artículo no publicado

La falsa modestia

Sergio del Molino

La mirada de los peces

Barcelona, Literatura Random House, 2017, 224 pp.

En La mirada de los peces, la nueva novela de Sergio del Molino después de su exitoso ensayo La España vacía (Turner, 2016), hay varias muestras de que la metáfora no es un recurso que maneje bien el autor (“Estábamos hechos de carpe diem”, “podíamos sostener el mango de la sartén y no freírnos en ella con resignación de calamares”, “la cobardía inventa muchas excusas para pringar al cobarde con la laca de la dignidad”), ejemplos de una mitomanía impostada y adolescente, llena de clichés (“Pastoral española, me voy diciendo al remontar la cuesta, recordando la novela de Roth. Soy un judío de Newark y la cuesta es el túnel de Nueva Jersey”, “no hay tragedia que no encuentre un consuelo con un poco de jazz de fondo y la sensación de fundirnos en una película de Kieślowski. Eso somos, personajes de cine francés. ¿Quieres un cigarro?”, “síndrome de Stendhal”, “virtuosismo de Paganini”, “si yo era Nietzsche, él era mi Schopenhauer”, “cortar el mundo a machetazos de Olivetti”), una mojigatería o corrección política que es condescendiente y anticuada (“También sois mejores que nosotros. No hay más que veros. Sobre todo, a los negros y a los que tienen rasgos árabes y del Este de Europa. ¿Cómo no vais a ser mejores? Con ese castellano tan bueno que habláis, con vuestra forma de reír.” Esto no se aleja mucho del típico comentario sobre el ritmo de los negros, que lo llevan en la sangre), reflexiones que intentan ser trascendentales, profundas y existenciales y se quedan en cursis, vacías o difícilmente comprensibles (“Teñirse sin dejar resquicios a lo blanco, a partir de cierta edad, es también una forma de suicidio. Matas al viejo que eres”, “He derramado sin querer un poco de café sobre este cuaderno. No ha quedado mancha. Me inquieta que no quede mancha. Si muriese hoy, esa mancha de café sobre mis últimas palabras escritas sería un epitafio hermoso”, “si se mostraba y se dejaba narrar, como yo me narro y me dejo narrar, era para no tener que narrar lo que no quería dejar al aire”), asociaciones gratuitas y efectistas (“los novios se despedían en andenes con niebla, como han estado siempre los andenes en las despedidas”, “los sindicalistas escogen tipos sin serif porque parecen funcionales y dan la sensación de que quien los emplea solo valora el contenido”).

Estos recursos, si pueden llamarse recursos, se repiten constantemente en la novela, un ejercicio de autoficción o autobiografía novelada. Del Molino observa e interpreta su vida y la de sus protagonistas y ve asociaciones por todas partes: une el teñirse el pelo con el suicidio, la mirada de unos peces desesperados en un cubo de pescador es como la mirada triste de la clase baja zaragozana en los patios interiores del barrio de Delicias (de ahí el título de la novela), el ateísmo del protagonista filósofo es Nietzsche, y no deja de recordarlo con frases como “De fondo suena un Nietzsche sin Wagner, un Nietzsche como de cajita de música, un Zaratustra de barrio de San José.” Intenta que sus historias tengan siempre moraleja, pero a veces resulta incomprensible o innecesaria; en otras ocasiones, Del Molino solo busca el efecto fácil. Da la sensación de que para el autor la literatura es solo realizar analogías, muchas de ellas forzadas. Si en otros novelistas este tipo de asociaciones son greguerías absurdas, juegos con el lenguaje, en el caso de Del Molino son intentos de literatura solemne. No hay ironía, y en los momentos en los que intenta reírse de sí mismo en realidad cae en la falsa modestia (después de decir que se acostó con tres mujeres en un mismo día dice que es un imbécil cuya prosa no merece una sola lectura).

Del Molino tiene una buena materia prima, pero da la sensación de que no está aprovechada. La mirada de los peces cuenta la historia de Antonio Aramayona, que se suicidó en julio de 2016 después de reunir a familiares y amigos para anunciar la noticia. Aramayona llevaba años en silla de ruedas, y era un personaje famoso en Zaragoza: profesor de filosofía de instituto y activista por la eutanasia, también era un firme defensor de la educación laica y de calidad. Estuvo varios meses protestando delante de la casa de la consejera de Educación de Aragón, escribía en El Periódico y en El Diario y aparecía en tertulias de la televisión regional. Aramayona dio clase a Del Molino en el instituto. Como muchos de sus alumnos, quedó tocado por su forma heterodoxa y provocativa de enseñar (no falta la comparación con El club de los poetas muertos y Robin Williams). Era el mentor, el hermano mayor y el amigo de muchos de sus alumnos.

Pero el libro es también la historia de la adolescencia del autor en el barrio zaragozano de San José, una zona obrera y de clase baja con descampados y yonquis; Del Molino construye una épica a partir de este contexto. El joven Sergio coquetea con el comunismo, con los abertzales, es heavy y llega incluso a robar con colegas una bandera de España de un pueblo para luego quemarla (es la escena más divertida del libro). Su vida de adolescencia es anodina y no muy diferente a la de toda su generación, la de la EGB, pero su narración resulta entretenida y tiene ritmo. Y no cae en la nostalgia, justo cuando la nostalgia de esa época se ha convertido en un producto cultural.

La mirada de los peces entrelaza las historias de Del Molino y Aramayona, pero quizá podría haber profundizado en este último, un personaje complejo e interesante. El autor tiene la virtud de no caer en el elogio fácil y a veces se enfrenta a su personaje y critica sus decisiones: dice no entender su suicidio, pero afirma que hay cosas que nunca podremos comprender. En esos momentos Del Molino es honesto y tierno, y evita el sensacionalismo. La mirada de los peces es un libro irregular con momentos de brillantez. Su autor utiliza la escritura para expurgarse y corregir lo dicho y lo vivido. Es una pena que en este caso el resultado sea decepcionante. ~


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