La política en la era de la incertidumbre | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: María Titos

La política en la era de la incertidumbre

Cada vez es mayor la sensación de que en política puede suceder cualquier cosa. Entender la complejidad del mundo se ha convertido en una tarea tan ardua como necesaria.

Si hubiera que sintetizar el carácter del mundo en el que vivimos, yo diría que estamos en una época de incertidumbre. Los seres humanos en sociedades anteriores a la nuestra han vivido con un futuro tal vez más sombrío, pero la estabilidad de sus condiciones vitales –por muy negativas que fueran– les permitía pensar que el porvenir no les iba a deparar demasiadas sorpresas. Podían pasar hambre y sufrir la opresión, pero no estaban perplejos. La perplejidad es una situación propia de sociedades en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos.

El siglo XXI se estrenó con la convulsión de la crisis económica, que produjo oleadas de indignación pero no ocasionó una especial perplejidad; contribuyó incluso a reafirmar nuestras principales orientaciones: quiénes eran los malvados y quiénes éramos los buenos, por ejemplo. El mundo se volvió a categorizar con nitidez entre perdedores y ganadores, entre la gente y el establishment, quién manda y quién padece a los que mandan, al tiempo que las responsabilidades eran asignadas con relativa seguridad. Pero el actual paisaje político se ha llenado de una decepción generalizada que ya no se refiere a algo concreto sino a una situación en general. Y ya sabemos que cuando el malestar se vuelve difuso provoca perplejidad. Nos irrita un estado de cosas que no puede contar con nuestra aprobación, pero todavía más no saber cómo identificar ese malestar, a quién hacerle culpable de ello y a quién confiar el cambio de dicha situación.

1. Certezas que no lo son tanto

Alguien podría objetar que no faltan, sin embargo, quienes se muestran absolutamente convencidos de algo incluso en medio de este desconcierto general. Efectivamente, el final de las certezas no solo es compatible con que algunas evidencias se vuelvan especialmente agresivas, sino que ambas cosas pueden estar conectadas. Que haya incertidumbre general es compensado por unas supuestas evidencias que se vuelven especialmente toscas e incluso agresivas.

Pensemos en tres asuntos de naturaleza muy difícil de determinar pero que algunos manejan sin el menor índice de asombro: el pueblo, los expertos y la identidad. Cada vez resulta más complejo identificar lo que el pueblo realmente quiere, la autoridad de los expertos es más cuestionada y tenemos una identidad por así decirlo menos rotunda. Pero esto no impide que se multipliquen las apelaciones a zanjar nuestros debates por algún procedimiento que deje fuera de dudas cuál es la voluntad popular, los expertos imponen sus recetas económicas con una determinación que parece desconocer sus recientes fracasos y se restablece la divisoria entre nosotros y ellos de manera que no deja lugar a dudas.

No quiero decir que estas tres cosas no existan, sino que son conceptos cuya invocación no nos resuelve definitivamente ningún problema porque concretarlas es un asunto político. Como otros conceptos similares, son invocados legítimamente pero hay que considerarlos construcciones políticas y no datos innegociables. Lo que la política pretende es que estos conceptos y otros similares no sean armas arrojadizas sino asuntos de entrada polémicos pero sobre los que es posible lograr un compromiso político. El objetivo de la política es conseguir que la voluntad popular sea la última palabra pero no la única, que el juicio de los expertos sea tenido en cuenta pero que no nos sometamos a él, que las naciones reconozcan su pluralidad interior y se abran a redefinir y negociar las condiciones de pertenencia.

Entender lo que pasa es hoy en día una tarea más revolucionaria que agitarse improductivamente, equivocarse en la crítica o tener expectativas poco razonables. La política no puede seguir siendo lo que afirmaba Groucho Marx, el arte de hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Una nueva ilustración política debería comenzar desmontando los malos análisis, desenmascarando a quienes prometen lo que no pueden proporcionar, protegiéndonos tanto de los que lo tienen todo claro como de quienes no saben nada. Nunca fueron más liberadores el conocimiento, la reflexión, la orientación, el criterio.

2. Cuando ocurre lo improbable

Cada vez tenemos más la sensación de que en política cualquier cosa puede suceder, de que lo improbable y lo previsible ya no lo son tanto. Este tipo de sorpresas no serían tan dolorosas si no fuera porque ponen de manifiesto que no tenemos ningún control sobre el mundo, ni en términos de anticipación teórica ni en lo que se refiere a su configuración práctica.

Desde el Brexit hasta Trump, el 2016 fue un mal año para las previsiones. La mayoría de los expertos apostaban que la mayoría de los británicos votaría por la permanencia, que un candidato como Trump no sobreviviría a las primarias, que el populismo y la extrema derecha habían alcanzado su techo. El resultado es bien conocido: se impuso el Brexit, ganó Trump, Renzi perdió un importante referéndum constitucional (diseñado, como todos, para ganar), los austríacos estuvieron a punto de elegir a un presidente de extrema derecha, cuya versión alemana alcanzaba el catorce por ciento en las elecciones regionales. Hay otros ejemplos de democracias cada vez más frágiles, incluso dentro de la Unión Europea, como Hungría y Polonia, al tiempo que aumenta la relevancia geopolítica de la Rusia de Putin.

