artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Lenin el dictador

Las preguntas que Lenin se hizo a principios del siglo XX parecen haber cobrado una urgente actualidad. Sin embargo, las respuestas que ofreció a cambio siguen siendo tan peligrosas hoy como ayer.

En un lateral de la Plaza Roja de Moscú permanece una imagen familiar para cualquiera que conozca los últimos años de la Unión Soviética y el comunismo. Cada día, largas colas aguardan pacientemente para visitar el mausoleo de Lenin, ubicado sobre un enorme pedestal de mármol erigido a finales de los años veinte. La espera puede durar un siglo; la visita en sí misma, solo un rato. Los visitantes acceden a un sótano y caminan unos pocos metros, a través de un corredor vacío y en una inquietante oscuridad, antes de llegar al ataúd. El cuerpo embalsamado, que yace en una tumba de un rojo aterciopelado y lujoso desde hace casi noventa años, está iluminado por unas luces potentes. La gente se amontona de tal manera que solo está permitido un máximo de cinco minutos para rendir homenaje al muerto, o simplemente para quedarse embobado. Solo unos pocos visitantes son extranjeros. La inmensa mayoría son rusos.

Es un lugar macabro para visitar en el siglo XXI, sea quien sea el que esté sepultado ahí. Pero dos décadas y media después del colapso de la URSS, parece el mayor de los anacronismos que Vladímir Ilich Lenin pueda aún atraer a multitudes. Todo el mundo conoce el caos que provocó; poca gente cree hoy en la fe que promovió. Pero sigue suscitando interés, incluso cariño, en Rusia.

El actual presidente ruso, Vladímir Putin, no tiene intención de deshacerse de la tumba. Es más, en 2011 autorizó un gran presupuesto para reparar el mausoleo cuando existía el peligro de que se derrumbara. El culto de Lenin sobrevive, aunque de una forma modificada. El abuelo de Putin, Spiridon, era el cocinero de Lenin después de la Revolución rusa, pero no es por sentimentalismo familiar que los restos de Lenin se mantienen in situ. Lo que se quiere señalar claramente es la continuidad histórica, la idea de que Rusia todavía necesita, como siempre ha necesitado, un líder dominante, sin escrúpulos, autocrático, o en ruso, un vozhd. La tumba de Lenin simbolizó en su momento una ideología internacionalista, el comunismo internacional. Más tarde se convirtió en un altar del resurgente nacionalismo ruso.

El cuerpo no es lo único que se ha embalsamado de Lenin. Su carácter también se ha “preservado”: su personalidad, su motivación e intenciones, raramente se han examinado durante la última generación, incluso a la luz de una gran cantidad de nueva información que se ha encontrado sobre él desde que se abrieron los archivos de la antigua Unión Soviética. En la URSS todas las biografías de Lenin eran hagiografías, lecturas obligatorias en las escuelas rusas donde los niños aprendían a referirse al fundador del Estado soviético como Diedushka (abuelo) Lenin. Incluso el último líder del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov, solía denominarlo “un genio especial” y lo citaba con frecuencia. Lenin era el pilar de la rectitud bolchevique en todos los aspectos.

En el otro bando sucedía lo contrario. La lógica solía ser que no había sido tan malo como Stalin, pero que, no obstante, creó una de las tiranías más crueles de la historia, y un modelo de Estado que en una época copiaba casi la mitad del mundo. Era común –aunque hay algunas notables excepciones– que los biógrafos estuvieran en un lado u otro de la división ideológica, en un momento en que la Guerra Fría importaba. Esas disputas teóricas quedaron anticuadas en el momento en que el Muro de Berlín cayó y la Unión Soviética colapsó.

