artículo no publicado

En busca de Aharon Appelfeld

Tengo pánico a llamar por teléfono. Me cuesta llamar a mis amigos, a mi familia, al técnico de internet. Por eso llamar a un superviviente del Holocausto, como estoy a punto de hacer, me resulta casi imposible. Llevo frente al ordenador una hora. Mi novia me ha dado las claves de la cuenta de Skype del padre de su ex, que es israelí. Tengo el número de Aharon Appelfeld en Israel. Busco excusas para no llamar. Escribo un pequeño guion. Llamo y responde la voz de una mujer. “¿Aló?” Ejecuto mi guion. Se pone Appelfeld. Le pregunto si puedo conocerlo y entrevistarlo. “Fine, fine.” Me pregunta de qué quiero hablar. De memoria, literatura, del Holocausto, de sus novelas… “Fine, fine.” Quedamos el 27 de noviembre a las 17:30 en su casa de Guivatayim, un barrio de Tel Aviv.

Y entonces comienzo a leerlo. Cuando lo llamé, solo había leído unas pocas páginas de Badenheim 1939, uno de sus libros más famosos, publicado en 1978. Es una novela corta, kafkiana y siniestra. Un grupo de judíos pequeñoburgueses e intelectuales se aloja en un hotel de un pueblo austriaco a la espera de ser deportado a Polonia. Nadie sabe por qué los trasladan, ni siquiera el narrador. Los protagonistas están en el pueblo para el festival de primavera, que atrae a turistas de toda Austria y Alemania. Se obsesionan con la logística del festival, la organización de los músicos, los ensayos, discuten banalidades. Que estén confinados a la espera de la deportación es una minucia. Discuten sobre si en Polonia serán bien recibidos, si se apreciará su música en Varsovia, y alguno incluso se convence de que el aire fresco de allí les vendrá bien. Appelfeld reflexiona sobre la ingenuidad, la disonancia cognitiva y la mentalidad pequeñoburguesa de los judíos asimilados de la Europa de entreguerras.

“¿No es fascinante ver lo fácil que fue engañar a los judíos?”, se pregunta Appelfeld en una entrevista con Philip Roth. “Con los trucos más simples, casi de manera infantil, los reunieron en guetos, los mataron de hambre durante meses, les dieron falsas esperanzas, y finalmente fueron enviados a la muerte en tren. Esa ingenuidad la tenía presente cuando escribía Badenheim. En esa ingenuidad encontré un tipo de destilación de humanidad.”

La ingenuidad y la bondad son dos de los grandes temas de Appelfeld. En sus novelas hay drama y perversión, pero sus personajes suelen tener una mirada limpia y clara, que analiza la realidad desde cierta distancia y asombro.

Muchos de ellos son niños, y muchos de ellos son un trasunto de él. Appelfeld elige la bondad y no la maldad para narrar su vida en guetos, campos de concentración nazis, campos de refugiados, una vida de huérfano en los bosques de Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, junto a prostitutas y proscritos. La ingenuidad, y el núcleo de bondad que hay en ella, forma parte de su proyecto artístico. Como le explica a Roth, “estoy interesado en las posibilidades de la ingenuidad en el arte. ¿Puede haber un arte moderno ingenuo? Me parece que sin la ingenuidad que encontramos todavía en los niños y los ancianos y, hasta cierto punto, en nosotros, el arte es defectuoso. He intentado corregir ese defecto.”

Aharon Appelfeld nació en 1932 en Chernovitz, en la región de Bucovina, un territorio entre Ucrania y Rumanía. Su infancia fue idílica y segura hasta el inicio de la guerra. Su padre era un empresario con tierras. Eran una familia de judíos asimilados, poco religiosos, ilustrados y cultos. En casa se hablaban alemán, ruteno, yídish y un poco de rumano. Vacaciones en los Cárpatos, en hoteles y balnearios de Austria, viajes de tren en primera clase, temporadas con los abuelos en el campo, que hablaban yídish e iban a la sinagoga, y en la hacienda de uno de los tíos, fan de Kafka y de las vanguardias.