Estamos en una época cuya relación con el mañana alterna brutalmente entre lo previsible y lo imprevisible, donde se suceden las continuidades más insoportables (de la injusticia, el estancamiento económico y la irreformabilidad de las instituciones) con los accidentes (como resultados electorales que nadie había previsto o la escalada de ciertos conflictos). Hace no muchos años el debate era si los cambios se producían en nuestras sociedades mediante la revolución o la reforma. Actualmente el cambio no se produce ni por lo uno ni por lo otro, ese ya no es el debate, sino por un encadenamiento catastrófico de factores en principio desconectados.

Lo que convierte la política en algo tan inquietante es el hecho de que sea imprevisible cuál será la próxima sorpresa que la ciudadanía está preparando a sus políticos. Nadie sabe con seguridad cómo funciona esa relación entre ciudadanos y políticos, que se ha convertido en una auténtica “caja negra” de la democracia. Reina en todas partes una medida excesiva de azar y arbitrariedad.

¿Cómo hacer previsiones cuando no estamos en entornos de normalidad y nada se repite? La repetición de los procesos es uno de los procedimientos más importantes para determinar la fiabilidad de los conocimientos y las observaciones sobre la realidad. Ahora bien, la mayoría de los procesos democráticos del pasado reciente habrían dado un resultado completamente distinto si se hubieran podido repetir. Esto vale tanto para el Brexit como para las recientes elecciones estadounidenses. Y, si sus respectivos partidos hubieran podido anticipar los resultados electorales, seguramente Cameron no habría convocado el referéndum europeo, y Fillon, Hillary Clinton, Hamon o Corbyn no volverían a ser candidatos.

Toda esta incertidumbre plantea especiales desafíos a las ciencias que se ocupan de la interpretación de los asuntos políticos. En primer lugar, requieren una reflexión acerca de la metodología de las encuestas que infravaloran las posibilidades de éxito de candidatos que, como Trump, rompen las reglas más elementales de la competición electoral con una campaña tóxica en la que se insulta a casi todos los posibles grupos de referencia (mujeres, inmigrantes, veteranos de guerra). La capacidad predictiva de las encuestas exige valorar mejor las actitudes y comportamiento de los votantes. En una época de menor militancia en los partidos y gran volatilidad los márgenes de error tienen que ser tomados más en serio. Las regularidades de la democracia representativa tal y como la conocemos –especialmente, la política de clases– parecen haberse roto; la expectativa, por ejemplo, de que los trabajadores voten a la izquierda, como ha dejado en buena manera de suceder en Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Ha llegado el momento de reflexionar con una mayor sutileza acerca de ciertos desplazamientos tectónicos que están teniendo lugar en nuestras sociedades y medir mejor esas tendencias.

La segunda advertencia que deberíamos tomar en consideración es no subestimar la fortaleza de lo que aborrecemos. Uno trata de ser objetivo y argumentar sobre la base de evidencias, pero también los científicos sociales son humanos y tienen opiniones o preferencias, menos fáciles de contener cuando estamos ante situaciones de especial dramatismo. Ni siquiera en estos casos deberíamos permitir que nuestras preferencias se convirtieran en prejuicios. Muchos de los que votaron por el Brexit o Trump tenían sus razones y, por mucho que nos parezcan malas decisiones, no deberíamos dejar de analizar los factores que llevaron a tanta gente a votar de ese modo.

La tercera reflexión es que necesitamos nuevos conceptos para entender lo que está pasando. ¿Qué significa el término establishment cuando todos los políticos han hecho su carrera despotricando del establishment del que proceden y siguen representando? ¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo y bajo este término englobamos a políticos tan dispares como Trump, Grillo, Tsipras o Le Pen? ¿Alguien sabe exactamente qué es lo que quieren conservar los conservadores y hacia qué futuro pretenden dirigirnos los progresistas? Estamos utilizando términos huecos (“significantes vacíos” los llaman quienes aspiran a obtener alguna ventaja de esta resignificación) y esta vacuidad pone de manifiesto qué poco entendemos lo que está pasando. Necesitamos urgentemente nuevos conceptos para entender las transformaciones de la democracia contemporánea y no sucumbir en medio de la incertidumbre que provoca su desarrollo imprevisible.

3. El ocaso de la voluntad política

Que vivimos en tiempos de incertidumbre no es algo que tenga exclusivamente que ver con el conocimiento, sino también con la voluntad. El desconcierto no es solo desconocimiento sino también una desorientación que afecta a la voluntad.