El mundo comunista que formó Lenin, muy cercano a su propia imagen ascética, puede haber acabado en la papelera de la historia, pero su figura es muy relevante hoy. Al final de la Guerra Fría, el neoliberalismo triunfó junto a la idea de democracia; el socialismo y sus variantes fueron completamente desacreditados. Parecía no haber alternativa a las soluciones políticas y económicas que ofrecían los mercados globalizados. Sin embargo, el mundo se convirtió en un lugar diferente después de la crisis bancaria y la recesión de 2007-2008. Hubo una pérdida de confianza en Occidente hacia el propio proceso democrático. Para millones de personas, las certezas que dos generaciones aceptaron como algo dado son menos seguras. Probablemente Lenin habría considerado que el mundo del 2017 está en el umbral de un momento revolucionario. Su figura importa ahora no por sus respuestas fallidas, sangrientas y asesinas, sino porque hacía las mismas preguntas que nos planteamos nosotros ante problemas similares.

Millones de personas y algunos peligrosos líderes populistas de izquierda y derecha se preguntan si la democracia liberal ha conseguido crear una sociedad justa así como prosperidad y libertad sostenidas, o si puede lidiar con una desigualdad y una injusticia enormes. Las expresiones “élite global” y “el uno por ciento” se usan ahora de una manera decididamente leninista. Es poco probable que las soluciones de Lenin se adopten de nuevo en algún lugar. Pero hoy nos hacemos constantemente sus preguntas y quizá se respondan con métodos igual de sangrientos.

Lenin obtuvo el poder en un golpe de Estado, pero no gobernó exclusivamente a través del terror. En muchos aspectos era un fenómeno político absolutamente moderno, el tipo de demagogo que nos resulta familiar en las democracias occidentales y en las dictaduras. En su pugna por el poder, prometió a la gente todo y más. Ofreció soluciones simples a problemas complejos. Mintió sin vergüenza. Creó chivos expiatorios que luego denominó “enemigos del pueblo”. Se justificó a sí mismo diciendo que ganar significaba todo: el fin justificaba los medios. Cualquiera que haya vivido las últimas elecciones en las culturas políticas supuestamente sofisticadas de Occidente quizá lo reconozca. Lenin fue el padrino de lo que, un siglo después, los analistas llaman posverdad.

Lenin se consideraba un idealista. No era un monstruo, tampoco era sádico o cruel. En sus relaciones personales era invariablemente amable y se comportaba de la manera en la que había sido criado, como un caballero de clase media alta. No era egoísta. Podía reír, e incluso, a veces, podía reírse de sí mismo. No era sádico: al contrario que Stalin, Mao Zedong o Hitler, nunca preguntó por los detalles de las muertes de sus víctimas, para saborear el momento. Para él, en cualquier caso, las muertes eran algo teórico, simples números. Nunca vistió uniformes o trajes de estilo militar como los que gustaban a otros dictadores. Pero durante sus años de enemistad con otros revolucionarios, y en su manera de aferrarse al poder, nunca mostró generosidad con los oponentes vencidos o realizó un acto humanitario a no ser que fuera políticamente útil.

Construyó un sistema basado en la idea de que el terror político contra los oponentes estaba justificado por un fin superior. Stalin lo perfeccionó, pero las ideas eran de Lenin. No había sido siempre un mal hombre, pero hizo cosas terribles. Angelica Balabanova –una de sus antiguas camaradas que lo admiró durante años, pero llegó a temerlo y odiarlo– dijo con agudeza que “la tragedia de Lenin era que, como afirmaba Goethe, deseaba lo bueno, pero creó lo malo”. La peor de sus maldades fue elegir a un hombre como Stalin como sucesor para liderar Rusia. Fue un crimen histórico.

A menudo se describe a Lenin como un ideólogo rígido, un fanático comunista, y es verdad hasta cierto punto. Soltaba constantemente teoría marxista; “sin teoría no puede haber un partido revolucionario”, solía decir. Pero se ignora frecuentemente algo que decía mucho más a menudo: “la teoría es una guía, no las Sagradas Escrituras”. Cuando la ideología chocaba con el oportunismo, cambiaba invariablemente el camino táctico por encima de la pureza doctrinal. Podía cambiar de opinión completamente si eso le permitía alcanzar su objetivo. Le movían tanto la emoción como la ideología. La sed de venganza después de que su hermano mayor fuera ejecutado por conspirar para asesinar al zar motivaba a Lenin tanto como su creencia en la teoría de la plusvalía de Marx.