La infancia de Appelfeld en la época de entreguerras transcurre en una burbuja heredera del idealismo del imperio austrohúngaro: tanto en Badenheim 1939 como The age of wonders los protagonistas son judíos asimilados, intelectuales que miran hacia Viena y rechazan la mentalidad del gueto y el shtetl. “Los judíos asimilados construyeron una estructura de valores humanistas y observaban el mundo a través de ella. Tenían claro que no eran ya judíos, y que lo que incumbía a los ‘judíos’ no les incumbía a ellos. Esa extraña seguridad los hizo criaturas ciegas o casi ciegas. Siempre me han gustado los judíos asimilados, porque ahí es donde el carácter judío y también, quizás, el destino judío, están concentrados con más fuerza.” En The age of wonders, un escritor judío austríaco sufre una crisis de reputación, en buena parte por el creciente antisemitismo. Recibe críticas más personales y racistas, lo marginan de los círculos literarios, no le publican su nueva novela. El ambiente está cada vez más enrarecido, pero el objeto de su odio es el judío pequeñoburgués, el comerciante y especulador que no aprecia la alta cultura. Las obsesiones del escritor, fan de Kafka, amigo de Zweig y crítico del sentimentalismo, le impiden ver lo que se avecina.

Appelfeld no es solo reacio al sentimentalismo y el moralismo. Tiene una obsesión con la escritura clara, concisa, exacta, y con saber diferenciar entre lo necesario y lo superfluo. En muchas de sus novelas y ensayos hay reflexiones sobre la relación entre la escritura y el pensamiento claros. Sus personajes buscan las palabras exactas, tienen miedo a que no se les entienda bien. Sin embargo, Appelfeld es muy crítico con el memorialismo y el testimonialismo. “Nunca he escrito sobre las cosas tal y como ocurrieron. Todos mis trabajos son por supuesto capítulos de mi experiencia más personal, pero no son ‘la historia de mi vida’.” Por eso Historia de una vida (Península, 2005), sus memorias, es una obra incompleta y fragmentaria. Hay muchos episodios de su vida que no cuenta, como la muerte de su madre o su etapa en un campo de concentración en Transnistria: “He aprendido que una experiencia profunda se puede falsificar fácilmente.” Lo que no cuenta en Historia de una vida sí que lo cuenta en una entrevista en The Paris Review: “Estábamos con mi abuela en la granja. Los rumanos y los alemanes vinieron y mataron a mi madre y mi abuela. Era el verano de 1941. Yo tenía 9 años y medio. Ella tenía 31. [...] Estaba enfermo de paperas, y de pronto escuché unos disparos. Mi madre estaba en el patio. Cuando oí los disparos, salté por la ventana. Había un campo de trigo, y salté sobre él [...] Entonces encontré a mi padre. Y los dos fuimos andando hasta Chernovitz. Nos quedamos en el gueto. Luego nos llevaron al campo, y nos separaron. Estaba solo con mujeres y niños. Cada día alguno moría. Escapé del campo. Era en el 41, antes de las vallas electrificadas.”

Después de escapar del campo de concentración, Appelfeld vagó por los bosques de Ucrania y acabó viviendo con una prostituta ucraniana, que le pegaba y abusaba de él. En Flores de sombra (Galaxia Gutenberg, 2012) ficcionaliza esa historia. Un niño escapa del gueto con su madre, que lo esconde con una amiga prostituta en un burdel. Pasa toda la guerra metido en un hueco detrás de la pared. Vienen clientes, el niño comienza a descubrir a qué se dedica la mujer, con quien entabla una relación extraña, entre maternal y sexual. El joven Hugo aprende a observar, escuchar y tomar nota de todo lo que ocurre. Lleva un diario, donde apunta las cosas que aprende y las que contará cuando salga de ahí.

Después de la guerra, Appelfeld pasó por varios campos de refugiados en Italia hasta llegar a Palestina. Cuando llegó, en 1946, “había perdido todas las lenguas que hablaba y se había quedado sin ninguna”. En su diario de entonces, se mezclan el alemán, que no puede separar de su madre, el yídish y el hebreo. Pronto, el hebreo se convertiría en su lengua. “Para mis compañeros la adopción de la lengua fue probablemente más sencilla”, cuenta en Historia de una vida. “Se desprendieron de la memoria y construyeron un idioma que estaba totalmente aquí, únicamente aquí, y desde este punto de vista, y no solo desde este punto de vista, ellos fueron los fieles hijos de aquellos años. Vinimos a esta tierra a construir y reconstruirnos. ‘Construir y reconstruirnos’ era interpretado por la mayoría de nosotros como el aniquilamiento de la memoria.” La generación de Appelfeld no habló del Holocausto. Hubo hijos que no supieron lo que sufrieron sus padres. Appelfeld se vio tentado de hacer lo mismo. ¿Qué “hechos” iba a contar de la guerra si cuando comenzó solo tenía siete años? La ficción le ayudó a contar. “La guerra está sepultada en mi cuerpo, pero no en mi memoria. No invento, sino que elevo de las profundidades de mi cuerpo sensaciones y pensamientos que fui absorbiendo durante mi ceguera.” Appelfeld defiende la ficción para narrar el Holocausto, pero también para salvar al individuo de los procesos históricos: “El arte cuestiona constantemente el proceso por el cual un individuo se reduce al anonimato.” La ficción es también una manera de enfrentarse a la memoria.