El ocaso de la voluntad se manifiesta en dos actitudes aparentemente contradictorias pero que tienen en común la misma perplejidad. Una voluntad política dimitida está detrás de toda esa retórica según la cual lo que debemos hacer es más bien no hacer nada y adaptarnos a lo que hay, pero también en aquellas formas de voluntarismo que hacen frente a la realidad desconociendo cualquier límite a la voluntad y que en ocasiones se desliza hacia el autoritarismo, lo más contrario que hay a la idea de voluntad política. En ambos casos, la misma renuncia a gobernar y regular, tras haber ponderado lo que es posible y lo que es inevitable; la menor aspiración a configurar el espacio político con reglas y normas, e incluso a transformar ciertos aspectos negativos del mundo actual que tenemos el deber político de combatir. Unos se resignan y acomodan a la situación e incluso formulan esta adaptación como un imperativo moral (modernizarse, estar a la altura de los tiempos, soltar el lastre de ciertos compromisos de solidaridad adquiridos) y otros se entregan a una indignación no constructiva, a la denuncia que apenas sirve para la construcción de responsabilidad. La aceptación de todas las condiciones que la realidad parece imponernos sin ningún examen crítico se corresponde con la exaltación de la crítica sin ningún análisis de las condiciones en las cuales ha de desplegarse esa voluntad transformadora. Por un lado, aceptación beata de las “realidades indiscutibles” y, por otro, una crítica radical que se paga con el precio de no entender la realidad. En ambas dimisiones de la voluntad política la globalización es utilizada como excusa, queja o justificación.

Lo primero es más distintivo de la derecha, que está obsesionada por la estabilidad y se despreocupa de la sostenibilidad. En vez de configurar el futuro, apela a un simple movimiento de adaptación constante, cuyo motor no es la política sino una supuesta objetividad del mundo que se nos presenta como una realidad incuestionable. El cálculo se sitúa por encima del juicio y la estadística es constituida como norma suprema. Se habla de la globalización como si se tratara de un proceso necesario o catastrófico, que se hubiera realizado ya de un modo inexorable y que solo exige de cada uno de nosotros un continuo esfuerzo de adaptación. Aquí se podría recordar aquello de Marcuse en El hombre unidimensional: una cosa es aceptar los hechos como un dato que debe ser tenido en cuenta y otra aceptarlos “como un contexto definitivo”.

Aquí se revela que la globalización está cambiando el mundo sin dirigirse a la voluntad, sino apelando a sentimientos como el deseo mimético de enriquecimiento, la comodidad, el instinto de conservación o el miedo. Tenemos una forma global que multiplica las libertades individuales y restringe la libertad política (que el mundo sea el resultado de decisiones políticas libres), que ofrece una apertura ilimitada pero sin alternativas, que da la palabra a todos pero rechazando toda referencia crítica, que domestica satisfaciendo necesidades. La focalización del Estado en las cuestiones de seguridad se acomoda muy bien a la sumisión total a las lógicas del mercado globalizado, territorio especialmente cómodo para las nuevas derechas. El Estado refuerza su intervención sobre los ciudadanos en términos de seguridad al mismo tiempo que la restringe en materia económica y social.

La versión de izquierdas de este ocaso de la voluntad política es el desconocimiento de los límites de la acción política, la impugnación sin matices del proceso de globalización, coincidiendo así con la derecha en suponer que se trata de un fenómeno ingobernable, al que hay que adaptarse (para los primeros) o frente al que hay que resistir (para los segundos), en ambos casos, sin matices. Derecha e izquierda coinciden así en la inevitabilidad de los procesos sociales. Donde mejor acaba de comprobarse todo esto es en el rechazo de los socialistas a los tratados comerciales o en las protestas frente a las cumbres internacionales tipo g20. Buena parte de la izquierda parece estar negando la globalización y buscando el porvenir en el mundo de ayer. En vez de rechazar la globalización o seguirla resignadamente, la izquierda debería comprometerse en una verdadera crítica que no le impida ver las oportunidades que representa. No se trata de salvar el Estado nacional de bienestar sino de repensar la redistribución en un contexto global y productor de desigualdades inéditas.

No cabe duda de que el mundo en su forma actual contiene muchas realidades inaceptables, como la corrupción o la pobreza, la insuficiente implicación contra el cambio climático o la indiferencia u hostilidad ante la realidad de una emigración desesperada. El problema es cómo hacer frente a realidades inaceptables cuando no es posible contar con una instrumento poderoso de control. La sobrevaloración de las instancias estatales en un tipo de izquierda socialdemócrata es un error similar al de la izquierda más radical que lo confía todo a la espontaneidad de los movimientos sociales de protesta. La “abolición del capitalismo” se convierte así en un significante vacío que refleja el malestar ante un mundo que no se termina de comprender. La buena voluntad parece eximirles de configurar una voluntad capaz de llevar a cabo las transformaciones deseadas o de proteger efectivamente como se había prometido.

Hay dos formas de protesta contra la complejidad del mundo actual. Una es la concentración conservadora en la autenticidad de lo propio y su protección cultural, combinada con un compromiso de no intervenir en los procesos sociales despojando a los bienes públicos de su relación con la estatalidad y el derecho. La otra es una concepción de la regulación como control, sobre la base del prejuicio de que querer es poder. Pero el problema no es que se reúnan veinte jefes de gobierno. El problema es que aún no tenemos una idea de cómo se reconcilian las fuerzas de la innovación tecnológica y económica con los objetivos pretendidos por una voluntad política configurada. ~


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