artículo no publicado

La Escuela de Frankfurt: Los marxistas melancólicos

Stuart Jeffries

Gran Hotel Abismo

Traducción de José Adrián Vitier

Madrid, Turner, 2018, 484 pp.

 

Georg Lukács. En 1962, el filósofo marxista Georg Lukács escribió en un prefacio a su célebre Teoría de la novela que una parte de la intelligentsia alemana, entre ellos Theodor Adorno, vivía en un “Gran Hotel Abismo”, una referencia a su crítica de Schopenhauer. Es un “bonito hotel, equipado con todas las comodidades, al borde de un abismo de nada, de absurdo. Y la contemplación del abismo, entre comidas excelentes y entretenimientos artísticos, solo puede aumentar el disfrute de las sutiles comodidades ofrecidas”. Lukács fue un marxista mucho más ortodoxo que quienes formaron la llamada Escuela de Frankfurt. Sin embargo, aportó una base teórica importante a la escuela al crear el concepto de “reificación” a partir de la idea del “fetichismo de la mercancía”, de la que habla Marx en El capital. La identidad del individuo moderno no se construye en el siglo XX a partir del trabajo sino del consumo. Estamos “enamorados” de nuestras lavadoras y smartphones. O como diría Adorno, hay una catéxis (un término del psicoanálisis que se refiere a una especie de carga simbólica que uno proyecta sobre algo o alguien) libidinal en el vínculo con los objetos no humanos, igual que con las personas amadas. Es algo que resultaría clave en obras como El hombre unidimensional de Marcuse, que tanta influencia tuvo en los años sesenta y setenta, y cuyas ideas siguen presentes en Banksy o en las viñetas o memes virales (paradójicamente) sobre nuestra obsesión con la tecnología.

Al centrarse en la falsa conciencia o alienación del proletariado, Lukács abriría un nuevo campo de estudio: con estos pensadores, el marxismo se combinó con el psicoanálisis y dio un giro cultural. Stuart Jeffries afirma que el enfoque en la “reificación” hizo virar al marxismo del “optimismo agitador del Manifiesto comunista a la resignación melancólica que se filtra a través de la Escuela de Frankfurt”.

Max Horkheimer. El Instituto de Investigación Social se creó en Frankfurt para reflexionar sobre el fracaso de la revolución comunista en Alemania en 1918. Pero bajo la dirección de Horkheimer, a partir de 1931, dejó de lado el análisis del capitalismo exclusivamente como un sistema económico y se centró en estudiar su superestructura: el capitalismo es también un sistema de dominación cultural, que oprime al proletariado de maneras sutiles a través de la cultura de masas. Esto provocó una paradoja que todavía no se ha resuelto y que los críticos con la Escuela de Frankfurt siempre recuerdan: estamos todos atrapados y alienados excepto, claro, quienes nos avisan de que estamos todos atrapados y alienados. Marcuse, Horkheimer, Adorno están woke, como dicen en las guerras culturales de internet. Es decir, están concienciados, saben ver tras el velo sutil de la opresión cultural y su obligación moral es avisarnos. “Es como si el proletariado hubiera sido hallado deficiente como agente revolucionario y hubiera sido reemplazado por teóricos críticos”, dice Jeffries. Es decir, por académicos. Como escribió la filósofa británica Gillian Rose, la Escuela de Frankfurt “en vez de politizar la academia, academizó la política”.

