María Moreno: Beber la vida | Letras Libres
artículo no publicado

María Moreno: Beber la vida

María Moreno

Black out

Barcelona,

Literatura Random House, 2017, 414 pp.

“Cuando una mujer bebe es como si bebiera un animal o un niño. El alcoholismo es escandaloso en una mujer, y una mujer alcohólica es rara, un asunto serio. Es un insulto a lo divino en nuestra naturaleza”, escribió Marguerite Duras en La vida material (1987). Como la escritora francesa, María Moreno es alcohólica, aunque ahora no beba. Duras dejó de beber a causa de una cirrosis. Dos años después escribió El amante, su novela más famosa y por la que obtuvo el Goncourt. Moreno ha dejado de beber en varias ocasiones, o al menos lo ha intentado, por eso sabe que puede recaer en cualquier momento. “Dejé de beber porque no soporto que el placer se transforme en ‘no sufrimiento’”, escribe. Black out, su libro más reciente, es un híbrido que mezcla la crónica, las memorias, el diario, el perfil y el comentario literario y el hilo que lo une todo es el alcohol: los escritores de los que habla, cuya estética analiza con rigor, inteligencia y sensibilidad, son sus compañeros de borrachera casi continua; cuando habla de sus padres no es tanto para reconstruir su infancia sino para tratar de establecer un árbol genealógico del alcoholismo. Su hijo no aparece –apenas lo nombra en un par de ocasiones– porque no forma parte de esa genealogía etílica.

El primer alcohólico de su vida es su padre, cuyo entierro se cuenta al comienzo del libro. Después del funeral, al que Moreno no asiste (pide a M., su amiga, que la suplante), Moreno viaja en lancha y en el muelle, y tras beber una botella de ginebra se lanza al agua a nadar. Al cabo de un rato, su amigo Gumier Maier, que la acompaña en el viaje, la llama preocupado. Moreno escribe: “Me gustaba la violencia de la sensación, el calor del alcohol en el interior del cuerpo. Ese grito lejano me advertía: yo ignoraba la resistencia de mi corazón, la desafiaba sin recordar mi edad y mi mal estado físico. La alegre irresponsabilidad, que desde afuera podía leerse como un gesto suicida, no tenía más sentido que una demostración de fuerza. […] Nadaba contra él, para alejarme de su muerte y, aunque volví, me pareció que era otra y que esa otra nadaba y bebía.” La niña Moreno cree que los números que lee en los brazos de sus vecinos son tatuajes y pregunta sin pudor, su madre pide perdón. “No es un tatuaje”, le mienten, “Es mi número de teléfono. Tengo tan mala memoria”. Su infancia se resume así: “Un mundo caliente de interrogantes me mostraba seres extraños que, por desgracia, casi siempre permanecían inaccesibles.” Casi tan importante como el primer trago es la primera regla, siempre irregular, siempre excesiva, siempre exagerada: Moreno padecía endometriosis, que le provocaba, además de dolor, hemorragias. Hay un paralelismo entre beber y sangrar, como si fueran la respuesta a la misma herida que no se ve pero que está. Aparecen también los y las amantes.

Duras, Graham Greene, Dorothy Parker, Scott Fitzgerald o Hemingway son algunos de los escritores alcohólicos ineludibles que aparecen como referentes lejanos. Pero sus compañeros, a los que retrata en las partes tituladas “Al otro lado de la puerta vaivén”, concebidas como “microensayos”, son Miguel Briante, Norberto Soares, Charlie Feiling y Claudio Uriarte, cuatro escritores y periodistas, los cuatro ya muertos, sus compañeros de borrachera, de estética y de profesión. Por eso Moreno ha dicho que, en parte, Black out es un libro de duelo, “pero no melancólico, porque yo no los extraño, los recuerdo. Tal vez sea el libro de mi vejez”, añade. El libro comenzó como un relato confesional para una revista, se llamó “La pasarela del alcohol” y a partir de ahí fue creciendo. Como ha escrito Ana Fornaro, “se extiende como uno de los estribillos de Black out, un libro inclasificable que funciona como ensayo total y fragmentario sobre la literatura argentina y como tributo desmitificador a sus amigos-escritores muertos, un compendio de desmemorias propias y colectivas”. En ese recorrido por la literatura argentina aparecen, claro, el Martín Fierro, El matadero y Facundo, pero también Roberto Arlt, Ricardo Piglia, Borges o Alan Pauls. “La historia de la literatura argentina puede leerse como una tensión en torno al alcohol”, ha dicho María Moreno, y en su libro queda más que demostrado. El libro está lleno de referencias (escritores, bares, calles, barrios de Buenos Aires, El Tigre, pero también las películas de Leonardo Flavio, las canciones, el peronismo, Alfonsín, los militares… la historia reciente de su país está contenida en la obra) que aunque puedan resultar lejanas al lector no familiarizado con la cultura argentina no obstaculizan la lectura.

Black out es un libro implacable y sobrecogedor, escrito con inteligencia y emoción, en el que hay sitio para todo: lo íntimo, lo colectivo, la literatura, el amor y en el que siempre está el alcohol. No hay autocomplacencia ni santificación de los amigos muertos, tampoco nostalgia de lo vivido ni de épocas anteriores, hay borrachera de referencias y de contexto y una sensación de que a pesar del alcohol María Moreno sabe en qué mundo vive más que nadie. Escribe: “Todo alcohólico ignora en qué momento exacto pasó de ser Dr. Jekyll para convertirse en Mr. Hyde. Pero mientras escribo esta frase de conversa, soy consciente de que, como todo alcohólico, soy incapaz de sostener mis palabras con mis actos y eso, lejos de avergonzarme me provoca un vago orgullo o una pacífica indiferencia.” Al principio del libro, Moreno cuenta lo que se lee como un chiste de borrachos sobre un hombre que lleva una jaula vacía donde, dice, tiene una mangosta para que se coma las víboras del delirium tremens. Una mujer le dice que esas no son culebras verdaderas y el hombre responde que su mangosta tampoco lo es. Como afirma Moreno al final, Black out es su mangosta. Pero la suya sí es real y no necesita jaula. ~


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