artículo no publicado

El cuento de otra criada

Margaret Atwood

Alias Grace

Traducción de María Antonia Menini Pagès

Barcelona, Salamandra, 2018, 528 pp.

 

El trabajo doméstico –quienes lo hacen, quienes lo pagan– está en el centro de Alias Grace, reeditada recientemente por Salamandra debido al éxito de la miniserie de Netflix. A lo largo de las más de quinientas páginas que conforman la novela, Margaret Atwood hace a su protagonista describir de manera minuciosa los días de una trabajadora doméstica a mediados del siglo XIX. Esta rutina es clave para comprender la posible complicidad de Grace Marks en el asesinato de su patrón y de su ama de llaves, un hecho real acontecido en la región de Ontario en 1843. La otra línea de este libro tiene que ver con la representación de la asesina que hizo la prensa de la época. En su momento, los periódicos desmenuzaron la historia de Marks, en ese entonces de dieciséis años de edad, y contribuyeron a que su figura se convirtiera en parte del folclor canadiense.

Al caracterizar algunas obras suyas, como El cuento de la criada o la trilogía MaddAddam, Atwood prefiere el término “ficción especulativa” sobre el de “ciencia ficción”. Sus historias distópicas, explica, incluyen solo adelantos tecnológicos ya existentes. Eso le permite explorar futuros con los elementos reales del presente. En Alias Grace asume un desafío narrativo similar: apegarse a los datos objetivos que se saben sobre el caso y especular sobre la vida interior de Marks, sobre los motivos que pudo haber tenido para desear la muerte de Thomas Kinnear y Nancy Montgomery.

Para llevar a cabo esta exploración del pensamiento de Grace, Atwood introduce a Simon Jordan, un doctor que busca poner en práctica sus conocimientos en la incipiente ciencia de la psiquiatría. Un grupo de piadosos defensores de la joven Marks ha contratado a Jordan para escribir un reporte que pueda ayudar a liberarla, porque si bien Grace se ha salvado de la horca permanece confinada en una celda. Las conversaciones entre doctor y paciente crean un escenario sensual y sofocante: el calor de la sala en la que se reúnen, los olores que cada uno emana, el tacto de las frutas y verduras que él le lleva para estimular su memoria. Los recuerdos de Grace son a veces vívidos y terrenales (como la narración de su viaje de Irlanda a Canadá), pero en ocasiones rozan lo místico: las muertes de su madre y de su única amiga, Mary Whitney, la atormentan de una forma especial, lo mismo que varios sueños que tuvo en los días previos al asesinato y la pérdida de memoria que le impide saber si ella mató a Nancy.

Además de la narración en primera persona por parte de Grace, Atwood enhila documentos históricos, cartas ficticias y escenas desde la perspectiva del doctor. El quilting, una técnica para confeccionar colchas a partir de retazos que crean ciertos patrones, le sirve a Atwood para representar las diversas versiones que conforman una historia. En Norteamérica el quilting está inevitablemente relacionado con la esclavitud, la servidumbre y lo femenino. Grace disfruta explicarle a Jordan los patrones que ha aprendido con el tiempo y está muy orgullosa de sus habilidades con la costura a mano.

Con menor entusiasmo, Grace también describe a detalle las partes más escatológicas de su vida de mujer pobre dedicada a lo doméstico: la primera vez que tiene la menstruación, las letrinas, el sudor y la sangre de Mary Whitney después de sufrir un aborto clandestino, sus dudas sobre la relación carnal que pudieron haber mantenido Thomas y Nancy. Grace se debate entre el pudor de contarle todo esto a Jordan y el innegable placer de que alguien la escuche, incluso cuando lo que tiene que decir es, a su parecer, vulgar. En un pasaje esclarecedor, Jordan le pregunta qué hacía todos los días. En principio ella cree que es una burla, pero enseguida recapacita: “De veras no lo sabe. Los hombres como él no tienen que limpiar las cosas que ensucian; en cambio, nosotros no solo tenemos que limpiar lo que ensuciamos sino también lo que ensucian ellos.”

La vigencia de esta observación prueba que, a dos décadas de su publicación original, Alias Grace se hace preguntas importantes para los movimientos feministas actuales: ¿para qué y a quién sirven las his- torias de las mujeres? Las cosas que Grace ha visto, las injusticias de una vida de pobreza y servidumbre, el tratamiento de los periódicos (que ella resiente de forma profunda), sus ideas sobre la vida, solo son interesantes cuando ayudan a un propósito mayor. Esos testimonios son inseparables de las personas a quienes están dirigidos, algo de lo que ella es consciente y que la lleva a representar el papel que otros le imponen. De ese modo el lector está imposibilitado para saber qué piensa Grace en realidad y mucho menos para dar una respuesta definitiva sobre su participación en los asesinatos.

En un pasaje, Grace recuerda el juicio en el que su supuesto cómplice fue condenado a la horca y ella declarada culpable. La información que dieron los periódicos era una mezcla de mentiras y verdades. Al respecto, Grace reflexiona que, en el caso de la reputación de las mujeres, lo que se dice de ellas y lo que pasó acaba por ser lo mismo. Es por eso que ella no trata de convencer a nadie de su versión de los hechos y le interesan muy poco los esfuerzos para sacarla de la cárcel.

Las máscaras de Grace no comienzan con su vida de presidiaria. En sus años de servidumbre tuvo también que asumir ante diferentes patrones la fachada de sumisión. Años más tarde, cuando el doctor Jordan se encuentra ya fuera de su vida, mantiene conversaciones con otro hombre. A él le contará solo las peores partes de su historia (violaciones en el hospital psiquiátrico, humillaciones en la cárcel) solo para que su nuevo interlocutor encuentre expiación y paz en el hecho de haberla salvado.

A lo largo de su vida, Grace únicamente puede ser ella misma frente a Mary Whitney, la persona que le enseña a ser empleada doméstica en su primer trabajo. Al tratarse de una mujer adolescente como ella misma, Whitney le permite la experiencia de la amistad horizontal. Los detalles que la protagonista proporciona sobre esta relación pueden responder a la pregunta sobre a quién sirven las historias del dolor femenino: nos sirven a nosotras, cuando se las contamos a otras mujeres y hacemos comunidad. ~


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