Walter Benjamin. Fue quizá el más melancólico, sentimental y pesimista de Frankfurt. No supo hacerse nunca ni un huevo frito y vivió de las rentas de su familia, aunque esta fue una característica común de los teóricos críticos. Era un nostálgico de su infancia idílica en Berlín, y a menudo sus reflexiones sobre la memoria lo acercan más a Proust que a otros teóricos marxistas. Sentía una enorme atracción por lo decadente y le fascinaba la aparente armonía de la vida comunitaria de ciudades como Nápoles, quizá por el gran contraste que presenta con Alemania. Fue quizá el más místico y en cierto modo reaccionario de los teóricos críticos: su paso del judaísmo al marxismo forma parte de su búsqueda de redención y del absoluto. Como escribe J. M. Coetzee en The New York Review of Books, algunas de sus teorías eran incomprensibles o demasiado espirituales para determinados amigos marxistas. El dramaturgo Brecht escribió en su diario: “Benjamin dice: cuando sientes que la mirada del otro se posa en ti, incluso cuando estás de espaldas, respondes (!). La expectativa de que cualquier cosa que observas te observa a ti crea el aura… Es todo muy místico, a pesar de sus actitudes antimísticas. ¡Esta es la manera en la que debe hacerse el análisis materialista! Es bastante espantoso.”

Hoy Benjamin es un pensador de moda. Hay exposiciones sobre él, se reeditan sus obras y los críticos culturales citan sus reflexiones sobre estética, fotografía y cine. Da la sensación de que no podrían existir los estudios culturales sin los análisis literarios de Benjamin, en los que es capaz de combinar a Baudelaire, Mallarmé y demás poetas simbolistas con el marxismo: muchos de sus textos –como “El autor como productor”– son el intento, a veces poco convincente, de justificar esto tan aparentemente contradictorio.

Su prosa influye en esa atracción. En cierto modo, para Benjamin y demás teóricos críticos, la escritura refleja el pensamiento. Y como el pensamiento ha de ser dialéctico, la prosa ha de seguir esa lógica: es un follaje que hay que desbrozar hasta alcanzar el sentido. Su famosa teoría del progreso de la historia a partir del cuadro Angelus Novus de Paul Klee (que Benjamin adquirió y tenía en su despacho) es una idea más o menos sencilla sobre el historicismo expresada con una prosa enrevesada e incomprensible.

Stuart Jeffries no esconde su atracción por Benjamin. Dedica buena parte del libro a sus viajes, su suicidio en 1940 en Portbou tras escapar de la Francia ocupada por los nazis, y sus problemas edípicos. Casi todos los pensadores de la Escuela de Frankfurt eran hijos de judíos burgueses, y casi todos se rebelaron contra sus padres y lo que representaban: el espíritu comercial y pequeñoburgués, los valores de la Ilustración, la ciencia y el positivismo. A veces esa rebelión edípica era ridícula y adolescente, como explica Jeffries: “Si el padre es un judío practicante, el hijo se rebela expresando su ateísmo; si el padre es un judío ateo sumergido en el nacionalismo alemán, el hijo se rebela reclamando su herencia religiosa judía o abrazando el creciente movimiento político del sionismo.”

Theodor Adorno. El jazz, que para los existencialistas era la cumbre de la fenomenología y una forma casi de libertad radical, era para Adorno un ejemplo del arte mercantilizado del capitalismo. En su ensayo On jazz, que ha envejecido muy mal, habla de que es un arte sadomasoquista que recuerda a la eyaculación precoz. Pero es un poco injusto reducir a Adorno a estas teorías. La personalidad autoritaria, publicado en 1950, donde analiza las características psicológicas que explican el apoyo al fascismo, es una obra que todavía influye en los estudios sobre por qué se vota a partidos y líderes autoritarios. Es una obra que se centra en el fascismo, lo que en plena Guerra Fría provocó críticas en Estados Unidos, ya que no mencionaba al enemigo soviético. También recibió críticas porque en cierto modo comparaba el conservadurismo con el autoritarismo.

Su crítica al individualismo como la esencia de la dominación capitalista es similar a la que expone con Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, donde los dos teóricos elaboran una dura crítica contra el positivismo y la razón instrumental. Y van más allá. Para ambos, como explica Jeffries, “el fascismo no es una abolición del capitalismo, sino más bien el medio de asegurar su existencia continuada”.