Tengo que llamar de nuevo. No sé si Appelfeld habla suficiente inglés para hacer la entrevista. Es amigo de Philip Roth, con quien imagino que habla en inglés, pero cuando Roth lo entrevistó para London Review of Books Appelfeld le respondió por escrito en hebreo. ¿Podrá traducirme su mujer, Judith, que es argentina, del hebreo al castellano? Quizá es asumir demasiado. Tengo que llamar de nuevo, pero ya estoy en Jerusalén y no tengo internet. Cojo el bus a Tel Aviv.

En el centro de Tel Aviv hay una librería internacional muy buena: Halper’s Books. En ella encuentro varios libros de Appelfeld, pero no el que busco, The immortal Bartfuss, sobre un romance en el Israel de los primeros años. No ha escrito mucho sobre Israel, y no le gusta el periodismo. Sus novelas siempre vuelven a su infancia y a la Europa de entreguerras: “El hombre puede llevar su ciudad natal a todas partes y vivir en ella una vida plena”. En un ensayo, se pregunta: “¿Cómo construye uno un puente a través de ese abismo que hay entre el deseo de asimilación y el anhelo de las raíces?”

Es el piso 5. En el buzón no hay nombres. Cuento las puertas, hay cinco, llamo a la quinta. Se oye la voz de una mujer anciana, no entiendo lo que dice. Pregunto por Judith, por el señor Appelfeld. Se oyen gritos en el interior de la vivienda. La anciana intenta abrir la cerradura, mueve el pomo, pero no puede abrir la puerta. Las voces de fondo, más jóvenes, le recriminan algo, imagino que dicen “no abras”. “¿Judith?” Pero no consigue abrir la puerta. Bajo a la calle. Estoy en una calle equivocada, me dice una vecina. Esto es la calle Borojov de Tel Aviv, tienes que ir a la calle Borojov en Guivatayim. “¿Y está lejos?” “Sí, coge un taxi”.

Llamo al timbre, esta vez el correcto. El hijo de Appelfeld me abre la puerta de la casa. “Acabamos de volver del hospital. Te hemos llamado varias veces pero no lo cogías.” Appelfeld está de espaldas a la puerta, en una silla de ruedas. No lleva su boina característica. Le doy la mano, la tiene vendada. Me mira como si mirara a kilómetros de distancia, con los ojos achinados. Está comiendo un plátano muy lentamente. Me siento en el sofá. No deja de mirarme. Me dice: “Me he roto la cadera.” Luego hay un silencio incómodo. Respira con dificultad. Judith, su mujer, con cara de preocupación, me dice que espere unos diez minutos. Se acaban de mudar a la casa, tras cincuenta años viviendo en Jerusalén. Aquí están más cerca de sus hijos y del hospital. Hay cajas por todas partes. Los únicos libros que hay son los de Appelfeld, todas las traducciones. Muchas en alemán, francés, español. Hay una en catalán.

Aharon mira al vacío, llama al hijo y le dice algo al oído. Se lo llevan del salón. “Vamos a tener que cancelar la entrevista. Aharon tiene que descansar.” Judith me ofrece un vaso de agua. Hablo con ella pero me responde muy escuetamente, está preocupada por su marido. Una de las preguntas que tenía preparada era sobre ellos, cómo se conocieron. Aharon no ha escrito nunca sobre su mujer e hijos (“Mi escritura es mi fantasía, no es mi vida real.”). Me termino el vaso de agua y me marcho. “Llame en unos días a ver cómo se encuentra. Lo siento mucho.”

Llamo dos días después. Appelfeld sigue cansado y cancelamos la entrevista definitivamente. Siento que he insistido demasiado y a la vez que no he insistido suficiente. Me digo: Bueno, de todas formas él dice que “hablar me cuesta: en la guerra no se habla”. Me digo: su vida está en sus novelas. O casi toda su vida.

En el bus de Jerusalén a Tel Aviv voy sentado al lado de un soldado de unos veinte años, con su uniforme caqui. Mira su Instagram y ropa y zapatos en internet. Su rifle está demasiado pegado a mí, me roza la pierna y no me muevo en todo el viaje. ~


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