artículo no publicado

Buscando a Vilas

Manuel Vilas

Ordesa

Madrid, Alfaguara, 2017, 388 pp.

 

No sé si hay muchos escritores en España (o en el mundo) que podrían empezar un libro con una cita de “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, justo en el año de su centenario, por cierto, sin que pareciera rematadamente cursi. Manuel Vilas lo hace en Ordesa, un libro en el que se abre en canal para mostrar lo que hay en su interior, que es básicamente dolor: dolor por la muerte de sus padres, grandes protagonistas del libro, por los errores de su vida, el alcohol, la autodestrucción, el alejamiento de sus hijos, el paso del tiempo, una profesión alimenticia que detesta, el dinero (siempre una preocupación), el no triunfo…, es decir, el dolor de vivir de casi todos. “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré. Nunca lo soporté”, escribe Vilas en el contundente inicio de Ordesa, que toma el nombre del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en el Pirineo aragonés.

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) era hijo y luego fue padre. Entre tanto, fue hermano, profesor de lengua y literatura, se casó y fue infiel. Muy infiel y muchas veces, escribe aquí. Era autodestructivo y alcohólico. Y sobre todo es escritor. Uno de los más prolíficos: América, Lou Reed era español, su Poesía reunida y ahora Ordesa en menos de dos años. España, Calor, El hundimiento, Gran Vilas o Aire nuestro son algunos de sus títulos más celebrados. Poesía, novela, libro de viajes, artículos… Vilas se atreve con todo. Y este libro, anunciado como novela pero donde novela significa algo así como paraguas total, contiene todo eso: la prosa, el diario, las reflexiones, algunos poemas y, también (tranquilos, fans de Vilas) Lou Reed. Falta Johnny Cash, es verdad. Aquí Julio Iglesias sustituye a Johnny Cash: la madre de Vilas estaba enamorada de él. También hay canciones del Dúo Dinámico porque este libro es un poco como Regreso al futuro: Vilas McFly trata de volver al pasado para ver a sus padres de jóvenes, cómo eran sin él, cómo eran antes de él, cómo lo concibieron a él. Vilas no tiene un DeLorean, así que usa la memoria y la hace literatura: tira de imágenes que le asaltan de pronto y de otras que le acompañan para recorrer el hilo de los recuerdos y reconstruir así a sus padres, en parte, para entenderse a sí mismo y su vida. “No fueron padres normales. Tuvieron su originalidad histórica. Oh, sí, ya lo creo. Fueron originales, pues hacían cosas raras, no eran como los otros. La razón de su excentricidad me parece un enigma amoroso”, escribe Vilas. Identifica lo que le debe a cada uno, lo que heredó de una madre fumadora y un padre que jugaba al bingo; de una madre a la que sus amigas abandonaron cuando las cosas les empezaron a ir mal y de un padre que se ganaba la vida como comercial textil. Su madre murió en 2014 sin saber que una llamada suya precipitó su divorcio. Su padre en 2005. Escribe Vilas que el primer recuerdo que tiene es Ordesa, el valle de Ordesa visto desde una recta en la que el coche de su padre, un Seat 850, tuvo un pinchazo. Ordesa es aquí el paraíso perdido, el lugar en el que se recuerda haber sido feliz. Ordesa no es solo un lugar: es un sentimiento. Es el recuerdo al que vuelve, al que se agarra y el que pretende reconstruir –revivir– con sus hijos adolescentes, que no comprenden del todo qué hacen parados en medio de la carretera.

Manuel Vilas hace otra cosa más con este libro, no solo se expone –afirma que no hay ficción, pero es una exposición consciente–, continúa la misión de convertir Aragón, y Zaragoza, en un terreno literario. En esa tarea tiene compañeros como José María Conget o Ignacio Martínez de Pisón. Aunque el estilo Vilas tiene más que ver con el de Félix Romeo (las repeticiones, el amarillo como símbolo del dolor), con el que seguro que compartía fuentes, y, sobre todo, con Mariano Gistaín, también nacido en Barbastro. Vilas habita una Zaragoza casi apocalíptica (la resaca de la Expo de 2008): compra un piso en la avenida Ranillas y después se emborracha enfermizamente. España está en crisis y la policía recoge a Vilas del suelo en la puerta del banco donde hace unas horas ha firmado la hipoteca de su piso posdivorcio.

El libro es el intento de retrato de los padres, el retrato del silencio que se instala entre todos a los que quiere Vilas: sus padres y sus hijos. También su exmujer: el divorcio aparece casi en elipsis, queda el vacío que ha dejado. En un juego estilístico, ya avanzado el libro, Vilas decide nombrar a su familia con los apelativos de compositores de música clásica: Brahms, Vivaldi, Bach y Wagner son ahora sus hijos y sus padres. Funciona un poco menos el discurso sobre el dinero y su pobreza (“he sido esclavo de una nómina”).

Vilas cuenta su soledad en Zaragoza y que ha dejado de beber. Cuenta un viaje a Ordesa, donde se perdona casi todos sus errores. Cuenta sus viajes entre Madrid y Zaragoza y las vacaciones familiares en Cambrils. Cuenta cuando acudió al Palacio Real y no sabía hacerse el nudo de la corbata. Cuenta también cuando uno de sus tíos lo persiguió cuchillo en mano. Manuel Vilas trata de explicarse a sí mismo en Ordesa. El libro es en parte un thriller sobre la identidad y demuestra que se puede tocar fondo muchas veces antes de volver a empezar.

El libro crece con las reflexiones sobre España, el pasado, el capitalismo, el trabajo y la vida. Está lleno de frases sentenciosas y contundentes, características del estilo de Vilas, que a veces aciertan a atrapar una verdad universal o una emoción, como si fueran canciones perfectas, y otras no. Ordesa es también un autorretrato, pero a donde otros llegan a través de la contención (pienso sobre todo en Édouard Levé) y la cuidada selección (aquí me acuerdo de Perec), Vilas llega por aluvión y acumulación. A veces, el golpe de efecto se produce y cierra con redondez un capítulo. Pero mantener esa intensidad a lo largo de más de trescientas páginas es difícil. Como el curso de los ríos, el discurrir de Ordesa es irregular. Afortunadamente: las primeras cien páginas son devastadoras. Luego las luces, el humor y el amor aparecen junto a las sombras y al dolor. ~

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