Herbert Marcuse. Fue el héroe del 68 y el demonio de la derecha reaccionaria y la alt-right. Unió la represión freudiana con la alienación marxista para proclamar una revolución libidinal y erótica que acabara con las estructuras del capitalismo y el liberalismo, especialmente la estructura familiar tradicional. Aunque apoyó a los estudiantes en 1968, su melancolía y pesimismo frankfurtianos acabaron imponiéndose. Marcuse terminó pensando que el sistema capitalista utilizó la revolución sexual como un instrumento de dominación. Fue una “revolución divertida”, por usar el término de Ramón González Férriz, una rebelión que acabó perfectamente normalizada en el sistema y que no cambió nada de raíz. 

Marcuse consideró igual de negativa la represión sexual que su liberación: como buen frankfurtiano, pensaba que no había solución obvia. El hombre unidimensional, su célebre obra, destapa una lógica que está muy extendida en la crítica cultural contemporánea: vivimos una represión sutil que (y aquí viene el salto hiperbólico) es más peligrosa que la explícita porque la hemos interiorizado. El coreano Byung-Chul Han, el filósofo de moda y heredero claro de Frankfurt, hace un análisis similar hoy: el emprendedor que es su propio jefe tiene interiorizada la opresión capitalista, la ejerce sobre sí mismo.

Jürgen Habermas. Es el frankfurtiano heterodoxo, quizá el más marxista de todos en su juventud y luego el mayor defensor de la democracia liberal, el reformismo, la Unión Europea y los valores de la Ilustración. Aunque lideró una rebelión “edípica” contra la herencia del nazismo en Alemania que lo acercó a los movimientos sesentayochistas, denunció el “fascismo de izquierdas” de algunos revolucionarios. Más adelante, se convirtió en un gran crítico del posmodernismo.

Jeffries afirma que “nunca desde Kant o Hegel un filósofo y teórico social alemán ha desarrollado un sistema intelectual tan elaborado. Y sin embargo este sistema multidisciplinar se basa en una idea simple: que a través de la comunicación racional podemos superar nuestros sesgos, nuestras perspectivas egocéntricas y etnocéntricas, y alcanzar un consenso o una comunidad racional”. Suena utópico leer sobre comunicación racional y una esfera pública que delibera en una época de tribalismo político y guerras culturales online. Es una utopía que busca rescatar la razón de quienes la consideran totalitaria o al menos algo a lo que no merece la pena aspirar: “No comparto la premisa básica de la Teoría Crítica”, afirmó en los años setenta, “la premisa de que la razón instrumental ha ganado tal dominio que no hay salida de un sistema total de engaño, en el que el conocimiento solo lo consiguen a través de ráfagas unos individuos aislados”. Si vivimos en un sistema ilusorio, la salida no se obtiene con el colapso de la sociedad industrial avanzada y la llegada del socialismo, sino a través del reformismo y el gradualismo dentro del sistema.

Stuart Jeffries. El autor de Gran Hotel Abismo, crítico cultural y colaborador del Guardian y el Financial Times, se sentía amenazado por las ideas densas y profundas de la Escuela de Frankfurt. Se propuso escribir este libro para conocerlas. Siguiendo la tradición del ensayo de ideas anglosajón (recuerda al también excelente En el café de los existencialistas, de Sarah Bakewell), Gran Hotel Abismo es una obra repleta de debates apasionantes e historias novelescas. Es también una guía profunda, clara y didáctica sobre la historia y el desarrollo de las ideas que han formado intelectualmente a una buena parte de la izquierda actual: no pueden entenderse la políticas de la identidad contemporáneas, por ejemplo, sin las teorías de la Escuela de Frankfurt.

En cierto modo, seguimos teorizando sobre lo que teorizaron Adorno, Horkheimer, Marcuse o Habermas, pero a menudo peor o a partir de lecturas equivocadas. Como escribió Adorno a Marcuse en 1969, deprimido por la interpretación que los estudiantes revolucionarios hicieron de sus ideas, “[los estudiantes] han sintetizado su práctica con una teoría inexistente, y por lo tanto expresado un decisionismo que evoca recuerdos terribles”. Hay muchas revoluciones que se hacen a partir de malas lecturas o simplificaciones. Gran Hotel Abismo explica lo que hay detrás de los eslóganes y la prosa grandilocuente y enmarañada. ~


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