artículo no publicado

Ser solo madre

Verity Bargate

No, mamá, no

Traducción de Mireia Bofill

Barcelona, Alba, 2017, 176 pp.

 

“Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada.” Así empieza No, mamá, no, la primera novela de Verity Bargate (Exeter, 1940-1981), dramaturga, directora de teatro y fundadora de la compañía –y más tarde teatro– Soho Theatre. Después de su debut en la narrativa en 1978 –publicada en español por Edhasa en 1982 y recuperada ahora–, publicó dos novelas más: Children crossing (1979) y Tit for tat (1980). Bargate murió de cáncer; en su memoria se creó el premio que lleva su nombre y que está dirigido a nuevos dramaturgos.

Jodie, la narradora y protagonista de No, mamá, no acaba de dar a luz a su segundo hijo, pero no siente nada. Y lo dice así, a bocajarro, sin paños calientes ni eufemismos: “sentí tan poco placer y afecto como si hubieran envuelto por equivocación la placenta en una manta y me la hubieran puesto en los brazos”. Las enfermeras no le dejan fumar en la habitación, le dan té que no le gusta y le lavan el pubis y luego la cara con el mismo trapo. Con un expeditivo “despierte, madre, el niño tiene sed”, ponen al recién nacido en el pecho de Jodie: “Tardó una eternidad, agitando el hocico como un cerdo hozando en busca de trufas. Sentí asco y no me avergoncé, aunque cogí un libro para intentar distraer mis pensamientos de los jadeos y tirones y movimientos de succión en curso. Regresó la enfermera y me quitó el libro con un enérgico: ‘Vamos, madre, no puede hacer dos cosas a la vez.’ Sí puedo, grité mudamente; tendré que hacerlas los próximos meses.”

El drama de Jodie comienza también a bocajarro, pero avanza en silencio y sin avisar. Se plantea de una manera tan limpia y clara que casi no se ve. La indiferencia, la envidia que le produce la pena de su marido, que deduce de los ojos llorosos (“le envidié el lujo de sentir algo”), alerta a Jodie. Una frase que su madre usó para describir el parto –“un absoluto viaje a las puertas del Infierno”– le trae un pensamiento que no logra apartar de su cabeza: “el parto en sí no había sido en absoluto un viaje a las puertas del Infierno; ese viaje solo empezaba ahora”. Jodie trata de alertar a los médicos (“empecé a balbucear que iban a mandarme a casa con un crío a quien no quería y que no podía hacerme responsable de mis actos y que vivía en un piso alto y que qué ocurría si tiraba el crío por la ventana porque no lo quería, no lo quería, no lo quería”, y “Entonces grité que cada vez que le daba el pecho al niño me entraban ganas de vomitar; que me daba asco; que me daba asco; que me sentía como una vaca o una máquina ordeñadora”), pero no le dan importancia. Creen que como sabe lo que siente, está a salvo. Antes de despacharla le recetan unas pastillas. David, el marido, se revela incapaz de comprender a Jodie. Antes de salir del hospital es cuando ella sitúa el punto de no retorno: “Creo que fue entonces cuando nuestra incapacidad de comunicarnos se hizo irreversible.”

David llega a casa y la descubre en la cama con todo el ajuar que tenía preparado para la niña que esperaba y con unas tijeras, talismán de la infancia y “un legado para mi hija”, en la mano. Jodie dice: “Vi su desconcierto y su dolor, su absoluta incapacidad de comprender, su indignación, su desesperación, su temor y el inicio de la certeza de que yo estaba loca.” Pero nada de eso hace que Jodie desatienda a sus hijos: “Hacía todo lo que debía; bañaba a mis hijos, les daba de comer, los sacaba de paseo.” Jodie apenas se separa de sus hijos, Matthew y Orlando, al que ha llamado así por el libro de Virginia Woolf. Acude a la consulta del psiquiatra que le sugiere su marido, la visita acaba con un portazo. Pasa a vivir las relaciones sexuales con su marido como un deber (ella lo llama “tumbarse como una estrella de mar”, que suena mejor de lo que es), y trata siempre de evitarlas acostándose con los niños o tardando demasiado en el baño. Y así, su tristeza va creciendo en su interior y va alimentando también un odio hacia David, que ahora se le aparece reducido a sus defectos. Jodie sigue llevando una vida en apariencia normal: va al cine, relee algunos de sus libros favoritos, como Orlando, En Central Grand Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart, o El fin del romance, de Graham Greene. En la lavandería conoce a Jack, un joven que quiere ser escritor, que acaba de mudarse al Soho y que saca a Jodie de sí misma en los encuentros casuales por el barrio. La reaparición de una antigua amiga, Joy, se convierte en el único aliciente para Jodie. Ahora vive en Brighton y Jodie planea una visita en solitario a la que en el último momento se unen los niños. En el tren, se desencadenará todo de manera no planificada. Pero las pistas estaban ahí y siguen apareciendo: el marido de Joy, al que parece temer; la amabilidad de David; la espera cada vez más ansiosa entre viaje y viaje a Brighton.

No, mamá, no es una novela impactante, cuyo final obliga a una relectura de las sutiles señales que ha ido dejando Bargate, y también de las pistas falsas. Si, como dijo Woody Allen, la comedia es tragedia más tiempo, Bargate demuestra que la comedia más tiempo también puede ser tragedia o incluso terror. A su manera, es también un retrato del amor maternal, y sobre todo muestra que los sentimientos contradictorios pueden aparecer mezclados. Uno de los aciertos del libro, además de una prosa limpia y una impecable construcción narrativa, es que no hace de su tema su causa. Es decir, la protagonista es una mujer que se rebela contra ser vista solo como madre, pero no solo es eso: es también un relato del fin de la pasión conyugal, de la soledad y de la necesidad que tenemos de ser comprendidos. ~


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