Quería poder y quería cambiar el mundo. Concentró el poder en su persona durante poco más de cuatro años antes de caer enfermo y quedar física y mentalmente incapacitado. Pero, tal y como prometió, la Revolución bolchevique de 1917 “puso el mundo patas arriba”. Ni Rusia ni ningún otro lugar, de Asia a Latinoamérica, se ha recuperado desde entonces.

Sin embargo, para un biógrafo, lo político es personal, como Lenin decía en ocasiones. Fue un producto de su tiempo y de su lugar: una Rusia violenta, tirana y corrupta. El Estado revolucionario que creó fue menos la Utopía socialista con la que soñó que una imagen especular de la autocracia de los Romanov. El hecho de que Lenin fuera ruso tiene tanto significado como su fe marxista.

En las versiones de su vida que circulaban durante la Guerra Fría no se solían mostrar los aspectos personales de Lenin. Ningún bando quería humanizarlo, porque eso no encajaba correctamente con su bagaje ideológico. No era frío, lógico y unidimensional como a menudo ha sido retratado. Era muy emocional y tuvo rachas de ira que casi lo dejan paralizado.

Escribió un gran número de textos sobre filosofía y economía marxista, muchos de ellos hoy día ininteligibles. Pero amaba las montañas casi tanto como hacer la revolución, y escribió textos rebosantes de lírica sobre sus caminatas en los Alpes y a campo traviesa. Amaba la naturaleza, la caza y la pesca. Podía reconocer centenares de especies de plantas. Sus “notas de la naturaleza” y las cartas a su familia muestran una parte de Lenin que sorprendería a la gente que lo imagina distante e insensible.

Mientras me documentaba para escribir Lenin the dictator, me sorprendió observar que casi todas las relaciones importantes en la vida de Lenin fueron con mujeres. Esto señala otro lado poco conocido de él: el Lenin enamorado. Su mujer Nadezhda –Nadya– dejó unas memorias superficiales y anodinas sobre su vida en común, pero, a la luz del nuevo material, y al construir un relato combinando esa versión con otras fuentes, emerge como algo más que la sirvienta que nos han vendido. Lenin no habría conseguido nada sin ella. Durante una década tuvo un affaire intermitente con una mujer glamurosa, inteligente y bella, Inessa Armand. El ménage à trois aparece como algo central en la vida emocional de Lenin, al igual que en la de Nadya. Es un ejemplo extraño de triángulo amoroso en el que los tres protagonistas dan la impresión de comportarse de una manera civilizada. El único momento en que Lenin se derrumbó en público fue en el funeral de Armand, tres años antes que el suyo.

De vuelta a la época de la URSS, cuando me encontraba en Moscú como periodista, me dieron un tour privado por la oficina y las habitaciones que Lenin había ocupado en el Kremlin. Estaban preservadas tal y como habían lucido en su momento, o eso me aseguró el apparátchik que me hizo de guía. Me sorprendió lo ordinarios, banales y burgueses que eran esos escenarios, y –de manera poco diplomática– usé exactamente esas palabras. Curiosamente, ya que los miembros del partido en esos días no solían expresar sus pensamientos más heréticos, el guía me respondió: “Sí, siempre me he preguntado cómo pudo hacer cosas tan extraordinarias.” No he olvidado esa conversación. Lenin the dictator es un intento de respuesta. ~

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Traducción del inglés de Ricardo Dudda.

© Victor Sebestyen, 2017

Este fragmento pertenece a

Lenin the dictator. An intimate portrait,

publicado este año por Weidenfeld & Nicolson.