artículo no publicado

Elogio del nenúfar

La sensación es bien conocida: uno abre de joven una novela de Nabokov por primera vez, queda envuelto por la fluidez de una prosa crujiente, hechizado por los ángulos inesperados que adoptan las frases, y la multitud de detalles vívidos que manan de una fuente de talento que parece inagotable nos obliga a preguntarnos: ¿se puede escribir mejor?

Lo que sucede después también es de dominio público: basta con ampliar el círculo de lecturas para advertir que algo no termina de ir bien con Nabokov (al menos no tan bien como él cree). Lo que cambia de un lector a otro es el ángulo de resquebrajamiento, probablemente porque los puntos vulnerables de sus novelas son variadísimos. En mi caso, recuerdo bastante bien el día que reparé en cuánto mejorarían sus novelas si, cada veinte páginas, hubiese sustituido un buen puñado de sus célebres detalles por una idea sustanciosa. Desde entonces Nabokov me recuerda a un nenúfar: una atractiva planta empeñada en cubrir la mayor superficie de agua con una brillante capa de reflejos, con poca capacidad de arraigo, de escasa profundidad.

Pero la disidencia puede darse en otras zonas de su novelística. El Nabokov maduro se esforzó en ofrecer un catálogo detallado de fobias cuyo reverso es el mapa secreto de sus limitaciones. Basta con leer sus novelas (con especial atención a las rusas) para reparar que intentó sin suerte muchas de las cosas que después declaró que le irritaba encontrar en sus adversarios (por respetar su terminología). Se lamentó de la psicología, pero rara vez presentó un personaje que no fuese papel pintado. Criticó los diálogos, pero los de sus primeras novelas harían pasar por jugosos a los de Carver. No soportaba el “pensamiento literario” pero se esforzó mucho en Ada o el ardor por reflexionar sobre el tiempo en unas páginas que dejan bastante abochornado al lector. Despreciaba la política, pero el recurso de la memoria sentimental y sus pérdidas personales no deja de ser un atajo infantil para problemas complejos, susceptibles de una respuesta artística más sofisticada.

Casi podría decirse que el Nabokov inglés es el resultado de una concentración obsesiva en el propio talento (la observación insólita, el detalle brillante) lograda a fuerza de negarse y amputar cualquier otro de los recursos literarios que en manos de coetáneos más dotados (Mann, Pasternak, Faulkner) ofrecen maravillas. De esta concentración y renuncia surge el particular efecto de lectura que producen las páginas de Nabokov: una multiplicidad de destellos brillantes sobre asuntos un tanto livianos, que fascinan cada vez que se abre el libro y fatigan un tanto cuando la lectura se prolonga.

Las consideraciones precedentes son un tanto injustas, ¿no disfrutamos de estilistas como John Updike o Eloy Tizón? ¿Es que todos los escritores tienen que ser geniales? Ciertamente, algunos lectores de Nabokov somos demasiado exigentes con él, pero alguna responsabilidad tiene el propio autor dada su insistencia en situarse al lado de los novelistas más gran- des y originales, a quienes imitó una y otra vez (en La dádiva intentó hacer con la tradición rusa lo que Joyce había hecho con la británica; en Invitado a una decapitación pretende ser Kafka; en Barra siniestra, Orwell; en Ada, Proust) con resultados notables, pero muy inferiores a los modelos. Quizás Nabokov sea un novelista importante, pero se queda varios cuerpos por debajo de los maestros (algunos coetáneos suyos) que supieron manejar a sus anchas todos los recursos que les ofrecía la novela. A nadar con los pies atados nadie gana a Nabokov, pero vencida la fascinación que ejerce asistir al cumplimiento de tan extravagante meta, nadie nos puede culpar de que prefiramos ver cómo se desenvuelve el delfín.

Vienen todas estas reflexiones tras la lectura de Gloria (Anagrama, 2017), novela menor y crujiente de su periodo ruso donde Nabokov incrusta (más que hilvana) una serie de episodios en el exilio de un joven ruso cuyas similitudes con el autor harán las delicias de los aficionados a la caza menor del “trasunto”. En la novela ya se aprecia el talento de Nabokov para plasmar de forma insólita el detalle; aunque la tensión eléctrica es menor que en Lolita o Ada el tejido verbal se agita ante nuestros ojos con la fascinación de lo vivo.

El lector veterano encontrará aquí otras recompensas, los esfuerzos del joven Nabokov por progresar en aspectos donde su habilidad natural es mucho menor: preocupaciones sociales, vulnerabilidad del personaje, diálogos... En el prólogo reaparece el refunfuñante Nabokov maduro tratando de convencernos (¡a estas alturas!) de que las vacilaciones del libro son el resultado de meditadas elecciones poéticas, pero sus argumentos solo convencerán a quienes atraviesen la fase del hechizo. Al resto nos queda disfrutar de los esfuerzos del joven artista por dominar destrezas que le son esquivas al tiempo que nos ofrece páginas llenas de hallazgos. Estos nos transmiten el familiar talento con que se formarán algunas de las novelas más estilizadas del siglo pasado de un artista que, sin rozar apenas las alturas donde fantaseaba estar instalado, casi nunca descendió por debajo de una áurea notabilidad: las queridísimas novelas de nuestro nenúfar favorito. ~


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