artículo no publicado

La desorganización de estados americanos y Trump

Los llamados inequívocos a la exclusión, la división y la intransigencia de Trump se perfilan como un desafío vital para la Organización de Estados Americanos y la Organización Panamericana de la Salud.

Al igual que en el resto de las organizaciones multilaterales posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la Organización de Estados Americanos (OEA), el foro regional más antiguo del mundo, se ha visto influenciado desde su fundación en 1948 por el peso económico (contribuye con aproximadamente 40% de su presupuesto) y político de Estados Unidos.

Washington, ciudad en la que se encuentra su sede, fue capaz durante varias décadas de adaptar la agenda del organismo a la consecución de sus propios objetivos: la consolidación de gobiernos ideológicamente afines, el intercambio comercial ordenado y la exclusión de influencias extra continentales.

Aunque con objetivos completamente distintos, pero ciertamente logros más concretos, como la erradicación regional de la viruela en 1971, la poliomielitis en 1994 y la rubéola y el sarampión en 2015 y 2016 respectivamente, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), cuyos antecedentes se remontan a 1902, también ha visto su labor influenciada por Estados Unidos.

Contribuyendo actualmente con poco más de 55% del presupuesto aportado por estados miembros, en sus inicios, Estados Unidos impulsó a la OPS como una barrera para evitar la propagación de enfermedades contagiosas transportadas por los trabajadores que ingresaban sus puertos y fronteras. De hecho, una de las críticas más constantes a Estados Unidos ha sido la de diseminar un modelo de salud pública limitado al diagnóstico y tratamiento de enfermedades sin atender su contexto social o político.

Desde el inicio del siglo XXI, con el surgimiento de liderazgos regionales críticos a Estados Unidos en Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua entre otros países, la influencia de Washington en América Latina y en sus foros disminuyó proporcionalmente a su involucramiento en Oriente Medio y luego Asia Pacífico.

Dos acontecimientos sirven para demostrar cómo la administración Obama persiguió sus objetivos en menoscabo de la OEA: 1) El acercamiento con Cuba, maniobra unilateral en la que Washington evitó rigurosamente involucrar a los países de la región (con excepción de Canadá) y 2) El primer golpe de Estado post moderno de la región, ocurrido en Honduras en 2009. Estados Unidos y su entonces Secretaria de Estado Hillary Clinton se apresuraron a condenar la remoción del presidente Zelaya, sin llegar a calificar el hecho como un golpe de Estado, a contracorriente del resto de los países latinoamericanos, quienes abogaron por la suspensión de Honduras del organismo ese mismo año (hasta entonces el único país suspendido en la historia de la OEA había sido Cuba en 1962).

A pesar de haberse conducido como un miembro con privilegios extraordinarios, que acude o prescinde de la organización discrecionalmente para avanzar sus objetivos, Estados Unidos, en ambos eventos al menos demostró un decidido involucramiento hacia la región.

Lo mismo puede argumentarse respecto a su papel al interior de la OPS. Si bien su posición es conocida respecto a problemas de salud pública como el tabaquismo o la mortandad infantil, es en amenazas específicas a su territorio y población, como fue en el caso del virus Zika, en donde se manifiesta más claramente su capacidad de maniobrar políticamente y movilizar recursos económicos.

Lo cierto es que, como en todos los organismos regionales, las deficiencias abundan y ni la OEA ni la OPS son la excepción. Discrepancias ideológicas, protagonismos subregionales, arterioesclerosis burocrática y la formulación e implementación de presupuestos son algunas de las razones que, sumadas, terminan por minar sus capacidades ejecutivas.

Estas circunstancias no serían tan preocupantes si el presidente Trump no tuviera una visión reduccionista que desecha al multilateralismo en general, y con ello las contribuciones aportadas por Estados Unidos.

Aunque Trump se ha  ensañado en contra de México, es la región misma (América Latina)  a quien considera como un emisor de trabajadores ilegales y drogas antes que un aliado estratégico. Uno de los temas más apremiantes para la administración Trump es el freno de flujos migratorios, pero en un contexto de creciente irrelevancia –que inició varios años atrás– es difícil que la OEA, más allá de declaraciones bienintencionadas, funja como contrapeso real a las medidas restrictivas que pudiera promover EUA.

El riesgo de una disminución de fondos en la  OPS igualmente real. Existe un antecedente en 1996, cuando debido a una falta de pagos por partes de estados miembros, Estados Unidos promovió la eliminación de programas “no prioritarios” y la reducción de centros técnicos (dos en Brasil y uno en Uruguay), recomendación que no prosperó. En las próximas semanas se deberá también definir cómo la orden ejecutiva de Trump respecto al aborto repercute en las políticas y en los programas vinculados a la salud reproductiva en América Latina. Como en el caso de los flujos migratorios, este tema, por su naturaleza polémica y mediática, bien puede opacar otras prioridades como la detección y el tratamiento del sida, la obesidad o la mitigación de enfermedades relacionadas con la pobreza.

Los llamados inequívocos a la exclusión, la división y la intransigencia de Trump se perfilan como un desafío vital para ambos organismos. Incluso en un escenario de incertidumbre económica, su reto es precisamente ser indispensables y llamar a la tolerancia en una geografía marcada por la inequidad.