La vida después del catalanismo | Letras Libres
artículo no publicado

La vida después del catalanismo

La vuelta al catalanismo implica olvidar que el procés ocurrió y supone rescatar un discurso basado en la diferencia y no en la igualdad.

El catalanismo es un peronismo. No porque sea populista, sino porque es una patria dentro de otra patria. Aunque en Argentina hay un fuerte antiperonismo, el peronismo no cree que pueda haber política fuera de sí mismo. Es un movimiento completamente transversal que reúne a trostkistas y socialdemócratas, populistas de izquierda y conservadores, liberales y marxistas. Algo parecido pasa con el catalanismo. Históricamente ha reunido desde ERC y el PSUC hasta la Convergencia de Pujol, la socialdemocracia del PSC e incluso a los Comunes.

El catalanismo surgió como un proyecto de mayorías que aspiraba a introducir a todos los catalanes en una concepción cívica de la catalanidad. Su tesis es que “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”, que es una concepción muy amplia y tolerante de ciudadanía. Pero, a su vez, el catalanismo es una ideología basada en un discurso de la diferencia. Reivindica un “hecho diferencial” catalán que requiere de un tratamiento favorable por parte del Estado. No se sustenta en la etnia, la raza, pero sí en la lengua (“Cataluña es el catalán”) y en una especie de superioridad cívica y una cultura milenaria.

El catalanismo no es rupturista como el independentismo, sino pactista. Sin embargo, ambos creen que el fet diferencial de Cataluña exige una negociación con el Estado de tú a tú. Torra se queja de que Sánchez le trate como a un presidente autonómico más. Y al catalanismo, en cierto modo, también le molesta eso. Primero nosotros, y luego los demás. La idea no es exactamente que Cataluña tenga que ser la primera de la lista por ser más rica; la idea es que se negocia de manera bilateral con Cataluña y luego de manera multilateral con las demás autonomías. Esto contribuye al relato independentista, que piensa que el problema catalán es entre Cataluña y España, y no entre catalanes.

Este consenso catalanista se rompió con el procés. Con su discurso de la diferencia y una defensa del privilegio, el catalanismo contribuyó a ello. Reconstruir ese consenso será difícil. Y tampoco parece muy deseable. En una tribuna en El País, Joaquim Coll dice que “hablar ahora en primer lugar y sin más de catalanismo no solo carece de sentido, sino que huele a repetición de un viejo error: ni toda Cataluña es catalanista ni el catalanismo ha pensado jamás de forma sincera la realidad catalana.” Coll defiende quizá usar la etiqueta catalanista por razones emocionales, pero no para volver a sus preceptos excluyentes: “¿Será capaz ese nuevo catalanismo de asumir que el castellano es tan lengua propia de los catalanes como el catalán? ¿Y cuestionar el absurdo de haber construido el modelo escolar sobre el monolingüismo y la exclusión del castellano como vehículo de aprendizaje?” No parece que lo vaya a hacer.

El catalanismo implica llevar al antiindependentismo hacia el independentismo, en vez de lo contrario. En cierto modo era un consenso forzado, como el de la inmersión lingüística: esto es el consenso, lo tomas o lo dejas. Luego uno descubre que no era el consenso y una mayoría de catalanes prefiere un modelo bilingüe antes que uno monolingüe. Como dice Coll, “el discurso del catalanismo no ha tenido nunca una correspondencia sincera con la realidad. Tendió a simplificar el sujeto, dando a la sociedad catalana una dimensión identitaria única, y despreció los cambios estructurales realizados en el resto de España en la segunda mitad del siglo XX.”

El catalanismo se fundamenta en la idea de la convivencia, pero una vez rota esa convivencia, recuperar ese consenso forzado es inviable. ¿Por qué no construir un republicanismo cívico a partir de la igualdad, y no de la diferencia? En El País, Pau Luque Sánchez confía en que después del unilateralismo del procés ahora posiblemente volvamos al multilateralismo de la Transición. Es demasiado optimista. El gobierno ha vuelto a coquetear con la idea de que el inicio del procés está en la sentencia del Estatut (David Mejía ha hecho un buen análisis de ese revival), ha hablado de “identidades territoriales” y de una reforma constitucional que las tenga en cuenta.

Es una estrategia extraña: consiste en ceder sabiendo que el otro no lo va a hacer (Quim Torra ha hablado de reeditar el 1-O y de pactar un referéndum, Elsa Artadi sigue defendiendo la vía unilateral). Rescatar el catalanismo hoy implica olvidar el procés, especialmente los días 6 y 7 de septiembre y el referéndum del 1-O. Y es recuperar el discurso que dice que el independentismo no habría hecho lo que ha hecho si el Estado, el nacionalismo español o el unionismo no le hubiera provocado. Y ese es un relato simplemente falso.