momento, pero el magnate afirma que el país está al borde del abismo financiero. La lista es inmensa.

Cuando la izquierda juega exitosamente en ese campo minado de insustancialidad del discurso y polarización extrema, el resultado es la Venezuela del caos y la hiperinflación o la Revolución Cultural china. Cuando lo intenta, pero le sale mal, se parece más al movimiento de López Obrador: anquilosado e ineficaz, pero capaz de obstaculizar el surgimiento de un polo político verdaderamente progresista. ¿Cuáles son las alternativas?

Una de ellas es volver a colocar lo laboral en el centro de la agenda social. Hace un par de meses, tuve la oportunidad de colaborar en la organización de una reunión amplia de dirigentes sindicales e intelectuales de Europa, Canadá y Estados Unidos para analizar el ascenso del populismo de la derecha y las posibles respuestas. La reunión inició con una honesta autocrítica sobre la responsabilidad de muchas organizaciones sindicales por haber seguido acríticamente los virajes neoliberales de sus aliados socialdemócratas, lo que los alejó de las bases trabajadoras. Como resultado, los populistas de derecha encontraron terreno fértil entre trabajadores frustrados por la pérdida de empleos y protecciones sociales, así como por su desamparo político.

Al tiempo que se reivindicó la crítica radical a los modelos económicos con base en la desregulación de los mercados y la reducción de la seguridad social, se insistió en un punto fundamental: a diferencia de la socialdemocracia partidista –que entiende la lucha contra la desigualdad como un asunto exclusivo de políticas de estado–, ahora se plantea un énfasis en combatir la desigualdad desde el momento en que se produce la riqueza, no solo por medio de políticas redistributivas.

Las organizaciones horizontales de trabajadores (incluyendo las múltiples ocupaciones que escapan al modelo industrial de la negociación colectiva, pero que no por ello están exentas de los mismos problemas que aquejan al resto de la fuerza laboral: largas jornadas de trabajo, bajos salarios, condiciones de explotación) deben estar en el centro de toda agenda contra la desigualdad. Esto plantea un gran reto para el viejo sindicalismo, sobre todo en su disposición para participar en la arena política con voz y agenda propia y adaptar sus estructuras para dar cabida a trabajadores inmigrantes, autoempleados, en empleos precarios, etcétera. Sin embargo, es alentador ver cómo las voces por la reforma y la amplitud de miras empiezan a ser mayoría en varios países.

Frente al avance de la extrema derecha, la izquierda debe retomar la iniciativa donde mejor lo sabe hacer: creando y fortaleciendo instituciones que promueven la solidaridad y la inclusión, proponiendo una alternativa económica que dignifique las condiciones de vida y trabajo de quienes producen la riqueza.