Luces y sombras en la Segunda República | Letras Libres
artículo no publicado

Luces y sombras en la Segunda República

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa

1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular

Barcelona, Espasa, 2017, 656 pp.

En los últimos años, la primavera de 1936 ha florecido como objeto de estudio para la historiografía de la Segunda República. Si bien nunca estuvo ausente, la posibilidad de consultar fuentes antes vedadas, la mayor distancia temporal o la aparición de una generación nueva de investigadores han facilitado la revisitación del período republicano en general y de su última etapa en particular. Por su condición de frontera entre la República en paz y la Guerra Civil, los meses que van de febrero a julio son, además, uno de los escenarios favoritos de quienes buscan en el pasado razones para alimentar sus controversias presentes. La tentación de dibujarlos bien como un tiempo convulso, violento y predestinado a la guerra, bien como un remanso de paz y democracia sin mácula es un imán para los propagandistas. Los historiadores tampoco somos inmunes a esta perspectiva pasional y fruto de ella han surgido algunas de las trifulcas disfrazadas de debate menos honrosas de la pasada década. Por todo ello, el último libro de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa se esperaba con curiosidad científica, recelo o deseo de apropiación interesada y camorrista, según la orilla, y las reacciones han seguido el mismo patrón. Lejos de querer alimentar el ruido, quedémonos en la primera de ellas.

Las elecciones de febrero trajeron un nuevo equilibrio en el sistema de partidos y fueron la puerta por la que el régimen republicano cambió de etapa. Se trata, por tanto, de un momento clave para entender el devenir de la democracia republicana, de ahí su importancia historiográfica. No es el primer trabajo que se ocupa de ellas. Junto al temprano estudio de Javier Tusell, que se mantiene en la estantería de clásicos sin perder consistencia, una abundante colección de investigaciones de carácter local y regional demuestran que este es un tema muy trabajado. Con todo, desde 1971 ha pasado demasiado, por lo que se hacía necesario un libro que abordase de manera exhaustiva y ambiciosa las elecciones en su conjunto. El resultado final: nueve capítulos y un epílogo que, junto a apéndices, notas, bibliografía e índices superan las seiscientas páginas. Un libro voluminoso y detallado que cumple en parte su propósito.

En los cinco primeros capítulos, los autores se ocupan de los previos: el devenir político durante el segundo bienio republicano; la formación de las candidaturas de izquierdas; las negociaciones con el mismo fin que se siguen desde las derechas; aquello que Tardío y Villa denominan “operación centro”, y la campaña electoral. Resulta llamativo que la mitad de los capítulos se dedique a estos temas, dejando el grueso de lo que anticipa el título, fraude y violencia electoral, a los capítulos finales. Este desequilibrio se justifica desde la importancia concedida a las explicaciones necesarias para entender quién y cómo llega a qué en el desarrollo de las elecciones. Desde ese punto de vista, un capítulo de antecedentes, otro para cada uno de los tres grandes actores en liza y uno para el tiempo de campaña, se antoja razonable, si bien el conjunto ganaría con una exposición más sintética y menos enrevesada.

En la segunda parte se concentran los temas y elementos que los autores consideran más novedosos de su trabajo: la violencia que protagonizan católicos y anarquistas y que, según ellos, marca el desarrollo de la jornada; los cuatro días de presiones que terminan con la dimisión del gobierno de Portela y su sustitución antes de tiempo por Azaña, el análisis minucioso de los resultados y el debate enconado que se vive en las Cortes para aprobar las actas. El libro termina con un breve epílogo en el que los autores mezclan la exposición de sus conclusiones con una declaración de intenciones con la que se guardan las espaldas ante las reacciones que, según ellos, desatarán sus aportaciones, al tiempo que insisten en definirse como historiadores científicos y objetivos.

