artículo no publicado

Sergio Pitol (1933-2018)

Se nos ha ido Sergio Pitol. Así, con el pronombre reflexivo. Se nos ha ido, nos lo ha quitado la implacable muerte, aunque hacía tiempo una indigna enfermedad lo había borrado de la vida pública. El inconmensurable Pitol ha dejado de existir, no su enorme contribución a la literatura en lengua española. Infinita, tan solo si nos quedáramos –pacatos– con sus tantas traducciones que lo mismo nos permitieron leer a Conrad que a las literaturas eslavas o a Henry James. Cuando, en 1982, reunió sus cuentos por primera vez en Cementerio de tordos, a los escritores de mi generación se les reveló uno de los más finos prosistas de nuestra lengua. Lo leímos subrayándolo, canibalísticamente. Él así lo pensaba también: “He sido un amante de la palabra, he sido su siervo, un explorador sobre su cuerpo, un topo que cava en su subsuelo; soy también su inquisidor, su abogado, su verdugo. Soy el ángel de la guarda y la aviesa serpiente, la manzana, el árbol y el demonio.” Si ya con El desfile del amor (1984) había logrado una novela a la altura de Farabeuf, Pedro Páramo o La región más transparente, con El arte de la fuga (1996) se convertiría en nuestra guía moral, en nuestro miglior fabbro. Pitol: el hermano mayor, el erudito humilde. Lo conocí en 1991 en un elevador –el hotel Majestic, un día antes de salir rumbo a Michoacán con otros escritores– y luego nos tratamos mucho. Alguna vez lo escuché conversar cinco horas con Álvaro Mutis sobre James y Dickens. Se referían a los personajes de las novelas como si se tratara de compañeros de primaria. Era conmovedor sentir que para ellos la literatura era siempre vida, no libros. Aunque hayan sido los libros los que le salvaron la vida durante su infancia en la hacienda de Potrero, huérfano, enfermo y con la hermana muerta. Aunque hayan sido los libros y la palabra a lo que haya dedicado una vida entera. Aunque haya sido la palabra la que irónicamente lo hubiese abandonado en los últimos días de una vida señera.

Pitol –que había hecho del desplazamiento su estética– fue un escritor no de paisajes, sino del desmonte y la deconstrucción del paisaje que influye en sus personajes. Action is subordinated to character era una línea que podría haber suscrito, invirtiendo la idea de su amado Stevenson. Pitol nunca pontificaba; le repelía esa debilidad de carácter, pero opinaba con su enorme cultura, con su cosmopolitismo a prueba de fuego. Había vivido fuera del país veintiocho años y algo sabía del mundo. Con la ironía que lo caracterizaba, podría haber dicho también, al lado de Unamuno: “El mundo es como Bilbao, pero más grande.” No usaba su ciudadanía universal para dar lecciones, sino para compartir experiencias. Únicamente de la vida nace la vida, no de las ideas y para él toda idea estaba supeditada a la narración. “Como Tolstoi –cuenta en El arte de la fuga– puedo solo escribir sobre lo que he vivido. Mis narraciones han sido un cuaderno de bitácora que registra mis movimientos. Un espectro de mis preocupaciones y momentos felices y desafortunados, lecturas, perplejidades y trabajos.”

Pitol no rehuyó de la autobiografía e incluso la aparentemente banal descripción de su modo de vida en Xalapa, cerca de sus libros, su música y su perro Sacho, fue materia literaria. “Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios.” El arte de la fuga no revela a un hombre que se ha cansado del viaje, sino a alguien que se ha detenido para escucharse, aunque sepa que detrás de él solo existe el misterio. La literatura, afirma una y otra vez, es una conquista del espíritu, del citoyen moral –el hombre tolerante– al que tanto apeló. De ese modo, la relación del escritor con el poder es siempre un malentendido insoluble, una traición del pacto entre el hombre y la palabra a la que alude. Y la traición a la literatura puede ser terrible: “Cuando se le hace trampas, cuando siente que se la utiliza para usos espurios, su venganza suele ser feroz.”

Pitol describe al novelista como “alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan solo un par de adjetivos, o el nombre de una planta. Esas características y unas cuantas más hacen que su vida mantenga una notable semejanza con la de los dementes”. Esa imagen es inseparable del oscuro hermano gemelo que leyó en Faulkner, el esquizofrénico que se presta como médium, pero también del que escucha. Pienso que ahora, mientras escribo este obituario, me parezco a Pereira, el personaje de la novela de su querido Antonio Tabucchi, y admito que no tengo palabras suficientes para reconocer mis deudas con el maestro. O la generosidad del amigo que leía los manuscritos de un joven escritor y por teléfono le hacía toda suerte de comentarios. “Si el personaje está en Bolonia, solo puede ser cónsul, porque es un puerto”, me recriminaba con precisión de diplomático. Lo imaginaba del otro lado de la línea con su mirada pícara, los ojos brillantes, húmedos de ironía. Incluso por teléfono era patente su cortesía infinita, la misma que, en los viajes en los que coincidimos, le hacía cambiarse hasta tres veces de ropa. Se lo hice ver una vez en Xalapa, cuando –ya con neblina y cambio de temperatura– bajó a cenar vestido de tweed y gorra. “Soy un personaje de Chéjov, Pedro”, se disculpó. Lo recuerdo interrumpirse y reír a carcajadas. Es esa risa descomunal, inteligente, la que me impide ahora llorar su pérdida y prefiero abrir por enésima vez su Nocturno de Bujara: “Le decíamos, por ejemplo, que al anochecer el aleteo de los cuervos lograba enloquecer a los viajeros. Decir que esos pájaros llegaban a la ciudad por millares equivalía a no haber dicho nada. Era necesario ver las ramas de los altos eucaliptos, de los frondosos castaños a punto de desgajarse donde se coagulaba aquel torvo espesor de plumas, picos y patas escamosas para descubrir lo absurdo de reducir ciertos fenómenos a cifras.” ~


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