Quizás la mayor virtud de este trabajo sea la minuciosidad con la que se desgrana la documentación electoral que se conserva en el Archivo del Congreso de los Diputados, lo que, junto a un vaciado sistemático de la prensa del mes de febrero, sirve a los autores para acometer uno de los más serios intentos de reconstrucción de los resultados totales de dichos comicios. Frente a esto, el uso de una bibliografía irregular que presenta ausencias notables de difícil comprensión y una ambigüedad reiterada a la hora de interpretar tanto las actitudes de los protagonistas políticos como la legalidad del proceso y de sus resultados son sus debilidades más relevantes. Respecto a la bibliografía, se antoja escaso el listado de obras que se citan, pero más que el número resulta llamativo el peso de las ausencias. No aparece ninguna referencia específica de orden público, y pese a dedicar un capítulo al análisis de la violencia y ser este, en teoría, uno de los aspectos centrales del libro, apenas emplean estudios locales, tan útiles para conocer la vida interna y las peculiaridades sociopolíticas de cada provincia, o eluden la bibliografía específica sobre Portela y el Partido de Centro, protagonistas indiscutibles de estas elecciones.

Esta última ausencia puede explicar la debilidad que tiene su análisis del centrismo y de su líder. El Portela que presentan parece caído del cielo, escogido por Alcalá Zamora por capricho y sin más razón que sus conocimientos de la maquinaria electoral en el régimen anterior, ya lejano en el tiempo. Sin embargo, su designación se debe al papel fundamental que desempeñó en 1935, primero como gobernador general de Cataluña y luego como ministro de la gobernación, coincidiendo en más de un gabinete con el propio Gil Robles. Esta trayectoria que no se relata explica, por ejemplo, la falta de recelos que sentían hacia él buena parte del catalanismo, republicanos de izquierda, como Augusto Barcia o Martínez Barrio, e incluso sectores del socialismo, que pese a no querer pactar con su gobierno por no com- partir objetivos, entendían que había sido su labor ministerial la que les había permitido recuperar la condición de sujetos políticos en el año 1935. Precisamente las autorizaciones de actos socialistas y republicanos, la reaparición de un buen número de cabeceras de prensa suspendidas y su gestión civilista del orden público ocasionaron un sinfín de conflictos y tensiones entre Portela y Gil Robles, algo que tampoco se cita y sin lo que no se puede entender su enfrentamiento personal y la distancia abismal entre sus proyectos. Solo sin tener en cuenta estos elementos se puede justificar la lectura del manifiesto electoral del Gobierno, una afirmación de su credo liberal, como la exposición de un acercamiento expreso hacia el programa de la ceda.

Respecto a la ambigüedad, pese a afirmar de manera expresa que los comicios se celebraron de la manera más legal posible para la época y que el fraude localizado no determinó el resultado final, a veces los autores parecen jugar con la idea contraria, dejando un halo de dudas sobre sus propias afirmaciones. A esto hay que añadir la diferencia de trato ante actitudes similares según provengan de las izquierdas o las derechas. Por ejemplo, si la retórica de Gil Robles es violenta, se justifica por ser la propia de la época, algo que no solo no sucede con socialistas y republicanos, sino que además en su caso sirve para justificar el miedo de las derechas y su respuesta. Esa es, en realidad, la diferencia de trato principal: la actitud de las derechas se comprende por reactiva, mientras que la de las izquierdas, proactiva, no tiene eximentes y es causante del deterioro progresivo y de la polarización creciente. Aun con todo, lo más llamativo es la contundencia con la que se condena a la izquierda republicana, de quien incluso se llega a dudar que use “desde presupuestos liberal-democráticos” conceptos como “libertad”, “democracia” o “progreso social”, juzgando intenciones más que frases en el análisis de su manifiesto electoral.

Desde esta perspectiva de luces y sombras se puede concluir que estamos ante un libro que, si bien no agota el tema, será referencia obligada para quienes aborden el estudio de este complejo periodo republicano. ~


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